Opinión
No mires así a las crías

Periodista y escritora
Es el pirmer año en el que la niña se siente rara con su cuerpo. Aún es un cuerpo de niña, sin curvas, sin pechos, sin cadera, un cuerpo lampiño y sin embargo, pregunta si puede ponerse la parte de arriba del bikini, quiere un bañador de cuerpo entero, se enrosca la toalla en cuanto sale del agua. Puede tener 8 o 9 años, pero también 12. En el desarrollo, el cuerpo manda, y te vas amoldando como buenamente puedes y como te dejan. En el “como te dejan” entra algo que está en la frontera de lo invisible y es pura violencia. Como poner una cuchilla de perfil y dejar de verla. Corta igual.
La niña acompaña a su madre y su padre a la playa, al río, a la piscina. Han quedado con algunos amigos. “Los mayores” tomarán aperitivos, se reirán con ese estar etílico que empapa a las personas adultas en verano, y otra ronda con aceitunas y patatas fritas. En el quicio de la primera pubertad, la niña parecerá un personaje hosco, pero sólo es pudor.
Entonces llega un momento en el que “los mayores” llaman a sus retoños para que piquen unas patatillas, por si quieren un refresco o para que empiecen a secarse. La niña, envuelta en la toalla, se acerca sin ganas. Sabe que su madre le va a preguntar por qué no se ha bañado, que lo va a hacer públicamente, y a ella no le apetece responder a esa pregunta. Es probable que ni siquiera tenga respuesta. Bajo la toalla, la niña suda. Lo normal habría sido uno, tres, cinco baños, pero ha permanecido a la sombra, ocultando el cuerpo sin razones claras.
El hombre de la cuchilla está sentado a la mesa del aperitivo. Probablemente ya lleva seis cervezas en el cuerpo, o cinco vinos, aunque no hace falta. No es el alcohol quien maneja la cuchilla, sino la costumbre. El hombre de la cuchilla puede ser el tío de la niña, un amigo de la familia, el abuelo, un pariente lejano. Efectivamente, puede ser cualquiera. De eso trata lo de “en potencia”.
Los hechos se suceden deprisa, como la cría se estaba temiendo. La madre dice “Pero hija, ¡si vas toda sudada!”, y agarra el borde de la toalla. Aunque ella se aferre, no va a protagonizar un tira y afloja con su madre, porque en ese momento no le gustaría protagonizar nada, absolutamente nada. A esas alturas, cuando su madre, en un golpe de toalla, la deja sin protección, lo único que le gustaría es que se la tragara la tierra. Pero la tierra no traga. “Anda, cariño”, la madre le agarra los mofletes, “date un baño antes de ir a comer”.
Ese es el momento exacto en el que sale la cuchilla con un destello al sol del aperitivo adulto, la cuchilla que todas conocemos, que hemos sentido en carne propia o hemos visto contra el cuerpo de nuestras amigas, primas, compañeras de juegos. El hombre —cualquiera de ellos— mira a la cría de arriba abajo, despacio y claramente, y acto seguido, vuelve la vista hacia el padre: “Pero Manolo, ¡hay que ver cómo se está poniendo la niña!”. Lo habitual en el tiempo que yo recuerdo era que, en ese momento, Manolo sonriera, nunca supe si satisfecho o demonio.
Esa es una de las primeras violencias que hemos vivido casi todas, en carne propia o en la de alguna niña amiga. La navaja de esa afirmación sobre tu carne tierna, sin tetas ni vello adolescente todavía, sin caderas, te coloca en el lugar de lo deseable cuando apenas estás cruzando la puerta de la pubertad, te sexualiza, te ensucia y algo te dice que ahí empieza lo que no terminará.
Desde que me di cuenta de lo que significa la cuchilla de esa mirada macho en nuestras vidas, en las vidas de nuestras hijas, cada vez que vuelvo a verla, en voz muy alta, para que todo el mundo se entere, le digo al hombre de la cuchilla: “No mires así a las crías”. Lo hago masticando la rabia en cada sílaba, sea un hombre conocido de la familia o un perfecto extraño en la terraza de un chiringuito, masticando lo que puedo llegar a hacer. También lo hago para que ningún padre vuelva a sonreír ante tal filo de violencia.
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