Opinión
Moreno Bonilla contra Andalucía

Periodista
No hay más que leer las encuestas para saber que Juan Manuel Moreno Bonilla va a ganar de calle los comicios del próximo domingo. Las empresas de demoscopia le calzan ya la corona de laureles y sus fieles lo imaginan, a lo Rosalía, vestido de un blanco imperial sobre una plataforma flotante en el Guadalquivir, escoltado por famosetes de zona VIP y protegido por un tinglado de vallas y lonas negras para que el populacho no se mezcle con la jet set. El triunfo de Moreno Bonilla es tan patente y clamoroso que no merece la pena celebrar elecciones. Será mejor guardar las urnas para una ocasión de más fuste, no sé, un nuevo referéndum sobre la duración de la Feria de Sevilla.
Lo bueno de las encuestas es que inyectan cierta vidilla al debate político. Lo malo es que terminan influyendo en la realidad que pretenden retratar. Esa realidad de apariencia holgada, sin embargo, nos muestra a un Moreno Bonilla incómodo con la campaña, un presidente que tropieza en cada aparición pública, que se encuentra con protestas sociales allí donde acude a pelear el voto y que está pidiendo al árbitro que no prorrogue ni un minuto más la agonía. La chapuza de los cribados de cáncer de mama es una losa demasiado pesada y uno siempre se defiende mejor parapetado en el Palacio de San Telmo que partiéndose la cara en un debate televisado.
En una hilarante columna de Ctxt, Gerardo Tecé narra los agobios del candidato del PP durante el último debate de Canal Sur. Los comentaristas de la cadena pública, de mayoría conservadora, coincidieron en canonizar a Moreno Bonilla como mártir beatífico y heroico, acorralado e injustamente interpelado por críticas de mala baba. "Prácticamente un atentado", ironiza Tecé. Mª del Mar Ramírez Alvarado, catedrática de Comunicación Audiovisual, llama la atención sobre otro sibilino ejercicio de propaganda: la entradilla del debate presentó a los candidatos en los pasillos del Parlamento mientras ubicaba a Moreno Bonilla dentro del hemiciclo. Sutilezas.
Los debates no tienen apenas impacto electoral, decía Moreno Bonilla después de haber salido maltrecho del cara a cara con sus adversarios. Ahora lo que más pinta son las redes sociales. "Yo tengo una foto que la han visto un millón de personas". Con ese argumento, es cierto, concurrió Javier Milei a las elecciones presidenciales de 2023. Lo formuló —oh, paradoja— en un programa de televisión con una soberbia cifra de audiencias. Los likes no son votos, le replicó el periodista Esteban Trebucq. Entonces Milei recurrió a una explicación si cabe más gráfica: "Mientras miran a la señorita por internet, yo estoy en el medio de sus sábanas".
No sabemos —preferimos no saberlo— si el candidato del PP frecuenta las sábanas de sus electores. Lo que sí conocemos es el efecto viral de las publicaciones relacionadas con el desmantelamiento de la sanidad pública. "Juanma, me has arruinado la vida. Y te voté", grita en el Parlamento de Andalucía una afectada por la gestión de los cribados. El vídeo corre como un escalofrío por las entrañas de Internet. "No nos consta ninguna mujer que haya fallecido", le dice Moreno Bonilla a Ana Terradillos en Telecinco. En un comentario viral, María Jesús Montero le responde poniendo nombre a tres víctimas: Purificación, Carmen e Inmaculada.
El pasado mes de julio, durante una entrevista con La Vanguardia, Moreno Bonilla aseguraba que la sanidad pública será inviable como resultado del envejecimiento de la población. Lo que sí parecen viables son los seguros privados, que se frotan las manos con el negocio de las externalizaciones. El asunto es tan desfachatado que ha sido motivo de tangana entre Sánchez y Feijóo. "En Andalucía, desde 2019, 4.000 millones de euros han ido a conciertos con clínicas privadas", criticaba el presidente. Por aquellas fechas, el Sindicato de Enfermería SATSE había denunciado un contrato plurianual con entidades mercantiles por valor de 500 millones de euros.
En su programa electoral, Por Andalucía exige ensanchar la red hospitalaria con una medida que ha escandalizado a la derecha comercial: "si hace falta expropiar temporalmente hospitales concertados mientras construimos un centro público, lo haremos". El tema está en el centro de todos los discursos. Adelante Andalucía, que asoma como fuerza revelación en los sondeos, propone un impuesto de retorno sanitario. Se lo anunció José Ignacio García a Moreno Bonilla en Canal Sur: "A todas esas empresas de la sanidad privada que usted ha lucrado en los últimos años les vamos a poner un impuesto para que colaboren en la investigación contra el cáncer desde lo público".
Cómo cambian las cosas. En 2019, con esa sonrisa de no haber roto nunca un plato, Moreno Bonilla se convirtió en el primer dirigente autonómico que legitimó a la extrema derecha como aliada. En 2022, las elecciones andaluzas estuvieron definidas por la posibilidad de un Gobierno con Vox. Que viene el lobo. Aquel mensaje de pánico terminó beneficiando al PP, que reclamaba una mayoría absoluta para gobernar sin peajes. La prensa amiga, muy dada a los epítetos serviles, llama "moderado" a Moreno Bonilla igual que llamaba "campechano" al rey emérito. Todo eso pasó. Ya sabemos que el PP y Vox forman una unidad de destino en lo universal y aplican políticas de la misma índole.
Por eso, pese al eterno viacrucis de la unidad de la izquierda, se agradece que las discusiones públicas pongan en el centro la materialidad de la vida. Ahí es donde Moreno Bonilla se retuerce y trata de escurrirse como una anguila en una pescadería. Sabe que la realidad de los números lo golpea. El problema no es tanto lo que la extrema derecha amenaza con hacer, sino lo que la derecha ya hace: desmantelar lo público para entregárselo en pedazos a empresas de capital extranjero poniendo como rehén a las clases populares. La crisis de los cribados no obedece a un fallo de la política sino a una política fallida. Política a favor del capital y en contra de Andalucía.
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