Opinión
Los países del Golfo ante la escalada de impunidad
Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
Los recientes ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán y Líbano han tenido efectos devastadores para sus poblaciones, pero también han sacudido al resto de la región, en particular a los países del Golfo. Potencias como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar, que comparten con Irán el estrecho de Ormuz, acogen desde hace décadas bases militares estadounidenses que hasta ahora se presentaban como salvaguarda de los intereses de estas monarquías. Hoy, ante la impunidad israelí y una administración Trump desatada, estas mismas bases están llevando a los países del Golfo a una situación crítica.
Desde Al-Udeid en Qatar hasta la sede de la Quinta Flota en Bahréin, pasando por instalaciones clave en Kuwait y Emiratos, toda esta red de infraestructuras ha convertido a estos países en objetivo de una guerra que no controlan y que no tienen la capacidad de frenar.
¿De qué hablamos cuando hablamos del Golfo?
El Golfo (Pérsico para Irán, Arábigo para los países árabes) baña ocho Estados. Pero en la práctica, cuando hablamos de las potencias del Golfo nos referimos al Consejo de Cooperación del Golfo, compuesto por Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Omán y Bahréin.
Mientras que el resto de la región (países como Siria, Irak o Yemen) se caracteriza por ser crisoles culturales con una historia milenaria y una identidad religiosa y étnica rica y compleja, los países del Golfo parten de una composición más homogénea y un desarrollo basado en estructuras recientes. Todos estos Estados se construyeron a partir del descubrimiento de los yacimientos de petróleo en la década de 1930 y se han desarrollado de forma acelerada con la subida de los precios del crudo en las últimas décadas. Todos comparten una estructura de rascacielos construidos en el desierto, donde antes vivían beduinos dedicados al pastoreo nómada y a la pesca de perlas.
Ciudades como Dubái, Doha o Riad dependen del uso ininterrumpido de aire acondicionado para soportar temperaturas que en verano superan los cincuenta grados. Su economía la sostiene mano de obra extranjera (en algunos casos hasta el noventa por ciento de la población), que muestra poco apego hacia unos países que perciben únicamente como una vía rápida para ganar dinero.
Todas estas características hacen que estos países sean mucho más frágiles de lo que aparenta la prosperidad económica de los últimos años, como ha demostrado la última escalada militar dirigida por Estados Unidos e Israel. Ante la alerta de misiles iraníes, las infraestructuras del Golfo han quedado completamente expuestas a los ataques. Ante el cierre repentino del espacio aéreo, el pánico fue tal que buena parte de los residentes, sobre todo los expatriados, salieron con tanta prisa que dejaron abandonadas incluso a sus mascotas.
¿Cuál ha sido el posicionamiento de estos países?
“Como si de una coreografía perfectamente ensayada se tratara, casi todos los países afectados sufrieron una amnesia selectiva idéntica, olvidando quién había dado el primer golpe”, señala Letizia Rodríguez, investigadora de la Universidad Georgetown Qatar, en su análisis sobre las reacciones a esta guerra. Arabia Saudí calificó los ataques iraníes de "injustificados y cobardes". Qatar condenó los misiles iraníes como una violación de su soberanía y una escalada peligrosa. Bahrein, Emiratos y Kuwait incidieron en la violación de soberanía, del derecho internacional y en la amenaza a la estabilidad regional. “Todos evitaron cualquier condena explícita o implícita hacia Estados Unidos e Israel, centrándose exclusivamente en la respuesta iraní”, destaca la investigadora.
Pese a los rasgos comunes, los países del Golfo no conforman un bloque totalmente homogéneo. Existe un liderazgo de Arabia Saudí, que marca la pauta a aliados como Bahréin o Emiratos Árabes Unidos, pero hay potencias que históricamente se han desmarcado. Destaca Omán por ejercer una política de neutralidad, actuando como mediador y canal de comunicación en distintos momentos, incluido el inicio de la actual escalada militar. Periodistas omaníes como Turki Al Balushi han informado sobre este papel de mediación, haciéndose eco de las recientes advertencias del ministro de Exteriores del país, Badr bin Hamad Al-Busaidi: "Independientemente de la opinión que se tenga de Irán, esta guerra no es obra suya. Esta situación ya está causando graves problemas económicos y me temo que empeorará significativamente si continúa".
Sin embargo, como subraya el analista Khalid Al-Jaber en Al Jazeera, la neutralidad tiene sus límites cuando el espacio aéreo y marítimo del bloque está tan ligado a los intereses militares estadounidenses.
Además de Omán, quien más se ha desmarcado históricamente ha sido Qatar, que mantiene una agenda propia que le ha permitido albergar la mayor base estadounidense y a la vez dialogar con Hamás o acoger las negociaciones con el régimen talibán de Afganistán. Esta independencia le costó, de hecho, que el eje liderado por Arabia Saudí lo castigase con un fuerte boicot económico y territorial entre 2017 y 2021. Hoy Qatar sufre fuertes presiones por parte de Israel y Estados Unidos, tanto económicas como diplomáticas y mediáticas, con un constante hostigamiento a Al Jazeera, que Israel ve desde hace años como un enemigo a batir.
El resto de países se ha caracterizado por una agenda que sigue, prácticamente al pie de la letra, lo que dicte en cada momento Arabia Saudí. La monarquía saudí, que desde el ascenso al poder de los Ayatolás en 1979 lucha con Irán por la hegemonía de la región, ha visto en esta agresión un modo rápido de neutralizar a su enemigo histórico. Sin embargo, es difícil pensar que el incendio regional no termine volviéndose contra los intereses de estos países.
Como señala el periodista saudí Ahmed Al Omran en Financial Times, los ambiciosos planes económicos y las reformas de la monarquía saudí requieren que la percepción de riesgo no se extienda a los países del Golfo. Una guerra a gran escala amenaza el megaproyecto de diversificación económica que busca Bin Salman. A esto se suma que la estrategia israelí, que pasa por reconfigurar las fronteras actuales y los cauces de suministro, no parte de una visión de los Estados del Golfo como socios, sino como vasallos sometidos a distintos tipos de presión si no se pliegan a sus intereses. Desde los Emiratos Árabes Unidos hasta Bahréin, pasando por Qatar, estos Estados serán herramientas de las que disponer en tanto sean útiles o reporten beneficios económicos.
La traición a Palestina
Históricamente, Palestina fue la causa que aglutinó a estas nuevas potencias junto con las del resto de Oriente Medio o Asia occidental y el Norte de África. La creación de la Liga Árabe en 1945 y la fundación del Estado de Israel en 1948 marcaron las primeras décadas de política exterior de estos países. Durante los años siguientes, las monarquías del Golfo mantuvieron un posicionamiento de apoyo a Palestina que alcanzó su punto álgido con las guerras de 1967 y 1973. El bloque árabe llegó a utilizar el embargo del petróleo como arma contra Israel y sus aliados.
Sin embargo, en los años siguientes, ante el ascenso de Israel y su influencia regional y global, estos Estados fueron abandonando a su suerte a la población palestina. Desde Kuwait, que tras la Guerra del Golfo de 1991 expulsó a cerca de 400.000 palestinos, hasta la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020, la tendencia ha sido hacia la normalización de Israel, rompiendo el pacto histórico entre potencias árabes de no reconocer al Estado israelí hasta que existiera un Estado palestino.
Que estas monarquías hayan abandonado a su suerte a los palestinos no significa que la solidaridad con Palestina haya desaparecido de estos países. Existe, de hecho, una gran brecha entre la población y sus gobiernos en cuanto a esta causa, como demuestra el intento de silenciar las críticas y la represión de la libertad de expresión y de prensa. La detención del periodista Ahmed Shihab Eldin por informar sobre la escalada bélica es una muestra clara de esta deriva.
Desde organizaciones como el Comité para la Protección de los Periodistas o Reporteros sin Fronteras han pedido a las autoridades de Kuwait que liberen a Shihab Eldin y retiren los cargos en su contra, señalando que la detención refleja “un patrón de uso de las leyes de seguridad nacional para reprimir el análisis y controlar el relato”.
Es indudable que la guerra ya está pasando factura al Golfo. El modelo de estos países, basado en el bienestar material, salarios públicos muy altos y ausencia de impuestos, ha servido en estas décadas para contener el descontento social, pero ahora, con la crisis económica que acecha, ese pacto se vuelve difícil de mantener. Más allá de lo vulnerables que son sus infraestructuras, el propio modelo social no está pensado para afrontar situaciones de precariedad ni de riesgo. Es decir, el pacto sobre el que se fundaron estos Estados se vuelve insostenible si el dinero ya no garantiza la seguridad.
Ante este escenario, la respuesta no debería centrarse en aumentar la vigilancia o reprimir las críticas. Sería necesario un nuevo contrato social que permita una participación real de la ciudadanía en las decisiones políticas y promover una estabilidad que no dependa solo del precio del petróleo o de las presiones de potencias extranjeras.
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