Opinión
Nuestra falta de responsabilidad ante la PAU y el alumnado
Periodista y escritora
Recuerdo el día que me examiné de la Selectividad, en junio de 1986, como un momento extraño. No era exactamente nervios, sino parte de una sensación mayor y profundamente satisfactoria: ya era "mayor" y por primera vez ponía el pie dentro de una universidad. Por supuesto, para la prueba no había inhibidores de frecuencia, no había control de instrumentos de sonido ni dispositivos móviles, no teníamos ni pajolera idea de que llegaría un día en el que el teléfono lo llevaríamos en el bolsillo.
Cuando yo me examiné de la selectividad, allá por el 86, no teníamos ordenadores. Es decir, no es que no tuviéramos acceso a la IA (que no existía), no es que no tuviéramos internet (que tampoco existía), es que nadie en toda aquella sala se había sentado jamás delante de un ordenador. De hecho, cursé la carrera de Periodismo en la Universitat Autónoma de Barcelona y salí de allí sin haber visto ni uno.
Vaya por delante que creo que la profesión de docente en la enseñanza pública debería estar entre las mejor remuneradas de todas, si no la mejor. Creo que todos los medios de comunicación deberían tener sus secciones y suplementos donde mostrar y debatir la manera en la que formamos a las futuras generaciones; que los y las "benefactoras" sociales deberían destinar a ello gran parte de sus fondos; que debería estar, en fin, en el centro de nuestro interés como sociedad. Estamos justo en el extremo opuesto.
El mundo ha cambiado radicalmente desde que yo me examiné de Selectividad. El conocimiento al alcance del alumnado actual resulta inabarcable, y los métodos de acceso a dicho conocimiento son múltiples y dispersos. Nosotras, llegábamos a ese punto armadas con nuestros apuntes escritos a mano, el boli bic y la enciclopedia de la estantería familiar, quien la tenía. Otras, un diccionario sobado por las hermanas y hermanos mayores.
Mi hija menor se examina estos día de la PAU y la distancia entre su realidad y la de aquella Cristina que era yo en 1986 es completamente otra. Radicalmente otra. El alumnado habita ahora varias realidades distintas, maneja diversas identidades, se mueve por mundos que nosotras jamás habríamos podido soñar. Sin embargo, las materias que ha estudiado y el modo en el que lo ha hecho son exactamente los mismos.
He pasado todo este curso que ahora acaba contemplando a mi hija memorizar los mismos contenidos que yo memoricé en aquel curso mío de COU del 85-86. No sólo los mismos contenidos, también expuestos de la misma forma y con idénticos métodos. Me pregunto entonces: si aquella enseñanza que recibí me preparaba para el mundo y la sociedad de los años 80 y 90 del siglo pasado, ¿para qué sociedad se está preparando al alumnado actual? ¿Para la previa al fin de milenio?
Ya es habitual escuchar a los partidos políticos y las "mentes pensantes" de nuestro entorno entonar sus cargantes salmos sobre las fatales consecuencias de internet, de las redes, de los mundos digitales, y hacerlo con el móvil adherido a la mano. En ninguna de las múltiples propuestas que vamos escuchando elección tras elección autonómica —ya llegarán las Generales— hemos oído una palabra, una mísera idea, sobre cómo educar a una generación que ya no habita aquella que fue nuestra vieja realidad. Cabe pensar que se trata, sencillamente, de incompetencia. Creo que es más bien desidia, o una mezcla de ambas.
La atención y preparación de las criaturas y jóvenes es una de las labores fundamentales de toda sociedad. No sé si ya llegamos tarde para eso. Sí tengo claro que quienes hoy se examinan de la PAU harán bien en pedirnos explicaciones en el futuro y ponernos ante el espejo de nuestra falta de responsabilidad.
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