Opinión
La motosierra en el alambre: Milei ante su plebiscito ¿final?

Por Miguel Urbán
El sociólogo argentino Pablo Semán afirmaba recientemente que "si Milei fracasa, no solo caerá un gobierno, caerá un relato". Y eso es justamente lo que está en juego este próximo domingo 26 de octubre en las elecciones legislativas argentinas: no solo está la renovación parcial del Congreso —127 de las 257 bancas de Diputados y 24 de las 72 del Senado—, sino también la supervivencia política del propio Milei y, por ende, del experimento de la "motosierra paleolibertaria" que encarna y que ha fascinado a las extremas derechas de todo el mundo.
Unos comicios que se han convertido en el plebiscito más importante para Javier Milei desde su llegada a la Casa Rosada. Si no logra una mayoría suficiente para sostener sus políticas en el Congreso, los próximos dos años se convertirán en una carrera de obstáculos, agudizando el enfrentamiento actual entre el Legislativo y el Ejecutivo y comprometiendo aún más su permanencia en el poder. De hecho, la que fuera presentada en 2023 como una "revolución antisistema" contra "la casta política", que sedujo al hartazgo de una buena parte de la sociedad argentina, se ha convertido, en menos de dos años, en una agonía institucional.
La promesa de dolarización se ha evaporado, los precios se disparan y la inflación —que en septiembre superó el 198% interanual— se ha convertido en la mayor en tres décadas. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la pobreza ya afecta al 46 % de la población y el desempleo ha vuelto a crecer por tercer trimestre consecutivo. A pesar de los recortes, la motosierra y el discurso de austeridad, el Fondo Monetario Internacional —con el que Argentina mantiene una deuda de 44.000 millones de dólares— ha advertido que el país "no ha cumplido los objetivos fiscales del segundo trimestre", una forma diplomática de decir que el ajuste ha sido brutal pero ineficaz. A ello se suma la fuerte crisis social: los despidos masivos en el sector público, la reducción de subsidios a la energía y los recortes en programas sociales, sanitarios y educativos han hecho que la popularidad de Milei caiga sensiblemente.
Pero la erosión de Milei no solo proviene de los números, también de los escándalos. En poco tiempo, el presidente argentino se ha visto atenazado por una serie de casos que han dinamitado su discurso anticorrupción y "anti-casta", pilar simbólico sobre el que el telegénico economista levantó su sorpresiva victoria electoral en 2023. Primero fue el "criptogate", un timo piramidal que habría afectado a más de 10.000 pequeños ahorristas —fundamentalmente seguidores de La Libertad Avanza— y que salpicó al propio Milei; después, el escándalo de corrupción que afecta a su hermana y mano derecha, Karina Milei, acusada de haber recibido sobornos en la Agencia Nacional de Discapacidad; y, por último, en medio de la campaña de las legislativas, el cabeza de lista para diputados nacionales por Buenos Aires, el economista ultraliberal José Luis Espert, fue apartado de la candidatura después de conocerse que había recibido 200.000 dólares de un empresario preso por narcotráfico. De la candidatura, pero no de las papeletas —ya impresas—, que este domingo recordarán a todos los electores, a la hora de votar, la relación del mentor de Milei con el narco.
Una sucesión de escándalos mientras el gobierno del discurso de orden se desangra en disputas internas. La más conocida: la ruptura entre la vicepresidenta, Victoria Villarruel, y el propio Milei, que en mayo de este año le negó el saludo en un acto oficial y lo justificó en sus redes sociales con la frase: "Roma no paga a traidores". La última de estas disputas internas, esta misma semana, se cobró la renuncia del ministro de Asuntos Exteriores, Guillermo Francos, tras fuertes discrepancias con la Jefatura de Gabinete —controlada por Karina Milei— sobre la política exterior.
El desgaste de Milei y su gobierno se evidenció con toda su crudeza en el varapalo electoral sufrido el pasado septiembre en la provincia de Buenos Aires: más que una importante derrota electoral, todo un golpe simbólico. La coalición oficialista La Libertad Avanza, a pesar de recomponer la unidad electoral en el espacio de la derecha, perdió bastiones clave, con municipios como Junín, Pergamino o Tandil —antiguos feudos libertarios— volcándose hacia la oposición de Fuerza Patria.
En medio de este escenario de debilidad, Donald Trump ha irrumpido en escena como salvador —y como acreedor—. A comienzos de este mes, el presidente estadounidense anunció un rescate económico de 20.000 millones de dólares, ampliable a 40.000, que el Tesoro de Estados Unidos canalizaría hacia Argentina con una "única" condición: que Milei gane las elecciones. "Si no gana, no perderemos el tiempo", dijo Trump tras una reunión bilateral en Washington con la delegación argentina. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo repitió días después: "Solo confiamos en Milei. Cualquier otro gobierno significaría una pérdida de tiempo y de dinero para Estados Unidos".
La frase de Trump resume a la perfección una nueva forma de injerencia: Estados Unidos no está apoyando a Argentina, está intentando condicionar la soberanía electoral de los argentinos y las argentinas, hipotecando el futuro económico del país al resultado electoral. Si Milei pierde, el acuerdo con Trump se evaporará y el país deberá devolver un préstamos al FMI, que ya representa el 35% de su deuda global. Un apoyo trumpista que, aunque condicionado, no es altruista: busca blindar el acceso de empresas norteamericanas a las materias primas argentinas —litio, petróleo, cobre y uranio— y frenar la creciente influencia china.
El empresario neoyorquino repite en Argentina el modelo injerencista que ya utilizó con la subida de aranceles a Brasil ante el juicio a su colega, el expresidente Jair Bolsonaro. Un apoyo a Milei, considerado por el propio Trump como "su aliado sistémico en la región", una pieza clave para contrarrestar el eje progresista latinoamericano, actuar como caballo de Troya en el Mercosur y frenar la penetración china. "Si a Argentina le va bien, otros países seguirán su camino", dijo recientemente Trump.
Las elecciones de este domingo en Argentina no solo definirán el destino del gobierno de Milei, sino también el pulso de la extrema derecha internacional. Después de la caída de Jair Bolsonaro en Brasil, con la condena judicial que lo inhabilitó, Argentina ha cobrado aún más importancia en la geopolítica reaccionaria. Una derrota de Milei no solo pondrá en tela de juicio la continuidad de su gobierno, sino que será un torpedo en la línea de flotación de la legitimidad de la ola reaccionaria en América Latina. Porque si algo ha demostrado el nuevo autoritarismo reaccionario es que sus victorias —y sus derrotas— ya no se miden por países, sino por oleadas.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.