Opinión
Mujeres sirias y la libertad de todos

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
-Actualizado a
En las calles de Siria, al anochecer, es frecuente ver junto a los semáforos y en la entrada de los callejones a “las mujeres del pan”. Mujeres erguidas, bien vestidas, cargadas con bolsas de pan que ofrecen a transeúntes y conductores para ganar unas libras sirias. Son el sostén económico de miles de familias y el reflejo de los cambios económicos, sociales y demográficos que ha vivido el país.
Durante los catorce años de revolución y guerra, millones de hombres fueron reclutados forzosamente para combatir por el régimen o grupos extremistas como ISIS, asesinados en protestas, desaparecido en centros de tortura u obligados a buscar refugio a otros países. Aunque la represión y el exilio afectaron a toda la población, el predominio masculino en los ámbitos militares empujó a muchas mujeres a ocupar espacios públicos y laborales tradicionalmente reservados a los hombres, especialmente los más precarios. Sus responsabilidades fueron mutando, desde la participación activa en el proceso revolucionario hasta la supervivencia en tiempos de guerra en un país esquilmado por la dictadura de los Asad.
La espina dorsal de la revolución
La autora Rime Allaf describió a las mujeres sirias como la “espina dorsal de la revolución siria”. Su implicación no fue marginal, sino el motor de las reclamaciones de justicia, libertad y dignidad desde sus inicios, en marzo de 2011. Fueron mujeres quienes protagonizaron las primeras protestas cuando el régimen detuvo a niños de apenas doce años en Daraa y quienes, en los años posteriores, sostuvieron el tejido social del país.
La revolución no se explica sin figuras como Razan Zeitouneh, abogada que documentó los abusos hasta su secuestro y figura central de los comités de coordinación local; la actriz May Skaf, una de las primeras figuras públicas en posicionarse contra la dictadura; o Fadwa Suleiman, que lideró protestas en Homs bajo el lema: “Decimos no a que manos sirias viertan sangre siria”. El hecho de que May perteneciera a una familia cristiana y Fadwa a la confesión alauita desafió la narrativa oficial que buscaba desacreditar las protestas como producto de una conspiración extremista islamista. Del mismo modo, la caída del régimen es inseparable de la labor de documentación de las desapariciones y del trabajo por la justicia y memoria liderados mayoritariamente por mujeres a través de organizaciones como la Asociación de Familias del Archivo César, Women Now for Development o el Foro de las Familias Sirias por la Libertad.
El ejemplo sirio evidencia hasta qué punto en la base de las luchas de las mujeres está la búsqueda de libertad para el conjunto de la sociedad. Esta premisa conecta con el movimiento "Mujer, vida, libertad" de Irán, un país donde las mujeres han sido una fuerza constante en cada proceso de liberación popular desde 1979. Tras el asesinato de la joven Mahsa Amini en 2022, su liderazgo se ha vuelto indiscutible, posicionándose como vanguardias de las demandas de liberación del país.
Sin embargo, la historia de Irán, como la de tantos otros procesos, nos enseña que ser vanguardia no garantiza la protección de derechos ni una igualdad efectiva tras un cambio político. En la Siria post-Asad, es crucial blindar la participación de las mujeres y evitar que las instituciones se conviertan en un páramo para los derechos conquistados.
Entre el vacío institucional y la inseguridad
En el escenario político actual, donde los referentes femeninos que abundan en el país escasean en la composición del nuevo gobierno, destaca una sola figura: la ministra de asuntos sociales Hind Kabawat, que ha centrado sus esfuerzos en apuntalar la idea de ciudadanía frente a relatos marcados por la desconfianza religiosa e identitaria. "Siria tiene que empezar a pensar en la idea de ciudadanía", ha recalcado en sus apariciones públicas.
Salvando a Kabawat, la presencia de las mujeres en primera línea institucional es, por el momento, mínima, y está lejos de abarcar todos los ámbitos de la nueva Siria, desde el político hasta el social y económico. Aunque tras el colapso del régimen se produjeron hitos como el nombramiento de una mujer para dirigir el Banco Central de Siria, un hecho inédito en setenta años, la medida corre el riesgo de ser un gesto aislado o cosmético. Sin una representación real y transversal en las estructuras de poder, estos nombramientos no garantizan un cambio en la cultura institucional ni la protección efectiva de los derechos de las mujeres.
A este limitado reconocimiento político se suma, en el plano de la seguridad, una violencia persistente que continúa cebándose en las mujeres. La campaña "Stop the abduction of Syrian women" lleva meses denunciando secuestros en Homs, Hama y Latakia, que afectan especialmente a la comunidad alauita. Según investigaciones de Daraj Media, tras estas desapariciones hay redes criminales que explotan el vacío de seguridad para el cobro de rescates y la trata de personas. Se ha documentado la implicación de individuos vinculados al gobierno interino de modo formal o informal, así como de grupos locales y extranjeros con agendas extremistas. Ante estas denuncias, las nuevas autoridades han respondido negando que haya evidencia de secuestros, una reacción que no solo ahonda el desamparo de las comunidades, sino que envía un mensaje de impunidad a los perpetradores.
Mujeres, clave para una paz real
Siria requiere hoy, además de apoyo económico y el cese de las injerencias de otros países - con Israel como principal amenaza externa -, un proceso profundo de reparación y reconciliación nacional. El futuro del país depende de una justicia transicional que impida el recurso a la venganza y garantice los derechos de todos los sirios y sirias. En este ámbito es crucial contar con las mujeres, que lideran desde hace años esta labor a través de organizaciones como las del Foro de familias por la libertad.
“La memoria no consiste solo en recordar el pasado, sino en impedir que se repita", señaló esta organización en una declaración publicada en agosto de 2025. Entre sus demandas destaca la creación de una Comisión Nacional de la Verdad que incluya una perspectiva de género y derechos humanos, la participación activa de las víctimas, la apertura de las cárceles y la protección de archivos que puedan ser utilizados como evidencia en futuros juicios.
En el escenario actual, la reconstrucción de la confianza y el tejido social es tan urgente como la de las infraestructuras. Sin la participación de las mujeres y la integración de sus demandas de justicia y memoria, no habrá una paz real y duradera.
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