Opinión
Las mujeres protestonas que no permitieron bromitas sobre Alcalá Zamora

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Rafael, el portero, dijo después que había sido una broma. Quiso hacerse el gracioso, qué cosas, pero las mujeres de la Fraternidad de Mujeres Modernas de Torre Urizar no tenían ninguna intención de reírle la gracia. Ni a él, ni a nadie, por supuesto.
El 6 de agosto de 1933 se trasladaron al sanatorio de Gorliz, un centro pionero para tratar la tuberculosis infantil, con una tierna intención: alegrar el día a las crías y a los críos que estaban ingresados. Habían preparado una mañana de danzas y ejercicios gimnásticos, pero aquella excursión acabó dándoles bastante más trabajo del previsto.
La actuación estaba autorizada. Agapito Millán, asesor de la asociación, había hecho las gestiones necesarias y había recibido una carta del administrador del hospital en la que les explicaba que podían actuar de diez a once y media de la mañana. Luego, las criaturas tenían que comer. Según contó después Aurora López Furundarena, la presidenta de la Fraternidad, hacía un calor tremendo y les mandaron actuar frente a la playa, a pleno sol. Los niños y niñas de sus grupos de danzas hicieron el espectáculo en las dos alas del edificio para que pudieran verlo los pacientes de las distintas salas. Durante la actuación, las miembras de la junta directiva habían tenido que quedarse fuera, viendo el espectáculo detrás de las verjas, pero estaban orgullosas.
Las danzas se alargaron diez minutos más de lo acordado. Algunas enfermeras empezaron a llamar a las criaturas para que se retiraran a comer, pero faltaba un número y los organizadores insistieron: era precisamente uno de los que más solían gustarles. Terminaron a las once y cuarenta. El administrador les dio las gracias y se marcharon incómodas. Según denunciaron después, durante la mañana habían visto cómo el portero dejaba entrar a algunas madres de pacientes mientras cerraba el paso a otras, llamándolas comunistas.
Por la tarde, en horario de visita, varias mujeres de la Fraternidad quisieron entrar a conocer el centro. Pero ahí estaba, en la puerta, Rafael. Para las visitas se exigía, según explicaría él después, una tarjeta reglamentaria. Sin embargo, a ellas les pidió una tarjeta de Alcalá Zamora, presidente de la República: "No haga usted bromas con el presidente", contestaron ellas.
La República tenía poco más de dos años. Gobernaba Manuel Azaña y se discutía hasta dónde debía llegar aquella promesa de cambiarlo todo: la escuela, la propiedad de la tierra, el poder de la Iglesia. La disputa también estaba presente en aquella excursión. Aurora escribió que sus danzas estaban amparadas por la bandera republicana y denunció la propaganda nacionalista que, según ella, se hacía dentro del sanatorio. Reclamaba que la República laica llegase también a las instituciones dedicadas a atender a la infancia. En su queja, la frialdad del recibimiento, las palabras del portero y el trato dispensado a los visitantes nacionalistas formaban parte del mismo conflicto político. Faltaban todavía tres meses para aquel 19 de noviembre de 1933, cuando las mujeres votarían por primera vez en unas elecciones generales.
Las mujeres de la Fraternidad de Torre Urizar llevaban ya un tiempo organizándose. Eran vecinas de un barrio obrero de Bilbao y habían fundado la asociación en 1932, después de organizar las fiestas del primer aniversario de la República, con danzas infantiles, conferencias y conciertos. Cosían banderitas republicanas para financiarse, reunían libros para una biblioteca y organizaban conferencias. No todas sabían leer y escribir. Las que podían pagaban una peseta al mes, con la que también ayudaban a las compañeras que pasaban apuros. Querían defender sus derechos políticos, jurídicos y sociales, conseguir mejoras para el barrio y aprender juntas. Ahora, a la puerta de un sanatorio, no tenían ninguna intención de aguantar las bromitas de Rafael.
Desde luego, no sintieron que el sanatorio las recibiera con los brazos abiertos, ni mucho menos. Hacia las cuatro y media de la tarde llegó la comparación que terminó de indignarlas. Todavía estaban por allí cuando aparecieron tres autobuses de visitantes nacionalistas procedentes de Eibar. A estos sí se les permitió entrar. No solo eso: según denunció Aurora López, fueron recibidos y despedidos con aplausos y pañuelos.
Ellas, que solo pretendían encauzar su "vida por derroteros de armonía, colaboración, cultura y un poco de alegría sana", acabaron discutiendo en la playa sobre el trato recibido. Según explicó su presidenta, fue allí donde surgió la decisión de denunciarlo.
Ocho días después, el 14 de agosto, Aurora presentó la denuncia ante la Diputación de Bizkaia, gobernada entonces por una Comisión Gestora presidida por el socialista Rufino Laiseca. En su escrito también hubo sitio para el agradecimiento: aquella tarde, una niña de su grupo se había encontrado mal en el agua y el personal del sanatorio la había atendido con todo cuidado.
La Gestora encargó a la Ponencia de Gobernación que investigase los hechos. El 29 de agosto, Aurora se ratificó en su escrito y pidió que escuchasen también a otras personas que habían presenciado lo ocurrido. No era ninguna tontería. Agapito Millán confirmó su relato. Después declaró Rafael. Explicó que había exigido la tarjeta reglamentaria y que las personas a las que había dejado pasar sin enseñarla eran familiares de pacientes a quienes ya conocía. A los excursionistas de Eibar, sostuvo, también les había impedido entrar al principio. Luego el administrador los autorizó y él obedeció. Lo de Alcalá Zamora había sido una broma, dijo. Negó haberlas llamado comunistas, como recogían la denuncia de Aurora y la declaración de Millán. Admitió, eso sí, que ante sus protestas les había dicho que allí "no hacía falta comunismo, sino orden y justicia".
El 11 de septiembre, la Ponencia emitió su informe. Consideró probado que una parte del personal había tratado de manera desigual a los dos grupos por sus ideas políticas. Lo calificó de intolerable: la Administración debía tratar con la misma consideración a todos los ciudadanos. También entendió que el comportamiento del portero constituía faltas gravísimas y acordó trasladar el expediente a la Junta del Sanatorio, a la que correspondía sancionarlo. Propuso que la sanción pudiera llegar a la destitución.
No sabemos si Rafael perdió el puesto. A ellas podemos seguirles la pista unos años más. En 1936 participaron en un homenaje a Martina Ojanguren de Barrondo, que había ayudado a los presos de Pamplona tras la Revolución de 1934. En enero de 1937 se sumaron a la Agrupación de Mujeres Antifascistas de Bilbao, que instaló su sede en uno de sus locales. Seguían organizándose, ahora para hacer frente al fascismo. Después llegó la derrota. Nos falta todavía saber qué fue de Aurora y de cada una de sus compañeras: si pudieron huir, si se quedaron, qué hicieron con los libros. En este expediente todavía podemos escucharlas protestar. Qué gusto.

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