Opinión
Odio a la gente

Por Magda Simó
Periodista y escritora
Como todos los años por estas fechas, y mucho más desde hace unos pocos, son noticia los parajes naturales masificados. Y no solo son masificados porque superen su aforo normal, sino porque en ellos se generan situaciones demenciales impensables hace unas décadas. Calas recónditas con cientos de personas bajo el sol esperando horas para poder entrar porque están ya saturadas. Aquellos vídeos de la puesta de sol donde hay más cabezas y cuerpos y gritos y altavoces que arena y mar. Pueblos con zonas de baño que tienen que restringir el acceso a los turistas, porque dejan a la población local sin su espacio natural y lógico. Una cola larguísima de montañeros exhaustos intentando llegar a la cima del Everest.
Como ciudadana que sufre el hacinamiento involuntario cada mañana en un tren de cercanías, apretujada contra axilas desconocidas, me resulta extraño que alguien en su sano juicio lo escoja a sabiendas para su tiempo de ocio. Lo peor de la humanidad, la suciedad, el ruido, las molestias y las conductas incívicas, se exacerba con la masa informe, aglomerada, que llamamos gente. Y si bien individualmente todos tenemos un pase, en plena muchedumbre somos despreciables.
Al ver esas imágenes, me pregunto dónde está toda esa concurrencia el resto del año, de dónde salen y hacia dónde vamos como sociedad saturando de manera insostenible los espacios. ¿Escogemos todos ir a los mismos sitios? ¿Condicionan las modas nuestra conducta y decisiones? ¿Nos parece mejor un sitio al que va mucha gente, porque tanta gente no puede equivocarse? ¿Consideramos un éxito el éxito de público? ¿Nos desplazamos demasiado y en las mismas fechas? Sí a todo. Por supuesto, aquí además hay un larguísimo listado de condicionantes que tienen que ver con la precariedad, con las temperaturas insoportables y con la cada vez menor calidad de vida en las ciudades. No hablo de eso: es normal que las zonas de costa, tradicionalmente turísticas, lleguen a su máximo de ocupación en verano. Lo que igual no es tan normal es hacer dos horas de cola para una foto en una puerta azul o que la vida diaria de los lugares turísticos se vuelva imposible.
Y ojo, en condiciones de libertad de decisión, no me parece ni mal ni bien ir donde sabes que van todos, cada uno que escoja su propia aventura en este valle de lágrimas, pero me cuesta comprenderlo simplemente porque no nos puede gustar a todos lo mismo y a mí me gusta bastante estar sola. Cuando hace pocos años se popularizó el neologismo fomo, del inglés fear of missing out, miedo a estar perdiéndote algo, reconocí vagamente la sensación, sobre todo a raíz de la exposición a redes sociales y lo que han transformado en nosotros y en nuestras taras, pero no me sentí excesivamente interpelada. Posteriormente se habló de lo contrario, jomo, joy of missing out, y eso me encajó mucho más: qué ilusión quedarme en casa en silencio mientras en la calle se celebra no sé qué de una Copa del Mundo, por decir un ejemplo cercano que agolpa multitudes.
Por otro lado, tengo la suerte de que mi entorno cercano entiende mi misantropía y, en algunos casos, incluso la comparten. No hace muchos días hablaba con una de mis mejores amigas sobre esa utopía común de autoexiliarnos a un lugar solitario, donde no hubiera gente, solo algunas personas. Y ahí, fantaseando de manera bastante ilusa con criar cabras y gallinas, nos dimos cuenta de que seguramente este sea el momento de la historia de la humanidad en el que estamos más y menos solos a la vez. Hasta el siglo pasado, un anacoreta se aislaba y podía estar sin hablar con nadie el tiempo que pasara solo. Solo de verdad, con sus pensamientos. Hoy, puedo estar sola en casa los días que quiera o se me permita y no parar de hablar con personas y recibir información por mil vías distintas. Es posible no abrir la boca, no oír nuestra propia voz, pero reír mil veces jajaja emoji llorando. Solos solos, como antes estaban las personas, no acabamos de estar nunca, la gente entra en tumulto en nuestras vidas a través de las pantallas. Pero acompañados tampoco, porque estamos solos, en una paradoja extraña y una realidad que me imagino que tiene que estar modificando patrones en nuestros cerebros y cambiándonos de alguna manera, seguramente no para bien.
Otra conclusión a la que llegamos en esa conversación romantizando la soledad y la autogestión es que a casi nadie le gusta la gente, como concepto, como masa de personas, y a menudo tiende a usarse despectivamente, aunque a la vez es un reclamo, para festivales (¡vendido el 80%!), conciertos (¡sold out!), restaurantes (no hay reservas hasta dentro de dos meses). Somos una especie muy contradictoria. Además, es curioso que cuando decimos gente, casi siempre son los otros, pero en realidad todos somos gente prácticamente todo el tiempo, queramos o no. Sí hay personas más inclinadas hacia la vida en comunidad que otras, claro, y les gusta juntarse y ser muchos y no les importa hacer cola en una cala para juntar su toalla a un palmo de la del vecino. Luego estamos los raritos, a los que nos molesta casi todo el mundo, odiamos a la gente, en general, pero nos gustan las personas, individualmente. Algunas. Un ratito.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.