Opinión
El odio de izquierdas contra Irene Montero

Periodista y escritora
De repente, la mano alarga el dedo índice y señala a un punto. A un único punto del bosque, y lo nombra. En ese señalamiento hay una forma de empujar al resto hacia el ataque. Es el papel de los lidercillos, los jefecillos de banda, los pequeños caudillos de las redes. El bosque es espeso, está lleno de árboles, arbustos, criaturas, pero su dedo decide señalar un punto, y ese será el objetivo a derribar.
El viernes leí y oí insultos de todo tipo contra Irene Montero —"miserable" y "traidora" son los más suaves— y me acordé de épocas peores, del acoso y el maltrato sistemático que recibió cuando era ministra de Igualdad. Lo recibieron ella y su equipo. Qué decir de Vicky Rosell, de Ángela Rodríguez Pam, de Teresa Arévalo… Pero el foco estaba esta semana en Montero y ese señalamiento ha sido encarnizado porque todo señalamiento lo es.
Es cierto que en aquella otra ocasión la mayoría del acoso procedía del sector más conservador de la sociedad, no faltaron ataques desde las filas de las izquierdas y del propio movimiento feminista. Lo de estos últimos días ha sido diferente. La inmensa mayoría de las agresiones, por no decir todas, han llegado desde las izquierdas, algo que en sí mismo es grave. No porque estén libres de miserias, que no lo están, sino porque entre sus filas hay bastantes personas, sobre todo mujeres, que han vivido en carnes propias lo que se ha vuelto a verter contra Irene Montero.
Alguno se habrá levantado este domingo con resaca de odio. La resaca de odio es más incómoda que una pésima mañana de lunes tras la ebriedad común. En la resaca de odio, al levantarte tienes que recoger las vísceras que has desparramado por el suelo, tu propio triperío bañado en bilis.
Resulta de un simplismo idiota pensar que una sola persona puede ser responsable de un desacuerdo político, de la falta de entendimiento. Todo desacuerdo tiene dos partes, incluso más, y en este caso merece una atención especial el papel de Izquierda Unida, un actor secundario que ha jugado sus cartas calladamente, pero las ha jugado. Ya habrá tiempo, cuando los espumarajos sequen en las comisuras, de analizar el papel de cada parte en todo este desaguisado, pero la violencia hay que nombrarla inmediatamente.
Que Montero sea una mujer, y no cualquier mujer, sino la ministra que aprobó la ley del sólo sí es sí, que puso en el centro el consentimiento, es uno de los principales factores a tener en cuenta. Que haya vuelto del Parlamento Europeo después de haber sido vetada —insisto: vetada— aquí por las izquierdas que ahora parecían tenderle la mano, otro. Porque todo esto no viene de ahora, sino de aquel momento en el que Yolanda Díaz montó algo llamado Sumar, también de la mano de Comuns, como ahora, cuya primera medida fue la condición de que Montero no apareciera en las listas de Podemos a la hora de unirse. Viene también de la construcción política de un espacio desgajado de Podemos a manos de Íñigo Errejón. Repasemos dónde están Díaz y Errejón ahora. Todo tiene su pasado y su genealogía. Pero bastaría con el hecho de ser mujer de izquierdas y feminista en política. Ada Colau sabe también a qué me refiero. Conocemos bien el componente misógino en los ataques recibidos, son los de siempre.
Habrá quien diga, porque ya lo hacen, que el fascismo llegará a gobernar España "por culpa de la Montero". Ese es el nivel del atacante básico, con tribuna en los medios y prescriptor en redes. Queda mucha precampaña y campaña por delante, y ya no sé si espero que la talla del debate remonte. Yo también tengo resaca de odio esta mañana, resaca de odio ajeno y una tristeza honda de izquierdas en el fondo. Cuando la izquierda desata el odio contra la propia izquierda, mina el futuro, y eso se acaba pagando. Ya lo creo que se paga.
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