Opinión
Momento 1914. Queremos ver el mundo arder

Investigador científico, Incipit-CSIC
En los tiempos en que vivimos, las comparaciones históricas resultan inevitables. La mayor parte, sin embargo, se centran en el período de entreguerras y el auge del fascismo. Los motivos son evidentes y existen, efectivamente, numerosos puntos de contacto entre los regímenes fascistas y los populistas reaccionarios de hoy –en el caso de EEUU, en fase de radicalización.
El énfasis en el fascismo, como ha criticado Santiago Gerchunoff, corre el riesgo de hacernos creer que entendemos perfectamente no solo lo que está sucediendo, sino lo que va a suceder. Y ningún presente es una copia del pasado. Pero existe otro riesgo más: cerrar nuestra imaginación histórica. De la misma manera que el pasado no se repite, no existe ningún momento histórico homogéneo. En todos encontramos ecos de diversos períodos.
Lo cierto es que nuestro presente no solo rima de forma desasosegante con el período de entreguerras. También lo hace con los inicios del siglo XX y la antesala de la primera guerra mundial. De hecho, hay varios aspectos de nuestra situación actual para los que es difícil encontrar un reflejo en los años 30. Hoy no vivimos en mitad de una crisis económica devastadora, como la que siguió al crac del 29, ni salimos de un conflicto global que nos haya dejado traumatizados y embrutecidos. No se puede justificar la radicalización de una parte de la población en base a esas premisas.
A pesar de las crisis regulares que ha sufrido el capitalismo desde 1973, ninguna ha afectado a las sociedades y las economías como la de 1929. Ningún conflicto desde 1945 se aproxima en escala a las guerras mundiales. En términos macro y en perspectiva de larga duración, en el Norte Global y en buena parte del Sur (la pobreza extrema se ha reducido significativamente desde 1970) se vive en un período de prosperidad y ampliación de derechos y libertades sin precedentes. Algo que recuerda más a la Belle Époque que al período de entreguerras.
Y, sin embargo, una parte importante de la población ha decidido prender fuego a todo. Abrazar un populismo con tintes nihilistas. En 1914, la devastación vino de la mano de una guerra mundial absurda que ha marcado la historia desde entonces. Esta vez, frente a lo que piensan los agoreros del apocalipsis bélico, la crisis que pondrá fin a la civilización tal y como la conocemos es más probable que venga de la mano de unos líderes autoritarios y ultranacionalistas que de una conflagración global. Está pasando ante nuestros ojos. Cada día.
¿Por qué quiere la gente ver el mundo arder? En parte por miedos puramente imaginarios –igual de imaginarios, de hecho, que los que llevaron a las naciones a inmolarse en la primera guerra mundial. En nuestra época, es la sensación, por parte de ciertos sectores de la población, de vivir un período de decadencia nacional y civilizacional. Por eso crece el ultranacionalismo y el racismo. Por eso los líderes prometen al pueblo recuperar el (supuesto) esplendor del pasado.
Se ha perdido, además, el miedo a la dictadura como en 1914 se había perdido el miedo a la guerra, después de un siglo de relativa paz. El fascismo queda demasiado lejos. Moviliza y asusta cada vez menos.
No estoy haciendo una defensa del statu quo. Hay motivos objetivos más que suficientes para querer que el mundo cambie: la desigualdad galopante y la crisis ecológica son los problemas reales de nuestro tiempo, los que realmente nos están conduciendo al desastre (como lo eran la desigualdad y el colonialismo en 1900). Ambos se encuentran directamente relacionados con el capitalismo. Pero eso es, precisamente, lo que los líderes populistas no tienen interés alguno en cambiar –más allá de limitar el libre mercado, nada que no hayamos visto antes.
Si permitimos que el populismo continúe en su trayectoria de radicalización, es muy probable que en unas décadas recordemos los inicios del siglo XXI como recordamos los inicios del siglo XX: como una Belle Époque que, de manera irracional, decidimos destruir para abrazar un mundo infinitamente peor.
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