Opinión
Un mundo sin palabras

Escritora y doctora en estudios culturales
El miedo a perder las palabras me acompaña desde que empecé a vivir en un país angloparlante. Cuando una aprende otro idioma, cada descubrimiento de vocabulario representa una puerta abierta a nuevas posibilidades en el obrar, una construcción más compleja de la personalidad y, con ello, caminos inexplorados hacia la creación de relaciones afectivas –pues rara vez dos personas se amaron en la mudez absoluta–, aunque eso conlleve como contrapartida el sufrimiento del idioma materno. Si nos pensamos desde el origen, cuando nace un bebé, aún incapaz de expresarse verbalmente, sabe reconocer a su madre por la voz; es decir, las palabras han hilado ya una trabazón insustituible hasta en quien no logra enunciarlas. Ahora bien, ¿qué ocurre al darse el proceso contrario? Que vayamos progresivamente abandonando términos en nuestros quehaceres diarios; que se nos prive de la riqueza del lexicón porque los medios y hasta distintos sectores de la cultura optan por simplificar el lenguaje bajo la falsa premisa de la popularidad; que abracemos el balbuceo de lo fácil mientras nuestras mentes van empobreciéndose, marchitas como la flor bajo la helada, no necesariamente producto del bilingüismo, sino en la mera tristeza monolingüe. Algo así está sucediendo en nuestros días, raquíticos de atención y escasos en aquello que nos tornaba profundamente humanos.
Un estudio reciente demuestra que, en las novelas más vendidas, la media de palabras por frase ha caído desde las 20 a las 12 en el último siglo. Que la literatura es un fenómeno cada vez más deslavazado, como el café de recuelo, hervido en los posos de una taza anterior, se constata a través de la apuesta de las editoriales por libros que actúan como la comida basura: aplacan el hambre voraz a partir de ingredientes adictivos y, al rato de haberlos devorado, corroboramos su exiguo valor nutricional, ya que el cuerpo ha quedado insatisfecho. El ámbito de los discursos políticos no escapa a esta tendencia; frecuentemente, la redacción obedece a la anticipación de clicks en titulares o el posible reel que se haga viral. A saber: la dinámica de las redes sociales determina el contenido potencial de una comunicación supuestamente destinada al bienestar colectivo. El cine y las series se elaboran ya teniendo en cuenta el llamado “efecto de la doble pantalla”: la gente los ve pegada al teléfono, lo cual marca el ritmo de los guiones y obliga a insertar aclaraciones o resúmenes para recuperar al espectador distraído. La reiteración, obviamente, implica un proceso degenerativo, al igual que la fragmentación constante con que la parrilla televisiva compite con la lógica del cambio de pestaña o el eterno scrolling lleno de novedades y estímulos.
El problema no radica exclusivamente en que vayamos volviéndonos más idiotas conforme las tecnologías colonizan los espacios del pensamiento, sino también en que, siendo conscientes de este declive histórico, decidimos voluntariamente perpetuarlo y hasta alardear de ello amparados por nefastos criterios como la rapidez o la eficiencia. Hace poco, me contaba un amigo profesor que los estudiantes emplean la IA a la hora de redactar correos con que excusar una falta de asistencia o reclamar la nota de un examen. La comprensión lectora ha caído en los centros educativos y los trabajos de investigación ya se efectúan con esta mal denominada herramienta, pero cruzamos una frontera peligrosa cuando las interacciones más cotidianas dependen del prompt: carente de contexto y los códigos visuales típicos del encuentro personal, de registro apropiado y empatía. Subiendo en la escala social, y trasladado el hecho a un plano geopolítico, no habrá de sorprendernos entonces que uno de los hombres más poderosos del planeta, el presidente de Estados Unidos, emplee una gramática que apenas alcanza el nivel de un niño de sexto de primaria. Los ataques a Irán, la intervención militar en Venezuela o el destino de la guerra de Ucrania están siendo dirimidos por un cerebro idiomáticamente infantil, cuya inmadurez, no obstante, fue votada por mayoría y responde a un impulso estructural hacia la decadencia generalizada.
Entre el bestseller y Trump, el vídeo de tres segundos y la aparente dificultad de Cumbres borrascosas, habita, por tanto, una pereza existencial común tanto como un proyecto premeditado a favor de la incultura y el anti-intelectualismo que, para más inri, atraviesa casi todos los puntos de espectro ideológico. Por qué habremos aceptado, tan dócilmente, esta mutilación es algo que me pregunto a menudo; si merece la pena relegar lo valioso de la lengua a la máquina y transformarnos en autómatas de la logorrea vacía; o cuánta belleza o plenitud moral hemos consentido que nos roben. Porque un mundo sin palabras inexorablemente conduce a uno sin diálogo, sin el arte de la democracia, la amabilidad o el cariño. Aventuro: quizá la oleada de violencia que nos acecha proceda de la oración tan corta, la misma que no sintetiza nada sino su propia mediocridad.
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