Opinión
El seguro más caro del mundo que no cubría esta guerra

Por Leticia Rodríguez García
Doctoranda en Ciencia Politica en la Universidad de Granda e Investigadora Visitante en la Universidad Georgetown Qatar.
El pasado 28 de febrero, Israel y Estados Unidos lanzaron una ataque "preventivo" contra Irán asesinando al líder supremo iraní Alí Khamenei. El golpe llegaba tan solo horas depués de que el ministro de Asuntos Exteriores de Omán dijera que las negociaciones que se estaban llevando a cabo en Ginebra, habían "avanzado sustancialmente" y que Irán había acordado en esas conversaciones que nunca almacenaría uranio enriquecido. Irán no tardó en contestar, atacando con dureza las bases estadounidenses en la región desde Omán hasta Irak. Lo que en un principio pareció un ataque a objetivos militares americanos pronto se convirtió en ataques a infraestructura civil y energética.
Horas después llegaban los comunicados. Y como si de una coreografía perfectamente ensayada se tratara, casi todos los países afectados sufrieron una amnesia selectiva idéntica: olvidaron quién había dado el primer golpe. Qatar condenó los misiles iraníes como una violación de su soberanía y escalada peligrosa, reservándose el derecho a responder conforme al derecho internacional. Arabia Saudí hizo lo propio con los ataques contra Riad y su Provincia Oriental, tildándolos de "injustificados y cobardes". Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait repitieron casi palabra por palabra el mismo guión: violación de soberanía y del derecho internacional, amenaza a la estabilidad regional, y como sus homólgos la reserva del derecho a responder. Todos evitaron cualquier condena explícita o implícita hacia Estados Unidos e Israel, centrándose exclusivamente en la respuesta iraní como si esta hubiera surgido de la nada. Solo Omán dijo lo que todos sabían y nadie quería decir.
La obsesión de los Estados del Golfo de preservar su relación con Washington incluso si ello incluye obviar lo evidente, tiene una lógica: las ocho bases estadounidenses repartidas por los países del Golfo, los contratos millonarios en defensa y la promesa implicita de seguridad en un entorno regional complejo. Sin embargo, esta promesa tiene una letra pequeña que nadie quiso leer o muchos quisieron obviar: mientras Israel esté por medio, los Estados del Golfo pasarán a ser una segunda prioridad. Y en la guerra, ser una segunda prioridad, es una forma de decir que estás solo.
Nos encaminamos a la tercera semana de conflicto y ya son muchas las voces críticas dentro de estos países que hablan de una erosión de la confianza con Washington y piden diversificar o buscar nuevos socios estratégicos. El que fuera uno de los padres de la política exterior de Qatar, Hamad bin Jassim Al Thani, más conocido como HBJ, lanzaba una propuesta en la red social X (anteriormente Twitter): la creación de una alianza militar y de seguridad efectiva, similar a la OTAN. La idea tiene lógica sobre el papel. Si Washington ha demostrado que Israel es su prioridad en la región, lo razonable es construir una defensa mutua que no dependa de los caprichos estratégicos estadounidenses. El problema es que una alianza no se construye con voluntad política ni con los misiles iraníes como un catalizador. Se necesitan dos elementos fundamentales que los paíes del golfo llevan décadas sin tener: confianza real y absoluta entre sus miembros y una relación funcional con Israel que no vea esta posible alianza como una amenaza a su propia existencia.
No es un hecho inédito que Israel siente cierta animadversión por esta relación estratégica entre las monarquías del Golfo y Washington, especialmente entre aquellos que decidieron no adscribrise a los Acuerdos de Abraham de 2020 y particularmente hacia Qatar por sus relaciones con Hamás e Irán. Por eso no es descabellado leer esta guerra como un regalo estratégico para Tel Aviv: mientras los Estados del Golfo absorben el grueso de los ataques iraníes, las relaciones con Estados Unidos se deterioran y dejan al descubierto una realidad incómoda de aceptar. El abandono por parte del ejecutivo americano es tal que países como Reino Unido y Francia han desplegado sus aviones de combate en la región. El ministro de Defensa británico, confirmó que un caza Typhoon de la RAF derribó un dron iraní en Qatar en un ejercicio de patrulla área defensiva. Por su parte, Francia desplegó aviones Rafale en Emiratos Árabes Unidos, con el objetivo de proteger sus bases navales y áreas contra los ataques iraníes, llevando a cabo misiones que garantizen la seguridad de sus instalaciones. Y seamos honestos, este no es precisamente el servicio de protección que las petromonarquías del Golfo esperaban recibir de sus contratos multimillonarios con Estados Unidos. Confrontar la realidad duele cuando acabas entendiendo que compraste el seguro de vida más caro de la historia solo para descubrir que, en el momento del siniestro, la póliza no cubría los incendios.
La estrategia de la ofensiva iraní es evidente: presionar a los países del Golfo a que actúen como un bloque unido ante Washington. Sin embargo, el plan de Teherán parece hacer aguas por todos sus flancos. Resulta ingénuo pensar que, en el escenario actual, las petromonarquías puedan tener el peso y el capital político para frenar a Trump, y en ultima estancia, a Netanyahu. Como si de un efecto búmeran se tratara, la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, del 11 de marzo, ha escenificado un frente común de condena contra los ataques iraníes a sus vecinos. Para desgracia de Irán, el Consejo de Seguridad demostró que, en el Golfo, la memoria es un lujo que nadie se puede permitir si implica señalar a Washington.
Lo que está claro es que tras dos semanas de conflicto, esta guerra ya ha dado una primera victoria: Israel ha fracturado, o al menos dañado seriamente, la relación estrategica entre los Estados del Golfo y Washington. Este mensaje no solo tiene una lectura regional, otro aliados de Estados Unidos deberían estar tomando nota de lo que vale albergar bases estadounidenses, como elemento de disuasión, en su propio territorio si Israel está por medio. Ahora cabe preguntarse ¿era Israel consciente del daño que estaba infligiendo? ¿O es un efecto secundario bienvenido? Con Israel a lo largo de los últimos años hemos aprendido que si algo ocurre dos veces y parece casualidad, probablemente ya no sea azar, sino que hay una causa detrás.
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