Opinión
'La Odisea' de Nolan y la tortilla de patatas cabeza abajo

Por David Torres
Escritor
Como el verano no deja tiempo para nada, todavía no he visto La Odisea de Christopher Nolan. Algo tiene que ver, supongo, el hecho de que varias de sus películas más aclamadas -Interestelar, Origen, Dunkerque, Oppenheimer, Tenet- me resulten peñazos insoportables. Con Origen me dormí en la butaca -lo cual, teniendo en cuenta el argumento, quizá sea todo un elogio- y en Dunkerque lo único que captó mi interés fue la duda de si el soldado con un apretón al comienzo de la película conseguiría cagar o no. Cuando le pregunté qué le había parecido Tenet, ese espantoso rompecabezas temporal, mi querido y añorado Fernando Marías me dijo: "No sé por qué Nolan se empeña en ser tan enrevesado. Es como si quisiera hacer una tortilla de patatas colgado voluntariamente cabeza abajo".
Con todo, yo aplaudo que la adaptación de un poema griego de 2.800 años de antigüedad haya reventado la taquilla como si se tratase de una historia de superhéroes. Aunque, a lo mejor, precisamente ahí está el problema: que Nolan haya desfigurado a Odiseo, el astuto, el embustero héroe homérico, para convertirlo en una especie de Batman micénico y lastrarlo con un montón de traumas típicos de una superproducción de Hollywood. No lo sé, ya les digo que aún no he visto la película y que estoy hablando de oídas, pero Nolan estaba en su derecho de realizar su propia lectura de la epopeya, del mismo modo que historiadores, críticos y helenistas también están en su derecho a criticar el resultado. Hasta la autora de la traducción que Nolan utilizó para su adaptación, Emily Wilson, ha dicho que le daría vergüenza haber escrito cualquier parte del guion. Ya me gustaría a mí que un diez por ciento de sus detractores se hubiesen cabreado así conmigo después de leer lo que hice con Odiseo, Penélope y Telémaco en El mar en ruinas.
La mayoría de las críticas hablan de anacronismos imperdonables, como si las dos grandes epopeyas homéricas -los cimientos de la literatura occidental- fuesen testimonios históricos en lugar de dos textos fabulosos, repletos de hipérboles, fantasías, dioses y personajes mitológicos. Puesto que me pasé media vida planeando y escribiendo El mar en ruinas, que he leído diversas traducciones y una bibliografía más que respetable sobre el tema -además de dar un par de talleres de lectura sobre la Ilíada y la Odisea-, creo que puedo decir algo al respecto. No sabemos quién fue Homero, pero lo poco que sabemos es que ambos poemas fueron escritos hacia el siglo VIII a. C. mientras que la denominada guerra de Troya tuvo lugar hacia el XII a. C. aproximadamente. En esos cuatro siglos de desfase hay, aparte de licencias de todo tipo, anacronismos tan inmensos como que Aquiles, Héctor y los demás guerreros aqueos y troyanos vayan revestidos de bronce, cuando en el siglo VIII las armas ya eran de hierro. Otra cosa es que los hombres de Odiseo se dediquen a remar con las armaduras puestas: eso ya obedece más al impulso nolaniano de cocinar tortillas de patatas cabeza abajo.
No veo mayor problema en haber elegido a una actriz negra para encarnar a Helena de Troya: el problema es encontrar a una mujer -blanca, negra o como sea- tan hermosa que por su culpa se desate una guerra. En mis tiempos, cuando soñaba repartos imaginarios para una adaptación personal de la Ilíada, Helena y Aquiles eran escollos casi insalvables: pensé en Ava Gardner o Sofia Loren en sus mejores tiempos, y en el Rutger Hauer de Blade Runner. Matt Damon, aparte de ser un gran actor, casi siempre interpreta a chicos listos, pero no acaba de encajarme en el personaje, desde luego no de la manera en que lo hizo suyo Ralph Fiennes en The return, de Uberto Passolini, una soberbia recreación fílmica del regreso de Odiseo a Ítaca y la matanza de los pretendientes.
Sospecho que, de todas las libertades que se ha tomado Nolan en su Odisea, la más grave es haber suprimido por completo el pasaje en que Odiseo, recién llegado a la isla de los feacios, cuenta su propia historia ante Nausica y la corte de Alcínoo. Es un momento extraordinario, puesto que, en la prodigiosa estructura narrativa del poema, las cuatro rapsodias que encadenan la práctica totalidad de los episodios fantásticos -los lestrigones, Circe, el descenso al Hades, Polifemo y los cíclopes, Escila y Caribdis, las Vacas del Sol- pueden no ser otra cosa que un rebuscado embuste de Odiseo. ¿De qué otra manera iba a explicar que ha llegado hecho un mendigo, después de haber perdido doce naves y más de quinientos hombres tras partir de Troya?
Hace algún tiempo, Nolan denunciaba que en Hollywood no se valora lo suficiente el trabajo de los guionistas, aunque a la hora de escribir guiones él suele guisarlo casi todo solo, salvo alguna pequeña ayuda de su hermano. Kubrick, por ejemplo, siempre estuvo escoltado por escritores de primera clase -Jim Thompson, Vladimir Nabokov, Diane Johnson, Michael Herr-, mientras que otros grandes directores que empezaron de guionistas a menudo pedían ayuda a la hora de sacar adelante una película. John Huston llamó a James Agee para La reina de África, a Arthur Miller para Vidas rebeldes, a Ray Bradbury para Moby Dick. Fellini tenía en la recámara a Ennio Flaianno, a Tulio Pinelli o a Tonino Guerra. Billy Wilder a Charles Brackett y a I. A. Diamond. Ya puestos, Nolan podía haber llamado a Emily Wilson o incluso a mí para que le explicáramos que, desde el comienzo mismo de la epopeya, Odiseo está caracterizado como un varón de multiforme ingenio, es decir, un tipo torcido y mentiroso, un héroe que trae mal fario a todos sus compañeros. De paso, también le habríamos dicho que el famoso episodio del caballo de Troya apenas se menciona a vuela pluma en un par de ocasiones. Pero qué le vamos a hacer, si sigue empeñado en hacer tortillas de patatas cabeza abajo.
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