Opinión
Otegi en autobús
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Al salir de la cárcel, en una marcha, en un mitin, solo, entre multitudes, Otegi siempre hace el mismo gesto: el puño cerrado con el brazo en alto. No es sólo un ademán de lucha y de triunfo: es que está sujetándose de la barra de un autobús en marcha. El de Otegi es un autobús invisible, imaginario, aunque no exactamente inexistente, porque la existencia es una categoría ontológica que depende mucho de la gana de ser. Ya advirtió García Márquez que muchas de las cosas que están en la realidad -"desde las cucharas hasta los trasplantes de corazón"- han estado antes en la imaginación. La suerte de Otegi es haberse subido a ese autobús con parada en la independencia de Euskal Herria mucho antes de que inauguren la línea e incluso de que lo fabriquen.
La urgencia histórica por arribar al sueño prometido contrasta con el retraso puntual con que Otegi ha acudido a casi todas sus citas con la realidad. Hablamos de un hombre que llegó a la política tarde, que abandonó la violencia tarde y que descubrió el diálogo más tarde todavía. "Mi conciencia me dice que teníamos que haber dado ese paso antes" ha declarado en la primera entrevista concedida a ETB después de su salida de prisión. Como muchos otros presos (políticos y de los otros), la cárcel ha sido para él una especie de escuela de aprendizaje. Durante su estancia entre rejas, Otegi ha perdido a su madre y a su suegra, y gracias a esas defunciones ha descubierto "lo que supone que un buen día te llamen por teléfono y te digan que un ser muy querido para ti ha fallecido". No se imaginaba lo que duele eso, con la cantidad de ancianos tiroteados en la nuca y de niños desmembrados a bombazos que se quedaron sin responder al teléfono.
Otegi ha salido de prisión y se ha encontrado con que los catalanes han llegado mucho más lejos que los vascos por el camino de la independencia, ahivalahostia. Sin pegar un solo tiro, sin otra estrategia que dejar hablar solo a Mariano, han logrado que el catalanismo casi se triplique y que el Barca gane hasta la lotería. Gracias al PP, el independentismo marcha viento en popa. Por eso lo primero que ha hecho Otegi en libertad es darse un baño de joaldunak, paseando en su autobús transparente entre un palio de ikurriñas y poniendo su reloj en hora con un lenguaje eminentemente bélico que insta a la "nueva izquierda española" a la apertura de un "segundo frente". Este popurrí metafórico -entre el nacionalismo, el folklore y la cartografía militar- no sólo exige a Pablo Iglesias darlo todo en el papel de Eisenhower, cambiando el asalto a los cielos por el desembarco de Normandía, sino que también propone disfrazar a Karl Marx con la zamarra del olentzero.
Tanto hablar de hoja de ruta y, al final, junto con la ropa y el tabaco, le han devuelto a Otegi una nuevecita a la salida del trullo. Además de perspectiva, los seis años de prisión le han dado aura de mártir y una brújula orientada al futuro. Nunca agradecerá bastante a la justicia española este segundo aire que ha insuflado a su carrera, justo cuando se le habían pinchado dos ruedas y le empezaba a faltar la gasolina.
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