Opinión
Como en misa

Por David Torres
Escritor
Dicen que el papa León XIV fue a decir misa al Congreso de los Diputados, así que yo eché de menos que Vito Quiles y Bertrand Ndongo no estuvieran al quite para meterle la alcachofa en la boca y asarlo vivo a preguntas incómodas. "¿Qué hay, santidad? Oiga, si tanto le gustan, ¿por qué no invita a una docena de inmigrantes a vivir con usted en el Vaticano?". Es una cuestión que está en el aire y que Abascal lanzó al estilo indirecto libre, como quien no quiere la cosa, comentando que quiere la misma política migratoria para el Vaticano y para España. De hecho, en cuanto Vox llegue al poder, todos los inmigrantes ilegales van a hacer las maletas echando hostias, al tiempo que Hermann Tertsch, Jorge Buxadé, Javier Negre y José María Figaredo se ponen a varear aceitunas para ir pillando moreno a dos euros la hora. A Hermann ya lo hemos visto dar la vara bajo los olivos desde bien temprano.
Bajo el fuego dialéctico de Quiles y Ndongo es donde hubiéramos visto si Prevost tiene la santa paciencia de Rufián o si a la primera tontería les tira el micrófono al Manzanares. Es muy fácil predicar la mansedumbre y el amor franciscano cuando uno no tiene un moscardón de metro ochenta zumbándole en la oreja. Por eso, en su discurso en el hemiciclo, el papa apeló al diálogo y al respeto, criticando la descalificación permanente del adversario. Tuvo suerte de que la derecha en bloque no lo abucheara y lo llamara "traidor", "mediocre", "felón", "irresponsable", "okupa" e "hijo de puta", que son los adjetivos que habitualmente dedican al presidente del gobierno. Unas veces por escrito y otras a la cara. En Corea del Sur los debates parlamentarios suelen dirimirse a hostias, pero en España somos más educados.
El papa llegó al Congreso dividido en dos tomos: la mitad como guía espiritual de la Iglesia católica y la otra mitad como jefe de Estado, un poco como esos ciclistas que son vehículos por carretera y peatones en la acera, según les vaya mejor una cosa u otra. Sin embargo, la mayoría de las veces lo que hacen los ciclistas es molestar, ejerciendo de víctimas a pie entre el tráfico rodado y de kamikazes sobre ruedas contra niños, mujeres y ancianos. A falta de bicicleta, el Sumo Pontífice se subió a la tribuna para encarnar aquel pasaje evangélico en el que Jesucristo anuncia que él no ha venido al mundo para traer la paz sino la espada, que el hijo se peleara con el padre, la hija con la madre y la nuera contra la suegra. De este modo, la derecha se cabreó mucho al recordarle lo asquerosa y poco cristiana que es su actitud contra los inmigrantes, mientras que la izquierda se indignó al señalarle que, para la iglesia, las mujeres son poco más que ganado. Al final, le aplaudieron siete minutos y pico, probablemente para que se callara.
Uno de los pocos que no aplaudió, porque se había marchado antes de que el papa terminara de hablar, fue Jose Mari Aznar, quien tenía cosas más importantes que hacer, pero no quería perderse la oportunidad de ver la tribuna del Congreso transformada momentáneamente en púlpito, del mismo modo que él la transformó en una sucursal del Pentágono. Es una de las apasionantes metamorfosis que suceden a lo largo la misa, cuando un trozo de pan se convierte en el cuerpo y la sangre de Cristo, un pederasta se convierte en sacerdote o un fascista de tomo y lomo se convierte en buena persona durante media hora. Por lo demás, como todo el mundo, el papa dijo cosas que están bien y otras cosas que no están tan bien, aunque será difícil no relacionar su visita con dos acontecimientos capitales en el sentido castizo del término: el triunfo de Bad Bunny y la reelección de Florentino Pérez. Blanco y en botella.

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