Opinión
Un mundo y su contrario

Escritora y doctora en estudios culturales
Una sensación de dislocación parece envolverlo todo. Cierro los ojos y veo, simultáneamente, imágenes de los bombardeos en Líbano; el calendario lleno de eventos de trabajo o plazos de entrega; las notificaciones de whatsapps atrasados; la visita del vicepresidente de EEUU, JD Vance, a Hungría. Si me esfuerzo, también aparecen destellos de los geranios multicolores que, por estas fechas, penden de los balcones andaluces y, acto seguido, el recordatorio de la cita electoral el 17 de mayo. Todo junto, aliñado como una ensalada imposible; la alegría que siento con las pequeñas cosas y el terror que estalla en algún lado; a veces, dentro de mi propio cuerpo, la única reserva que tengo para pensar. Hasta que caigo en la cuenta de que el desconcierto debe de ser colectivo e intento desgranar sus componentes en una suerte de mecano que me conduzca a algún tipo de reconstrucción.
Hace unos días, Trump amenazó con pulverizar una cultura entera, la persa, y con ello estrujó el corazón de millones con su puño casi octogenario. La guerra ilegítima desatada en Oriente Próximo, junto a sus veleidades y constantes amenazas a Europa, dibujan el futuro tenebroso que no queremos ver en un cuadro de ansiedad cronificada. Por un lado, el declive del derecho internacional como marco de consenso se extiende incluso a las bocas de representantes políticos como Ursula von der Leyen; por otro, quienes insisten en defender un orden mundial basado en reglas, desde la calle al palacio de la Moncloa, parecen predicadores en un desierto abovedado de bombas. El ‘No a la guerra’ se ha convertido en un poderoso mantra que, en nuestro país, alberga la memoria de otro conflicto plagado de justificaciones falaces, al mismo tiempo que una promesa de futuro. Sin embargo, al ponerse ocasionalmente al servicio de la apertura del estrecho de Ormuz, nos advierte de nuestra dependencia de los combustibles fósiles y una agenda ecologista fallida. Como un movimiento pendular incongruente, donde cada oscilación anula a la anterior, el pacifismo subyugado al petróleo nos habla de ese mundo que tampoco queríamos, el del calentamiento global cada vez más acelerado y sus consecuencias catastróficas.
Así que vamos navegando lo uno y lo otro, el blanco y el negro, la cumbre y el pozo, a partir de una disociación que rompe los amarres del sentido. La misión lunar Artemis II, encumbrada con grandes fastos y pretendido símbolo de la hegemonía de Estados Unidos, contrasta con la decadencia de esa nación como imperio y la necesidad urgente de considerarnos terrícolas. Llaman ciencia a otro ejemplo más de post-humanismo mientras la ciencia que avala la emergencia climática yace arrumbada en algún rincón del periódico cercano a las esquelas, pues la prioridad quizá debería orientarse a prevenir los efectos de la contaminación o el calor extremo en un segmento amplio de la humanidad y no en estudiar la alteración del ritmo circadiano de los astronautas. ¿Qué locura parece haberse apoderado de nuestras conciencias como para el que rumbo se encuentre tan desviado? Con las cifras de ideaciones suicidas en jóvenes se hacen algunos desaprensivos tirabuzones, y hasta proponen reactivar el servicio militar obligatorio; pero resulta difícil imaginar mejor tratamiento de la salud mental que legarles un mapa sin violencia, en un planeta sano donde la economía de la desatención no dicte su comportamiento. Y es que esa brecha generacional ya tan manida en la esfera pública casi no contempla la guerra, ni los ficticios paraísos virtuales, ni –mucho menos– la fractura climática.
Entonces, nos van quedando el caos recién abierto y las hebras nostálgicas de las certezas que se van; un mundo y su contrario, la lucha por preservar lo habitable por parte de unas izquierdas incapaces de conquistar nuevos terrenos semánticos, y el desatino de unas derechas que simpatizan con el matón, cuando no practican, directamente, su sadismo –como ya apuntalase Erich Fromm–. Vuelvo la vista, descanso de escribir; ha llovido sobre las losas de una azotea florida y el olor al mantillo de la sierra aterriza ayudado por el viento: se trata de la cara oculta, no de la luna, sino de la vida que merece ser vivida. No obstante, en la noche de este suelo del Sur, me asaltan de repente las estadísticas: dicen que la mayor preocupación de los andaluces es el deterioro de la sanidad pública; también, que volverá a ganar los comicios autonómicos Juanma Moreno. Otra vez esa sensación de hastío histórico y contradicción perpetua entre el deseo y los hechos consumados, entre lo ideal pretérito (¿volveré a tener médico de cabecera en tiempo y forma?) y la presurosa carrera hacia el abismo. Cuando me pregunto por qué –siendo el mal reversible– retorna el mismo batiburrillo de imágenes reflejadas sobre el espejo deformado del poder.
No hacía falta tanto para que el mundo fuese uno en plenitud, sin sus antípodas perniciosas. Al menos –cavilo– nosotros podemos comparar, sabemos que la opción benévola existe; las próximas generaciones tal vez habrán perdido el marco de referencia, lo que otorga a los vivos de ahora la responsabilidad de dar marcha atrás en esta luctuosa deriva.
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