Opinión
Padres deprimidos

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Siempre he creído que hay mucho de irresponsabilidad, de autoindulgencia y de ego en la decisión de convertirse en madre o padre. Que pensemos que estamos preparados para atender, cuidar, educar y proteger a un ser humano dependiente de nosotros, vulnerable y maleable es, si se piensa en frío, una locura. Cinco minutos antes de conocer a mi hija yo estaba inmersa en una burbuja de emoción, expectación y felicidad que no me dejaba pensar, solo sentir, pero esa noche, ya más calmada, en la habitación de aquel hotel en Addis Abeba, mirando a mi hija que dormía profundamente, sentí todo el peso de la responsabilidad que acababa de adquirir. El peso de saber que ese diminuto ser, su felicidad, su bienestar y su futuro reposaban en mis manos. De mi primer año como madre me queda el recuerdo de un montón de experiencias maravillosas, pero también la memoria del vértigo, del miedo, de la ansiedad, de las dudas, del cansancio, del desbordamiento y del estrés que padecí y que me hicieron sentir tan culpable como avergonzada. Tardé en darme cuenta de que eran sentimientos complejos y duros pero también naturales. Y, si bien es verdad que yo me libré de la montaña rusa hormonal que lleva aparejada la maternidad biológica, compensé su ausencia con las dificultades y retos que conlleva una adopción. Y hubo días en los que lo único en lo que podía pensar era en salir por la puerta y no mirar atrás.
Las madres de mi generación, y las de las generaciones anteriores, no solíamos verbalizar ni hacer público nada de esto, pues la sociedad tiende a censurar cualquier despliegue que nos humanice y que, por tanto, desmienta el halo de santidad, devoción y vocación innata con el que hemos dibujado tradicionalmente la imagen de la maternidad. Por eso no hay peor insulto ni peor afrenta para una mujer que la acusación de ser una mala madre, que es aún más estigmatizante incluso que la sospecha que recae en las mujeres que no desean o que han renunciado a la maternidad. Porque, aunque ambas representan la negación de la esencia de lo que nos han querido convencer que constituye “lo femenino”, la mala madre personifica además la “antimujer”, convirtiéndose así en una criatura contranatura que se deja arrastrar por sus necesidades y sus caprichos. En una mujer que abdica de la devoción, los cuidados y la abnegación y que se pone por delante de sus hijos. En una mujer que usurpa el papel tradicional del padre.
Afortunadamente el feminismo -ese que los amigos de los maltratadores dicen que ha llegado demasiado lejos- ha ido abriendo las mentes y los ojos de muchas de nosotras, tomándose además su tiempo para desmontar construcciones ideológicas y sociales que nos empequeñecían y nos limitaban a la vez que nos daba las herramientas con las que transformar nuestras mentes y vidas pero también con las que reforzar la confianza en nosotras mismas para admitir, aceptar y celebrar nuestras imperfecciones. En un mundo en el que se nos exige a las mujeres la perfección en todo, en el que si queremos que se nos tenga en cuenta tenemos que ser y estar siempre bellas, elegantes y delgadas, pero también ser productivas, profesionales y eficientes sin renunciar a ser hogareñas, cariñosas, tiernas y, por encima de todo, buenas y sacrificadas madres, aceptar que se es una madre imperfecta, es tanto una victoria como un alivio.
Pero más allá del valor terapéutico que han tenido las aportaciones y las reflexiones de las pensadoras feministas que han diseccionado, deconstruido y remodelado el concepto de maternidad, contribuyendo así a la mejora de nuestra calidad de vida al ayudarnos a reforzar nuestra autoestima y nuestra salud mental, su importancia se mide especialmente en que la mirada crítica del feminismo hacia la maternidad se ha materializado en las llamadas políticas de conciliación. Unas políticas con las que se busca equilibrar la vida familiar y laboral mediante permisos por nacimiento -compartidos entre ambos progenitores-, reducciones laborales, permisos de lactancia, adaptaciones de las jornadas laborales o excedencias de hasta tres años para el cuidado de los hijos, y que en teoría están pensadas para que se puedan acoger a ellas tanto las madres como los padres. Sin embargo son las mujeres las que de forma abrumadora -nueve de cada diez personas que se acogen a la reducción laboral para conciliar son mujeres- acaban priorizando el cuidado de los hijos a sus intereses, necesidades y ambiciones laborales. Y es que muchas de nosotras nos habremos librado de la maldita culpa cristiana y patriarcal que íbamos arrastrando por no conseguir ser unas madres perfectas, abnegadas y altruistas, pero seguimos cargando sobre nuestras espaldas con el peso de los cuidados.
Y ahora descubrimos que los padres que han entendido que la baja de paternidad está pensada para que se hagan cargo de sus criaturas recién nacidas, y no para entrenar para el Ironman o para ver el Mundial de Fútbol, resulta que se deprimen y se desbordan. Que pelearse con jefes y encargados para que cumplan con la ley, que las horas perdidas en la sala de espera del pediatra, que la falta de sueño, que el cansancio o que el ver cómo el mundo laboral les va dejando atrás les está pasando factura a su salud mental y a su autoestima y exigen que se les preste atención. Parece que al fin han entendido lo que las feministas llevamos más de un siglo denunciando y combatiendo.
Y es por esto que el feminismo es un artefacto tan peligroso, porque ha venido a poner patas arriba lo que nos han hecho creer que constituía la naturaleza y la esencia de ese invento que llamamos “mujer” y, por esa regla de tres, de lo que creíamos también que era ser “hombre”. Pero sobre todo porque ha venido para decirles a los señores que ya va siendo hora de que dejen de hacerse los tontos y que asuman de una vez su parte de responsabilidad. Por dura que esta sea. Porque al final saldremos todos ganando. También ellos.
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