Opinión
Nadie te va a salvar, Mazón

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
De repente, ya no eres el puto amo. Chas. Fin del truco, de la magia, de la noche; los hielos de la pila se derritieron hace rato y arrastraron el encantamiento sensual del poder; las luces se han vuelto blancas, clínicas, estériles, serias, y dejan ver los lamparones del sofá que pagarás mañana con la cruel resaca. Estabas en un reservado y ahora esperas en la cola del médico tan triste, tan roto, tan hueco, tan arruinado; hace dos años te hubieran colado, habrías sido el primero en llegar y el primero en irte, pero ahora nadie coge el número de ese teléfono tuyo que antes no paraba de sonar para pedirte asesoramiento o directamente permiso; “mira, Carlos, tío, ven a ver esto”, te decían y tú sonreías, te ponías contento, te sentías parte de la banda e incluso su líder, y eso te divertía, te excitaba. Todo para ti era sexo, Carlos; o sea, todo para ti era poder. Ahora vuelve a ser como en el colegio, piensas, y los nuevos duros del patio no te llaman para reírse contigo del novato, del friki, del empollón; ahora es de ti de quien se ríen mientras te das cuentas de que la ropa que creías vestir con estilo deja al descubierto una piel blancuzca y humana como la de otro cualquiera; una piel mortal, frágil, que el tiempo se ha encargado de trocear y exponer. Qué feos somos todos cuando nos iluminan con precisión médica las carnes; qué poco sexi resulta el poder cuando le ponen la lupa encima.
Te he visto muy desmejorado en la comisión de investigación del Congreso, Carlos, imagino que yo también lo estaría si la voz ronca de doscientos veintinueve muertos me taladrara los tímpanos: debe ser difícil dormir por las noches e intentar acallar su agonía, pensar en otra cosa al echar el arroz en la sartén, no ver sus rostros reflejados en los de tus hijos al besarlos. Creo en el perdón, Carlos, porque soy católico, pero precisamente porque soy católico creo también que es indivisible de un arrepentimiento que tu burla hacia la cámara de representantes que investiga lo que sucedió, lo que puede que por tu culpa sucediera, muestra que no sientes. Escudado tras un auto exculpatorio del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, te has negado a responder las preguntas de quienes, te guste o no, representan a las víctimas y sus familiares; de eso va el poder y la democracia, Carlos, de representar y actuar, no solo de inflarse a copas gracias a una patente de corso institucional.
Pero te insisto de nuevo en que ya no eres el puto amo. Lo eras, sí, cuando subías reels a Instagram enseñando los arroces al horno que asabas los domingos en tu cocina de lujo o la corte de irreverentes ganapanes comprados te reía la catetada cazallera de nombrar vicepresidente a un torero; pero todo eso ha acabado, Carlos, y ahora estás solo, con la carne de la cara caída por la ansiedad y la desesperación mientras te astillan recuerdos onanistas de los buenos tiempos en los que te invitaban a comer gambitas rojas frente al faro de San Antonio en esos yates que dominaban el Mediterráneo; aquellos viejos tiempos donde caminabas como un inmortal y el jugo de las gambas lubricaba tus risotadas, qué dulzura. Pero se ha acabado, Carlos, de verdad, y la estructura empresarial que te aupó en la pirámide de ineptos y cortesanitos que es tu partido, que es cualquier partido, te ha abandonado en el área de servicio de una carretera. Nadie va a venir a salvarte porque no hay nada que salvar, puto amo. Solo puedes salvarte tú, contando la verdad sobre aquellas horas cruciales de octubre. Eres un narcisista redomado que no haría nada por las víctimas y familiares que solo quieren verdad y reparación, así que al menos hazlo por ti. Nadie más que tú puede salvarte. Recoge el desastre, ya que la fiesta ha terminado.
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