Opinión
Paleta en la fiesta de prao (y otros relatos)

Directora de la Fundación PorCausa
-Actualizado a
No daba crédito a lo que estaba viendo. Un escenario enorme, con miles de luces y paneles luminosos, sobre el que cuatro cantantes, dos gogós y una banda de cuatro personas ejecutaban maravillosamente típicos clásicos de verano. Una coreografía infinita que se desarrollaba canción tras canción, todas ellas perfectamente ejecutadas por intérpretes excepcionales.
"Pero eso es genial" -exclamé entre sorbos de sidra. "Pero bueno, si sobre este tema de las orquesta de verano hay hasta documentales" -me dice Jason, mirándome con incredulidad. -"¿En serio? Yo ya estaba pensando en unirme a ellos y hacer un podcast sobre su gira de verano".
Las veía sobre el escenario y me imaginaba la vida de cada una de ellas, cómo habrán llegado hasta allí, qué aspiraciones tendrán. Me acordé de Rosa de España, ¿qué habrá sido de ella? Durante dos horas bailé, salté, canté en esa maravillosa fiesta de prao de Villahormes de la mano de la orquesta Tattoo, bebiendo sidra y flipando en colores, como una verdadera paleta de ciudad que soy.
En España hay unas 400 orquestas de verano, la mayoría de ellas gallegas. Las más grandes son conocidas, tienen cientos de miles de seguidores en Instagram y pueden llegar a cobrar 35.000 euros por actuación, a la par que movilizan a medio centenar de trabajadores. Estos espectáculos son capaces de reunir a mucha más gente que muchos grupos de música convencionales, rozando cifras de macroconcierto o festival de música. La plaza de Valladolid que tiene un aforo para 27.000 personas se llena todos los años. Hablamos de un negocio que se estima genera trabajo estacional para unas 5.000 personas todos los años.
La música y el verano son un maridaje indisociable - pienso mientras escucho por enésima vez la canción de la tostada de Teo Lucadamo que descubrí en el Low Festival este año. Es mi cita anual ineludible con Benidorm y con el pop en ese formato asequible y cómodo que me permiten gozar del calor y de la gente. El Low me recuerda al desaparecido Festival de Benicassim. Durante tres días no pienso en nada, solo disfruto de la playa, de mis amigos y de la música.
"Gracias al desarrollo que permite a la gente viajar y nos has traído a estos genios desde México"- pienso emocionada. "Son buenísimos" -me dice el de delante con una sonrisa que se le sale de la cara. "Sí, son increíbles", respondo todavía sin dar crédito al impresionante concierto que nos están regalando los cinco componentes de Midnight Generation. Tengo ganas de abrazarlos. La música diluye las fronteras y lo llena todo de amor.
A ritmo del Colectivo da Silva me hago una bolita en mi cama y un año más agradezco a la vida que todavía me permita ir a sitios como el Low, que es un festival organizado por una productora española levantina, Baltimore, sin fondos de inversión sucios. Un patrimonio que nuestras políticas culturales deberían preservar. No me voy a cansar de decirlo: esto no es ocio, es terapia, es cultura y es bienestar.
"¿Qué tal van los incendios?," pregunto. "Pues hoy hemos amanecido con todo el cielo cubierto por el humo. El solo es un punto rojo. Entendería que no vinieras", responde Federica. "¿Cómo no voy a ir? Razón de más para hacer el viaje, no os voy a abandonar ahora".
"Hoy amaneció todo despejado, se ve el cielo y hace sol. ¡Qué buenas noticias! Pues tiramos para allá."
El mapa dice que vamos a atravesar varias zonas afectadas por los incendios estivales para llegar al Bierzo, que está en sí mismo en llamas. Acabo de llegar del este de Asturias, donde el cielo estaba opaco y el coche amaneció dos días lleno de ceniza. Parece temerario. Sin embargo, Federica nos está diciendo que allí todo está bien. Las noticias son apocalípticas, pero el miedo es un sentimiento inaceptable que anula las vidas y las ilusiones, y no podemos dejar que nos invada: hay que vivir.
Desde Madrid a Balboa hacemos el camino por la A6 rodeados de humo. Paramos al lado del lago de Sanabria, donde hablamos con unos operarios que nos explican su frustración porque su trabajo parece no servir para nada. Durante días hacen cortafuegos que son superados en un instante por las llamas. Cuando les decimos que tiramos para el Bierzo, nos aconsejan que no vayamos.
Pasado Ponferrada se abre el horizonte y el humo desaparece. or primera vez en cuatro horas y vemos el azul el cielo. Durante cuatro días vivimos refugiados en un pequeño pueblo donde el aire sigue siendo puro aunque está rodeado de fuegos. Balboa tiene apenas 50 habitantes permanentes pero, como tantos pueblos de la zona, su población estival se multiplica por diez en verano. Es además un destino turístico gracias a sus preciosas casas y pallozas, su playa fluvial, su museo de la Casa de las Xentes y su castillo medieval. A todo esto se suma una energía especial que le viene del bosque y de la gente que es de allí, una especie de áurea indescriptible que hace que algunas personas que llegaron un día de visita quieran ahora formar parte de este enclave con sabor a realismo mágico.
Federica Romeo es una de esas personas. Esta periodista de origen italiano creó hace casi dos décadas años una organización llamada Kalabuku en Senegal, donde lleva viviendo todo ese tiempo. Desde hace unos meses, con el beneplácito del pueblo, Federica gestiona la actividad cultural estival de la Casa de Xentes, hermanando este espacio con Casamanza. Así se une a una agenda cultural insospechada para un pueblo tan pequeño que incluye varios festivales de música al año entre los que destacan el Reggaeboa en julio y el Repica Balboa en septiembre. Llegamos nosotras de esta guisa a presentar el libro de Activistas del amor a un sitio que, como comentó Lorena, sobrevive gracias a la comunidad y al amor.
Durante todo el tiempo que estuvimos ahí aprendimos muchísimo sobre fuegos y sobre el medio rural. Yo no sabía que el fuego se puede parar con fuego. Ni que muchos de los pueblos afectados por los incendios se han salvado porque las gentes que los habitaban se negaron a desalojarlos y pararon las llamas. Gentes que llevan años proponiendo sistemas de bajo coste y gran impacto que probablemente habrían permitido evitar la magnitud desorbitada que han tenido. Porque, como afirman quienes viven ahí, que conocen su tierra y sus bosques, siempre hubo fuego y siempre lo habrá. Me quedó muy claro que hay que apoyar a quienes custodian con amor y con ética los espacios rurales, hay que darles los medios para que puedan ejercer dicha función de forma sostenible. También tengo otra certeza: como sucede con la mayoría de las barbaries y desastres que tienen lugar en los últimos tiempos, todo esto sucede de esta forma porque alguien se está enriqueciendo a costa del sufrimiento de otras personas. Necesitamos políticas y líderes que reconozcan el valor de lo pequeño y la valentía de sitios como Balboa.
Llena de amor abandono Balboa y me voy a Portugal. Atravieso toda la zona cero de Ourense. Kilómetros de tierras negras, algunas todavía humeantes. Se me cierra la garganta cuando paso por pueblos que han sobrevivido a las llamas de forma milagrosa. ¡Cuánta vida han consumido las llamas! ¡Cuánta gente buena ha perdido todo! ¡Cuántos esfuerzos han sido necesarios para reparar un abandono injustificable de una tierra que tiene el derecho de ser cuidada y querida y a la que le debemos respeto y cariño!
Durante estas semanas he intentado protegerme de las redes y las noticias apocalípticas. Necesitaba sanarme y descansar para retomar el curso con fuerza y optimismo. La música y el amor me han acompañado todo el tiempo. Acabo el verano con la certeza de que somos muchas más las personas queremos un modelo socioeconómico que priorice el bienestar colectivo. Tenemos que enfrentarnos unidas a esas pocas personas que defienden intereses individuales. Empiezo un nuevo curso llena de fuerza dispuesta a hablar de todo lo que sea necesario para generar esperanza, respuesta, activismo y amor. Vamos a por septiembre. Tiembla, mundo.
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