Opinión
Ozempic y los efectos secundarios de ser gordo

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Llevo toda la vida siendo gordo y casi diez años trabajando duro para mitigar sus consecuencias. Eso no quiere decir que esté a dieta, de hecho, el punto de inflexión en mi recuperación ha sido abandonarlas. Llevo casi una década a mis espaldas de intenso trabajo psicológico para ser capaz de vivir en paz con el hecho de ser gordo y, sobre todo, con lo que eso supone en una sociedad profunda y a menudo inconscientemente gordófoba.
Cuando todavía siento que estoy en periodo de prueba, la popularización de los fármacos adelgazantes basados en la alteración hormonal del cuerpo –Ozempic y similares– ha descolocado el terreno bajo mis pies. Como si hubiera caído en la trampa de un juego de mesa, me parece haber retrocedido un buen trecho hasta casillas que tenía superadas. Los recientes textos publicados por Irantzu Varela y Ángela Rodríguez Pam, y lo revuelto que me he sentido leyéndolos, me lo dejan claro.
Decidirse a adelgazar mediante estos tratamientos –de los que solo conocemos los efectos a unos pocos años vista– es una decisión que no solo entiendo, sino que se cuela en mi cabeza cada vez más a menudo, a medida que aumenta su presencia en el espacio público y en las confesiones a media voz de amigos y conocidos. La posibilidad de usarlos me persigue como una sombra, tentándome con unos cantos de sirena que me suenan a lo de siempre: ¿no serías más feliz (o feliz a secas) con un cuerpo distinto?
Es cada día más habitual que familiares, amistades o compañeros de trabajo nos saquen el tema a las personas gordas, explicándonos lo bien que le va a Fulanito o a Menganita con los pinchazos. En los medios ya se habla del tema con asiduidad, enumerando de pasada unos efectos secundarios que parecen poca cosa al lado del gran objetivo, de la meta escrita con gigantescas letras de neón: adelgazar.
Tengo la sensación de que, Ozempic en mano, se nos concede al fin lo que la ciencia (al menos la que no pagan farmacéuticas y empresas privadas) lleva tiempo demostrando: que las dietas no funcionan, que perder peso a largo plazo no es una cuestión de esfuerzo ni de convencimiento. Y se nos concede porque ahora sí que sí la solución está clara, es accesible y se inyecta una vez a la semana. ¿Qué más dan los efectos secundarios si perdemos 20 o 30 kilos?
Porque esa es la verdadera pregunta: si no merecen la pena los mareos, los vómitos, el cansancio, la relación alterada con la comida y la emocionalidad anulada con tal de adelgazar. Sobre todo, si los comparamos con los efectos secundarios de estar gordo, tan sobreexplicados en consultas médicas y en la intimidad de los hogares con lágrimas en los ojos. La diabetes, el ahogo al subir las escaleras, la hipertensión, el dolor en las rodillas, el colesterol y, por supuesto, el infarto. Ese infarto que nos espera tarde o temprano, ese infarto que nos estamos buscado.
Y efectivamente, creo que estos fármacos pueden hacer desaparecer ciertas consecuencias que un cuerpo no leído como gordo jamás provoca. Pero no me refiero a dolencias y capacidades físicas –hay personas delgadas que sufrirán accidentes cardiovasculares y personas gordas que corren maratones–, sino a los otros efectos secundarios. Los que se nutren de las palabras que nos dicen médicos, familia, amigos, conocidos y desconocidos, los que se alimentan de esas mismas palabras repetidas por nuestra voz interna, que acabamos confundiendo con nosotros mismos.
Vales menos que los demás. Das mala imagen. Nadie te va a querer así. Nadie siente deseo por un cuerpo como el tuyo. Eres un vago, nadie que viva como se debe vivir tendría tu cuerpo. ¿Cómo vas a compensar el hecho de ser así? Estás enfermo y el responsable eres tú. Si alguien quiere follar contigo es para usarte como el juguete de su fetiche (agradéceselo). Si quisieras, estarías delgado, lo que pasa es que no quieres. Alguien como tú está jugando a la ruleta rusa. Si sigues así vas a morir pronto, y la culpa será tuya.
Yo también viví un momento de aparente liberación de esa voz, cuando adelgacé gracias algo tan poderoso como un medicamento: el odio hacia mi cuerpo. Por eso sé que quienes están ahora adelgazando milagrosamente viven ese instante de euforia que yo viví, en el que te convences de que por fin lo has conseguido, de que ya nunca más serás quien fuiste y que, de hecho, vaya puta mierda ese que fuiste y qué maravilla ser quien eres ahora. La persona que despierta elogios por su transformación y que de quien los demás por fin pueden dejar de preocuparse por su salud.
Si un objetivo tiene este texto, es abrazar a quienes están ahora mismo suspendidos en pleno vuelo, regodeándose en esas sensaciones, porque lo más probable es que venga la caída. No digo que vayan a volver a engordar necesariamente –aunque ya hay estudios que indican que, tras unos años de tratamiento, algunos pacientes están empezando a recuperar peso a pesar de seguir inyectándose–, pero, al menos desde mi experiencia, lo más doloroso no son los kilos apareciendo de nuevo.
Nunca he sido más infeliz que cuando más flaco estaba. Por fin había cumplido el mandato de quitarme decenas y decenas de kilos y mi cuerpo, agotado por el esfuerzo y por el machaque que le imponía, me devolvía una imagen que cualquiera hubiera calificado de delgado, incluso atlético. Años de dieta y gimnasio parecían por fin haber germinado en una tierra en la que no acababan de agarrar. Solo había una persona en el mundo que veía ese cuerpo desagradable, contrahecho e indeseable. Por desgracia, era yo.
Obsesionarme y maltratarme hasta adelgazar de esa manera redujo mi peso, pero no cambió mi percepción de mí mismo. El ejercicio a muerte, crossfit incluido, endureció algunas partes de mi anatomía, pero otras quedaron blandas y colgantes, y yo solo podía fijarme en esas. Los halagos y los ya era hora que mi nueva figura provocaba me dibujaban una sonrisa en la cara, pero también me convencieron de que mi cuerpo anterior era defectuoso y de que engordar era lo peor que me podía pasar.
Por supuesto, engordé. No tuve la suerte de pertenecer a ese 5% de personas que logran mantener el peso después de hacer dieta. Con el primer kilo de más, redoblé obsesión y machaque, estas me dejaron tan destruido que solo pude mitigarlos con comida. Con los primeros cinco kilos recuperados, me odié mucho más que antes por haber logrado tocar el cielo y encontrarme de nuevo en el vacío. Cuando me quise dar cuenta, me maltraté como nunca antes en una dicotomía dieta extrema-atracones-ejercicio a muerte-más atracones que me devolvió a mi figura anterior, pero con el cuerpo como si hubiera atravesado una guerra.
Si incluso a alguien que ha vivido lo anterior el Ozempic le resulta tentador, ¿quién soy para juzgar a quien decida usarlo? Conozco tan bien como esa persona los motivos para hacerlo, y por eso me atrevo a lanzar una advertencia. Toda transformación corporal acusada, aunque sea "a mejor" –es decir, a encajar más en el canon social–, deja huella. A todos los efectos secundarios de estos fármacos hay que sumar el perjuicio psicológico que, me temo, va íntimamente ligado a ellos. Incluso si en estos momentos, adelgazando a toda máquina, la sensación prominente es la de que por fin está ocurriendo el milagro.
Esa voz interior que nos repite lo que el mundo nos ha enseñado que un cuerpo gordo debe pensar de sí mismo no desaparece a golpe de pinchazos. Creo que, bien al contrario, es fácil que brame con fuerzas renovadas. La gordofobia puede ser feroz hacia el cuerpo gordo, pero también desde el cuerpo gordo o desde el cuerpo que ha sido gordo. Y sin trabajar un equilibrio interior sólido, cada inyección puede ser un clavo más en una relación patológica con nosotros mismos.
A mí, aquí y ahora, el dolor de las rodillas y el ahogo al subir las escaleras me compensan, me compensan si la alternativa es volver a descubrir hasta qué punto soy capaz de anular mi voluntad y poner en riesgo mi salud por acercarme a una figura que, simple y llanamente, no es la mía. Si llega el día en que, por convicción interna o por persuasión externa, me lanzo al tratamiento milagroso, espero al menos llevar unas cuantas lecciones aprendidas. Sobre todo una: que el cuerpo de quien hoy escribe, gordo, sano y tranquilo consigo mismo, nunca valió menos. Ni siquiera cuando quien se lo repetía una y otra vez era él mismo.
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