Opinión
El órgano y las palomas mensajeras

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Les voy a contar dos historias que se unen en el dolor insoportable, el dolor indescriptible del exterminio, al que Israel ha sometido a Gaza delante de los ojos de todo el mundo. También los nuestros. Ojos ciegos y oídos sordos, mentes adormecidas y corazones de plomo.
Exterminio que persiste, cuando ya los medios de comunicación han dado carpetazo al asunto, y que se ha ampliado después a Líbano, donde caen las bombas igual que cae del cielo la lluvia. El trueno y la furia. Saltándose, como siempre hacen y con total impunidad, todas las normas y leyes internacionales. Incluso deteniendo y secuestrando a un soldado español, un casco azul de la ONU, que prestaba sus servicios - y su vida - en misión de paz en Beirut. ¿Cómo se atreven? Fácil respuesta: si hemos matado a 20.000 niños palestinos sin que nos tiemble la conciencia ni el pulso ¿cómo no detener a un soldado de la ONU o matar a tres de ellos?
La primera historia, de una emoción arrebatadora, relacionada con mi debilidad por los pájaros, la he tomado del periodista y escritor de Bogotá Keshava Liévano, que, con su autorización y mi agradecimiento, les resumo. El mérito, por supuesto, es todo suyo. La segunda, es de mi cosecha, al hacerme eco de lo que me cuenta entre lágrimas Ibrahim Al-Husseini, mi amigo palestino.
La hermosa y antigua ciudad de Gaza (3.500 años a. C.), que tenía hasta hace poco 700.000 habitantes, quedó convertida tras los permanentes bombardeos en una ciudad fantasma. ¡Adiós, bella Gaza, adiós! Apocalíptica. No hay ningún referente cercano, ni siquiera en el Berlín de la II Guerra Mundial, de una destrucción semejante, de una destrucción total. Por eso, el 90% de su población, es decir, 9 de cada 10 personas, tuvo que huir. Abandonar sus casas, sus trabajos, sus negocios, y marcharse hacia el sur, a los campos de desplazados, o hacia donde les mandaban los soldados israelíes a tirascazos. Todo un territorio, un país, convertido en un inmenso campo de refugiados. Muertos de sed y de hambre. Las fronteras cerradas a cal y canto. De acá para allá, cien mil veces peor que un rebaño. Andando, con los niños a rastras, con sus pertenencias mínimas al hombro - es lo que les ha quedado tras toda una vida -, envueltas y atadas en una colcha, cargadas en un carrillo, en un burro enano y famélico, en un coche destartalado atestado de bultos y garrafas. O tirando de la silla de ruedas de la abuela que, con el retumbar de las bombas, ha perdido la cabeza y grita y grita como loca. - ¡Calla, abuela, ya estamos llegando! -. ¿Llegando adónde?
Según la BBC, el promedio de desplazamientos de una familia gazatí en plena masacre es de 6, algunas incluso 19. Un desplazamiento forzoso, un éxodo masivo de muertos vivientes, sin saber ni tener adónde ir, como estrategia para su exterminio.
Gaza convertida en una escombrera infinita, un esqueleto sin alma, un cementerio sin flores, una gigantesca calavera de la infamia que todavía humea. Que apesta a muerte y humea.
Los que decidieron quedarse, como un símbolo de resistencia, sobreviven refugiados en los huecos de los edificios en ruina. Entre las planchas de hormigón que sepultaron a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos y a sus vecinos. O los más temerosos, en un chamizo que han construido con los jirones de una tienda de campaña, maderas, cartones y plásticos. Dicen que no quieren abandonar a sus muertos y que prefieren morir ahí antes que marcharse de su tierra.
Cuenta Keshava Liévano, gran activista que no se cansa, igual que intentamos humildemente otros, de denunciar el genocidio palestino, por la memoria de las miles de víctimas inocentes y para que no quede impune tanta injusticia, la historia de "Fátima Abdullah, niña de 9 años asesinada con un beeper por Israel hace unos días."
Su relato se remonta a Gengis Kan, siglo XII, hace por tanto 800 años, que convirtió a Al Hadin, hijo del sultán Nur Adin que gobernó Siria, en "el primer y más célebre palomero, criador de palomas mensajeras, quien estableció un correo alado entre Bagdad y El Cairo... Un inmenso palomar donde adiestró a más de mil palomas. Años después, fue llamado por Tipu, el sultán de Mysore (India), para construir el palomar de la mezquita Jamia Mazjid, su cuartel general. Las palomas volaban entonces de Mysore a Bagdad, incluso de El Cairo a Jerusalén, llevando y trayendo bajo el pico mensajes de amor, de negocios, secretos de estado y estrategias de guerra."
Una tradición secular que pasó de padres a hijos e hijas de manera inalterable. La pequeña Fátima descendía directamente de Al Hadin y era la última heredera de la tradición palomera, enseñada por su madre y su abuela en Palestina, su tierra natal. Mujeres palomeras, que podrían volar también si quisieran, si no les hubieran arrancado las alas de cuajo. Y la cabeza, como a la diosa alada Niké de la Victoria de Samotracia.
Hasta que una bomba israelí mató a su familia, reventando la casa y el antiguo palomar, donde habían amaestrado a centenares de palomas en el arte mágico de llevar mensajes a su destino en una anilla o en el pico. ¿Existe algo más bello que el vuelo de una paloma mensajera transportando un mensaje de amor por encima de valles y sierras?
Entre las ruinas, Fátima consiguió salvar dos docenas de palomas, con las que recorría las calles derruidas, soltándolas de cuando en cuando, en un intento inútil de devolverles la confianza perdida en la explosión. Y remata de manera estremecedora mi admirado Liévano:
"Fátima se movía de noche, con sigilo. A veces, cada tres días, conseguía enviar un mensaje pidiendo ayuda, suplicando el fin de la guerra. Hoy, solo le quedan doce palomas. Las otras no han regresado. No volverán. Los drones israelíes las confunden con misiles y las abaten.
Fátima, la Palomera, no pierde la fe. Esta noche, al resguardo de la oscuridad, dejará volar con rumbo incierto una de sus palomas, con un mensaje por la paz que no sabe si volverá."
Puede que el zureo de una de esas palomas de Fátima, lo oyera Khaled Zalam. Escondido en su cobijo, la que fue casa de sus abuelos, en Gaza. Una casa ahora en un estado lamentable, peor que ruinoso, inseguro y muy peligroso pues en cualquier momento puede desplomarse sobre su cabeza el techo rajado y tambaleante ante el temblor de las últimas detonaciones. Tan peligroso por el probable derrumbe, que allí no se atreven a acercarse ni los soldados judíos.
Khaled Zalam había regresado de Italia, adonde emigró años atrás, para echar una mano en su tierra, ayudando a construir el Estado palestino. Pasó la última década en el extrarradio de Milán, trabajando sin descanso en una fábrica de bombillas del polígono industrial de Sesto San Giovanni, conocido popularmente como la Stalingrado de Italia. ¡Qué paradoja, años fabricando bombillas, para estar sumido ahora en la oscuridad total! En Italia ahorraba todo lo que podía para enviárselo a su familia. La nostalgia, esa enfermedad sin cura, la combatía con la música. Su amante y fiel compañera. Aprendió a tocar el piano en una escuela nocturna y cuando decidió regresar a Gaza, se regaló un órgano eléctrico que llevaba debajo del brazo a todas las fiestas a las que le invitaban. Música para celebrar y música para curar heridas.
Para tocarlo en la soledad de su refugio sin luz, se vale de una pequeña batería que carga por el día con una placa solar. Lo toca a la noche, cuando los soldados de Israel duermen, y los pocos gazatíes que se quedaron como él lo escuchan. Una música clandestina. Un mensaje en clave para la resistencia. Para la esperanza también. Porque lo que sale de ese órgano, en la noche desolada, son las notas y acordes de la Bella Ciao. El himno de los partisanos que combatieron el fascismo italiano de Benito Mussolini y el nazismo de Adolf Hitler. Otra terrible paradoja: los que fueron víctimas del Holocausto judío, convertidos ahora en implacables verdugos.
"Una mañana, me he despertado,
O Bella Ciao, Bella Ciao, Bella Ciao, Ciao, Ciao.
Una mañana, me he despertado,
y he descubierto al invasor."
Para no ser localizado por los soldados que acechan permanentemente - sus fusiles y ametralladoras con el dedo en el gatillo, sus detectores de rayos láser, sus miras telescópicas -, Khaled Zalam espera a que la noche cubra Gaza con su manto de oscuridad y tiniebla. Igual que una mortaja. Después prepara su órgano eléctrico, la batería y la linterna. Para pasar la noche en vela, se echa al bolsillo un par de barritas energéticas de dátiles, conseguidas a través de la Media Luna Roja, su cantimplora, y sale de su guarida como un fantasma. El músico nómada de la esperanza. Camina y camina entre los escombros de este valle de lágrimas. Hasta que encuentra un escondite adecuado y seguro. Cada noche uno diferente. Entonces conecta el órgano a la batería y espera. Hay en la atmósfera un silencio tenebroso, roto por el ulular estridente de una ambulancia en la lejanía, el ladrido triste de un perro huérfano llamando a su dueño, algún disparo soterrado, el crujir de algún muro que se retuerce y se desmorona. Cuando la noche calla y dejan de aullar los perros, Khaled Zalam teclea con fuerza y rabia su órgano eléctrico. Hasta que su música, igual que el vuelo de esas palomas mensajeras, una música que no es de este mundo, se eleva por el aire y revolotea, se mete por todos los vericuetos de la ciudad derrumbada y llega a los oídos de los vivos… y de los muertos:
"¡Oh! Partisano, me voy contigo,
O Bella Ciao, Bella Ciao, Bella Ciao, Ciao, Ciao.
¡Oh! Partisano, me voy contigo,
porque me siento aquí morir."

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