Opinión
Mojtaba Jameneí: un milagro medieval, una ingeniería política
Por Nazanin Armanian
Analista política y traductora persa y dari
Decía Marx que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, a lo que Engels añadió: "Una vez como tragedia y otra, como farsa". Siguiendo el razonamiento, los padres del comunismo podrían haberse referido a Mojtaba Jameneí no como una reproducción mal hecha de su progenitor -el caudillo Ali, asesinado por Israel-, sino como una figura de la mitología del chiísmo: el duodécimo Imán Mahdi, El Oculto, El Invisible. Pues hasta este momento, y debido a que no se ha mostrado alguna prueba de su vida terrenal, pertenece al mundo de los espíritus, de los fantasmas.
Para descifrar la ingeniosa ocurrencia de lo que queda del régimen islámico de convertir a Mojtaba en el líder supremo de la teocracia totalitaria chiíta, tenéis que conocer el mito del Imán Oculto, Mahdi, el duodécimo santo de esta corriente minoritaria del islam. Hacia el siglo IX, casi todos los descendientes directos de Mahoma, fruto del matrimonio de su hija Fátima con su primo Ali, que se presentaban como candidatos a dirigir la comunidad, habían sido asesinados por los sunnitas (tradicionalistas), condenando a los chiítas a una vida clandestina y una crisis existencial. Fue entonces cuando a algún chiíta se le ocurrió anunciar que su undécimo santo Hasan Ibn Ali, asesinado a los 28 años (s. X), había dejado un hijo llamado Mohammad, pero que era invisible, inmortal y eterno, por la voluntad del Todopoderoso.
Con esta solución, los chiítas duodecimanos consiguieron varios objetivos: en vez de seguir enterrando a sus santos, celebraron la inmortalidad del último, apodándole el Imán del Era, o Mahdi (el Prometido), y de paso inyectaron una dosis infinita de esperanza en la vena de sus fieles, ya convencidos de que eran un pueblo elegido por Dios, al ser agraciados por contar con una figura inmortal e invencible. Aún hoy, cada vez que se le nombra, los chiítas practicantes deben levantarse y saludarle como un soldado a su general.
Si bien en aquellos siglos esta idea fue brillante y funcionó, es más que improbable que el cuerpo y el alma de Mojtaba sobrevivan a los acontecimientos que Irán aún guarda en su seno. Y esta es la única certeza entre tanta incertidumbre: que el próximo gobernante de Irán tras Ali Jameneí, uno de los mayores criminales de la historia contemporánea de Irán, lleve la sotana. El príncipe heredero Mojtaba no será rival para su colega el expríncipe Reza Pahlaví.
El origen de la ocurrencia
Son dos las vías por las que este ente invisible aparece en el chiísimo:
1. Directamente a través del mazdeísmo zoroastriano (s. XV a. C), según el cual al final de los tiempos aparecería un tal Sushians (El Liberador), nacido de la concepción virginal de una descendiente de Zaratustra, y serán los sacerdotes Mogh (los supuestos Reyes Magos), ayudados por los 12 ángeles, la mitad de sexo femenino y la otra mitad masculino, los que se convertirán, con la islamización de Irán hacia el siglo X, en ayatolás para dirigir a la comunidad, quienes plasmaron en su Sharia que Mahdi regresaría acompañado por Jesucristo, para globalizar el islam.
2. A través de los exiliados judíos que llegaron a Irán, tras su liberación del cautiverio en Babilonia por Ciro El Grande en el s. V, a.C., y cuando esta comunidad asimiló gran parte de la escatología irania reflejada en los fundamentos de la filosofía dualista zoroastriana como la creencia en un Dios y un Anti-dios, la existencia de un Cielo y un Infierno, la resurrección de las almas tras la muerte para celebrar un Juicio Final, y también adoptó la creencia del advenimiento de Sushiyans, aquel Salvador, pronunciando su nombre con el acento judío: Josué, que no es otro que Sushiyans, Jesús y Mahdi.
Sin embargo, aunque el clérigo chiíta con este malabarismo salvó a su comunidad, con el ayatolá Jomeini cometió el pecado más mortal, el que pondrá fin al régimen de los mulás para siempre. Veamos: aquellos 12 santos inmaculados e infalibles eran los únicos seres humanos con legitimidad para gobernar un Estado chiíta, y tras sus muertes se les prohibió a los líderes religiosos participar en el poder. Se trata del mismo principio que lleva a los judíos ortodoxos a oponerse al Estado de Israel, porque debería ser proclamado por su Mesías. De este modo, al alejarse del poder, los ayatolás evitan por un lado la ira de los pueblos y los políticos, y por otro se convierten en el pilar del dominio de los monarcas, siempre y cuando pacten los términos de las condiciones de esta "pasividad política": "Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Así, en Irán, el islam ha estado separado del poder político.
La primera vez que el clérigo chiíta, liderado por Jomeini, toma el poder en Irán es en 1978, de la mano de la Administración Carter por su pertenecía al sector ultraderechista del capitalismo y perversamente anticomunista. En el transcurso de la ejecución del plan de cercar a la Unión Soviética con las fuerzas más reaccionarias religiosas, EEUU también patrocina a los yihadistas sunnitas de Bin Laden en Afganistán, y a Lech Walesa en Polonia.
De este modo Jomeini rompe la tradición chiíta y se coloca en el trono del sha, apuntalando su régimen del terror con las tribunas de la inquisición y estableciendo otra novedad: llama Imán a Jomeini: ¿pasó el chiísmo de ser duodecimano a "tridecimano"? Se pueden imaginar los chistes que generó entre los iraníes que Jomeini fuese el Imán número 13, el de mala suerte... para los iraníes.
La criatura que nació en los oscuros sótanos del Pentágono y la CIA está de vuelta por ellos mismos a su tumba de la Edad Media, aunque se está llevando consigo a medio Irán, desgarrando esta vieja y sufrida tierra.
Un consejo: ¡No hagan caso a los informes de los servicios de inteligencia y la opinión de los todólogos de EEUU sobre Irán! En diciembre de 1977, pocos meses antes de que estallara la revolución democrática de 1978, Jimmy Carter, en una cena en el palacio de Niavaran en Teherán, pronunció su frase célebre de que "Irán es una isla de estabilidad", y que el sha era "un gran gobernante amado por el pueblo", y todo ello a pesar de contar con una poderosa embajada y miles de agentes y espías en el país. Ahora, sin embajada y recibiendo informaciones y análisis de los monárquicos iraníes, sus afirmaciones carecen de valor alguno.
Hace unos días, Donald Trump afirmó que "el futuro liderazgo de Irán no tiene por qué ser demócrata" y que tenía en la mente alguien popular en el propio Irán. ¿En quién estaba pensando? ¿No se referirá a Mahmud Ahmadineyad? El pequeño hombre que suele vestir una chaqueta dos tallas mayor para parecer campechano, sobre el que la gente ha creado cientos de chistes, y que es el favorito de las capas bajas de los Guardianes Islámicos. ¿Podrá ser esa la opción que apunta otro personaje de dibujos animados como es Donald Trump? Fue Ahmadineyad quien reveló que el responsable del departamento antisionista de los servicios de inteligencia de Irán era un agente del Mossad. Y una petición: no llamen Guardia Revolucionaria a los Guardianes de la Revolución Islámica: ¡no son unos partisanos bolcheviques! Ellos pretenden extender su islam por el mundo (¡a pesar de no haber podido convencer a los iraníes con palizas y látigos durante 47 años!). Sus integrantes se llaman Sepahi (“Miembro de una tropa") y son aproximadamente medio millón de hombres armados, sin ningún escrúpulo, corruptos, violadores, torturadores y verdugos de los condenados a la horca, que no dudarán en prender fuego a todo Irán, provocando un mar de sangre antes de huir del país con sus maletines llenos de petrodólares.
Si les quedara una pizca de racionalidad en la cabeza a los mandatarios del régimen islámico, pedirían un alto el fuego, convocarían elecciones libres con todos los partidos políticos iraníes, impedirían la muerte de más personas y detendrían la destrucción de Irán y de los países de la región en esta guerra tripartita contra la nación iraní. Pero eso no ocurrirá. La caquistocracia islámica morirá matando: un humillante suicidio al que llama martirio.
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