Opinión
Necesitamos el valor que no tuvimos hace 10 años

Directora de la Fundación PorCausa
-Actualizado a
La opinión que las personas españolas tienen sobre la inmigración no se construye a través del conocimiento sino de la percepción. En España la mayoría cree que la migración genera más costes que beneficios, pero igualmente estima que, gracias a ella, el país va bien y mejor que el resto de naciones europeas. Lo sé, no tiene mucho sentido. Este tipo de incongruencias se repiten a lo largo de la nueva encuesta sobre migración en España y Europa recientemente publicada por More in Common, que no tiene desperdicio. Las personas mayores de 65 años, que vivieron procesos migratorios internos o internacionales, tienen una visión más positiva de las migraciones que las personas jóvenes de entre 18 y 24 años, que son las que peor opinión tienen de la misma. En general, en España creemos que la migración es positiva y necesaria en términos económicos y humanos. Salvo las personas afines a Vox, que aseguran que prefieren poner en riesgo las pensiones que aceptar más inmigración, el resto considera este fenómeno como algo que hay que gestionar, controlar y en algunos casos abrazar.
Se puede decir que en España hemos sido capaces de aguantar la embestida brutal de la ultraderecha que se ha llevado por delante la humanidad y la decencia del discurso público en muchos otros países de la Unión Europea. Uno de los casos más sangrantes ha sido el de Alemania, que en apenas cinco años ha pasado de tener una posición similar a la de nuestro país a otra en la que casi la mitad de su población considera que la inmigración es una amenaza. La realidad es que este tipo de cambio, tan rápido, se podría dar en nuestro país si se baja la guardia del discurso público y político. Si bien el PSOE no está siendo del todo valiente a la hora de abordar las políticas migratorias, sí lo está siendo en su abordaje discursivo, tanto en España como en Europa. Aquí es importantísimo el hecho de que el Partido Socialista esté gobernando en coalición con Sumar y que haya muchas representantes públicas del Gobierno que son de otros partidos y que empujan ese discurso público hacia espacios de derechos humanos y civiles, sin hacer concesiones al odio. En cualquier caso, el poder está en el discurso, en la narrativa, en los marcos, en la comunicación. Si queremos acabar con la desigualdad, el racismo, la xenofobia o el resto de las fobias que nos destruyen, tenemos que empezar por dominar el relato. Y se puede, pero tenemos que cambiar algunas cosas para conseguirlo.
Estos días se cumplen 10 años de la entrada en el poder local y regional de los gobiernos del cambio. En aquel momento parecía que el bien era imparable y que el sistema iba a cambiar definitivamente y para siempre. Recuerdo con emoción estar sentada en un murete de la Cuesta de Moyano escuchando a Manuela Carmena decir que habían ganado las elecciones y sentir que, como ciudadana ahí presente, formaba parte del hecho político más importante acontecido en España durante mi tiempo de vida. A las pocas semanas, de forma inesperada, entré a formar parte del Gobierno de Carmena como directora de comunicación del Ayuntamiento de Madrid. Durante un año vi cómo el proyecto se ensombrecía presionado desde fuera por la desinformación y la manipulación. Los equipos, que llegaron ilusionados, acabaron arrinconados en un espacio reactivo insoportable. Han pasado los años y, viéndolo ahora todo con cierta perspectiva, pienso que a ese proyecto solo le faltó valor narrativo. El día que empezaron a tener miedo perdieron la partida. Todo ese amor y esa frescura que las llevó a ganar las elecciones se convirtió en tensión y aprensión. Nos ganaron la partida haciéndonos creer que teníamos que ser como ellos, cuando era todo lo contrario.
Tenemos que ser valientes a la hora de posicionarnos dentro del relato social que queremos. Esto significa, entre otras cosas, que tenemos que ser capaces de elegir dónde ponemos nuestra atención y cómo lo hacemos. Lo más efectivo es usar todas nuestras capacidades para hablar de lo que creemos que es importante y nos interesa promover. Se trata de dejar de reaccionar y dedicar todas nuestra fuerza a crear. Pero hay más. Tenemos que empezar a trabajar en proyecciones utópicas. Cuenta Juan José Tamayo, en su discurso de despedida como profesor universitario, que en los años 70 se abandonaron los relatos utópicos y las distopías se quedaron solas. Todo lo que nos cuentan es distópico y así es imposible creer que podamos optar a algo mejor. Me decía mi amiga Natalia el otro día que todos los movimientos sociales surgían como respuesta a un momento de crisis. No es cierto. Infinidad de movimientos y estructuras de colaboración civiles han surgido de forma orgánica para dar lugar a sistemas sociales de gestión pacíficos y comunitarios. Se puede cambiar el sistema por sustitución, siempre que se sepa cual es el sitio que aspiracionalmente se quiere ocupar. Para eso sirven los relatos utópicos. En este sentido tenemos que reconocer que nunca antes tuvimos mejores herramientas para vivir mejor. Por ejemplo, la esperanza de vida se ha disparado. Sin embargo, como explica la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, tenemos más miedo a la muerte que nunca. La utopía es la zanahoria de Galeano que nos ayuda a luchar contra el miedo.
Otra cosa muy útil es abrazar la diversidad. Este es un ingrediente indispensable para ganar esta partida compleja. Aceptar que las personas somos todas diferentes pero nos merecemos tener los mismos derechos es un escalón fundamental en la progresión hacia un espacio más justo y positivo. Tenemos la suerte de contar con profesionales como el fotógrafo y director artístico Oliviero Toscani, que trabajaron durante años para hacer que lo diverso estuviera de moda. Pero todo lo conseguido desde los años 60 hasta ahora lo tenemos que seguir defendiendo con uñas y dientes. Aquí la percepción que tenemos sobre la migración es fundamental. Entender que todas en nuestra diversidad somos indispensables en la construcción colectiva es lo que nos ha permitido llegar hasta aquí.
En un momento en que los autoritarismos y el fascismo nos amenazan, tenemos una oportunidad histórica de revelarnos y construir. Tenemos las mejores herramientas y las mejores capacidades. Solo tenemos que ser valientes, quizás más que nunca. Y la piedra caerá del lado de la justicia, la libertad y el amor.

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