Opinión
El pantano de San Juan

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
Los periodistas y los escritores, que siempre andamos al acecho, husmeando por las aceras, por las terrazas de los bares, en los adormilados vagones del metro, al encuentro con una historia, sabemos por experiencia que ésta te asalta cuando menos te lo esperas. A la vuelta de cualquier esquina. Sin cita previa.
La mía de hoy, me estaba esperando en un muro pintado de negro, en forma de afiche pegado con cinta adhesiva amarilla. Esa cinta que suelen utilizar los pintores de brocha gorda. Por lo que intuyo que el cartelito, fotocopiado un centenar de veces, estará pegado en todas las farolas y paredes desportilladas del barrio. Son las nueve de la tarde o de la noche, según prefieras, de este mes de julio de fuego. La única hora a partir de la cual puedes salir a la calle sin derretirte. Ese fuego apocalíptico que exhala el asfalto, el cemento, los bloques de hormigón sin un solo árbol. Porque los arrancaron todos. Sin un solo pájaro. Porque se inmolaron. Con el cielo todavía ardiendo con una luminiscencia rojiza, como si fuera el infierno.
Camino sonámbulo, narcotizado por el calor, y me paro delante del cartel: "EXCURSIÓN. CON BAÑO INCLUIDO. Pantano de San Juan." Debajo, una foto de una playa fluvial con el monte de pinos y encinas al fondo: los bañistas, las colchonetas hinchables, las tumbonas, las sombrillas. Y ya en letra pequeña, el teléfono de contacto, el precio (20 euros adultos, 10 niños), el lugar y hora de salida. Si pegara el oído al papel, podría escuchar el cri, cri, cri de las cigarras, en la siesta de jara y retama. Igual que el olor amaderado de la resina, concentrado en su gotita de miel y ámbar.
Un cartel que, salvo por el precio, bien podría haber sobrevivido en ese muro medio siglo de manera inalterable. Quizás lo único que permanecería intacto durante tanto tiempo, cuando los restos, los saldos de aquella época han desaparecido, se han quedado viejos o duermen en los cementerios. "Nosotros, los de entonces", que diría Pablo Neruda, "ya no somos los mismos". Nada es ya lo mismo. Todo ha cambiado irreversiblemente, de manera tan abrupta, casi angustiosa y desquiciante, que me quedo ensimismado mirando esa foto, resonando en mi memoria las palabras arcanas que creía ya desaparecidas: excursión, pantano, baño incluido. Nostalgia.
Palabras que me transportan a mi infancia: ¿Hay algo más hermoso para un niño que llevarte con los compañeros de excursión en un autobús? ¿O que tus padres decidan que mañana os vais a pasar el día al río? La felicidad infantil viaja en un Seat 600. Con los padres y los seis hijos dentro cantando canciones todos juntos y, cuando acaban el repertorio, dejando el turno al radiocasete con un tal Peret y su lágrima cayó en la arena, Las Grecas que me están amando locamente y, al regreso, derrotadas todas nuestras fuerzas, Joan Manuel Serrat arrullándonos como en una nana de Palabras de amor y Tu nombre me sabe a yerba. Serrat, el héroe que se negó a cantar en Eurovisión el La, la, la que ganara Massiel, por no dejarle cantarla en catalán, enfrentándose valientemente a Franco y su censura.
Felicidad son unas gafas de bucear. Con suerte de cumpleaños o de primera comunión, un tubo y unas aletas. Que tu madre te enseñe a nadar sosteniéndote con sus suaves manos por la barriga. Que tu padre te lleve en su espalda como si fuera una canoa. Felicidad es una redecilla y un cubito para pescar peces y renacuajos. La tortilla de patatas de la merendera metálica, los filetes rusos y las croquetas, sobre un mantel de cuadros azules en la orilla. Sestear en la hierba, verde como las ovas del agua, esperando las tres horas de la digestión, jugando a las cartas, al Veo veo o al Escondite inglés, apoyada tu cabeza en el tronco de un viejo fresno que huele a humedad y a tierra. Felicidad, para el único gasto que hacían además de la gasolina, era tomarte una Mirinda de naranja, compartida a sorbos con el hermano que te seguía en edad, igual que el triángulo de “helado al corte” de postre, comprados en el chiringuito del río. Felicidad es que tus padres digan que ya podemos bañarnos, chapotear durante horas y hacernos ahogadillas sin descanso.
Justo cuando estoy haciendo una foto al cartel, pensando ya en escribir esta historia para ustedes, aparece una señora joven, morena, muy desenvuelta, con dos niños, el Christian y el Jonathan, que me suelta: – ¿Se va a apuntar usted a la excursión al pantano? Nosotros ya nos hemos apuntado y hemos hecho un bizum con la mitad del pago. Los tres, porque mi marido, que está siempre como cansao, dice que él no puede venir porque tiene que ver el fútbol. La final es el domingo, pero, según él, el sábado tiene que estar ya concentrado. ¡Ni que fuera Messi! ¡Ay, los hombres!
Yo miento y le contesto que sí. Que precisamente estaba haciendo la foto para eso, para llamar al teléfono e inscribirme antes de que se acaben las plazas. Miento por no aguar su entusiasmo y el de los chicos. No voy a ser irrespetuoso, diciéndoles que mi idea es marcharme a Cádiz, a la Costa Brava, a Fisterra o a recorrer los Dolomitas. Y miento porque quiero que me vean como un compañero de viaje, sentado a su lado en ese autobús que el próximo sábado nos llevará al pantano.
Entonces ella extiende la mano: – Pues si vamos a ser compañeros de aventuras, me presento: soy Amalia y estos son mis hijos, Jonathan y Christian. Parecen mellizos, pero no lo son. Uno tiene siete y el otro ocho. Se llevan justo doce meses. Mi marido, que es un listo y un sabihondo, diciéndome: "No te preocupes, Amalita, que mientras estás dando el pecho no te quedas embarazada".
Le cuento que, de pequeño, en otra vida ya extinguida, yo iba a ese pantano con mi familia; que me trae muy buenos recuerdos y que el cartel me ha sorprendido mucho, pues pensé que ese mundo había desaparecido hacía medio siglo. Y, sin embargo, ahí está. Todo idéntico, igual, como si no hubiera pasado el tiempo. – ¡Es como un milagro, volver de pronto a mi infancia! –, digo, mientras ella me corrige: – Bueno, bueno, tampoco hay que idealizarlo. Nosotros, es lo que tenemos. No nos queda otra. Es el regalo de verano, el único capricho que nos damos, irnos de excursión al río por 40 euros. Comida y bebida cero. Todo en la bolsa nevera. Bien fresquito. Los únicos extras: unos polos y el alquiler de la barca de pedales. 15 euros la hora. Y vas que chutas. Pero lo que verdaderamente nos gustaría, si pudiéramos, es ir a la playa. Estos no conocen el mar, fíjese usted. Aunque fuera una semana a un hotelito donde te hacen la cama. O a un apartamento, por chico que sea, pero que se vea el mar desde la ventana. El mar, las olas y las gaviotas.
Según habla, pienso en esos seis millones de trabajadores españoles (20%) que no pueden salir de su casa en vacaciones. Sus casas como hornos del incandescente estío. Pisos como colmenas, sin aire acondicionado, a las que el sol ha prendido fuego. La cera interior ardiendo. Las persianas bajadas, las cortinas echadas, buscando el frescor del suelo. La familia completa frente al ventilador y la tele, los niños horas y horas con la PlayStation. Ese ventilador que no enfría, pero remueve el aire, como si fuera una engañosa brisa marina. – ¡Bebe, Jona; bebe, Christian, que os vais a deshidratar! –. Un 35% de españoles que no pueden permitirse el lujo de irse de vacaciones una semana al año. Amalia, sus dos hijos y su marido, que está siempre como cansado. Los nuevos esclavos.
– Pero ¿cómo vamos a ir a la playa si casi no nos llega para comer? Y eso que tenemos trabajo. Mi marido, encargado en el Ahorra Más, con 1.450 euros, pero que se quedan en 1.250. Yo, limpiando casas y cuidando por horas a una abuela, añado otros 600. Más atender el hogar y criar a estos, que parece que no cuenta. Pero, quítale el alquiler, que son 800, más agua, luz, teléfonos, el seguro del coche y el de los muertos… y nos quedan 900 euros. Para comer, vestir, libros, cuadernos y las deportivas de los niños. Yo soy muy deslenguá y no me importa decírselo, pero, porque no les falte de comer al Christian y al Jona, mi marido y yo, la mitad de las noches, cenamos una latilla. Es lo que hay. La comida es un disparate. Desde el Covid, han subido los precios descaradamente, sin control, para que se forren unos cuantos. Los ladrones de guante blanco. La vivienda ni le digo. Pero, sobre todo, no nos engañemos, el problema son los sueldos. Matarte a trabajar y a trabajar y ganar un salario de miseria. ¿Cómo es posible que trabajemos los dos y seamos pobres?
Entonces le explico, con un didactismo de datos y cifras bastante repelente, todas las mejoras reales conseguidas en los últimos años. Muchas y de muy diversa índole. Pero la realidad es bastante terca, tozuda, y, en vez de mejoras, ciertas y reconocibles, plausibles, lo que habría que haber hecho es una revolución de verdad poniendo este país patas arriba. – Haciendo malabares, mire usted – añade Amalia sin dejarme hablar –, para no quedarnos sin blanca. En agosto me llevo a los niños a Extremadura, al pueblo de mis padres. Las Casas de don Pedro, que se ha hecho famoso por ser el pueblo de los Sanguijuelas del Guadiana. Los dejo por obligación, asalvajados, pues ese mes me quedo aquí de interna, cuidando a un abuelo, para sustituir a la chica fija. Sin descanso, veinticuatro horas, sábados y domingos incluidos. Esas son mis vacaciones. Limpiar el culo a un viejo y darle de comer potitos. No me dan de alta, pero me pagan 1.200 euros.
¿Qué está pasando en España – me pregunto, mientras ella habla y mueve las manos en el aire irrespirable abanicándose la cara –, la economía que más crece de Europa, para que un 35% de su población se hinche a comer barras de pan y latas de sardinas? ¿Quién se lo está llevando crudo, aprovechándose de todos los esfuerzos colectivos, mientras este tercio de su gente vive en la miseria? Escondida, camuflada, invisibilizada, pero miseria. ¿No será que la abundancia y los excesos de unos, son a costa de las carencias de estos otros? La política real en España está en las neveras. Si están vacías, no les hables de lo bien que va la economía. Es obsceno. Ni te preguntes por qué es tan fácil convencerlos y manipularlos para que voten a la extrema derecha. En las neveras y en las bocas: – Dos piezas me faltan en esta bocaza, mire, y me moriré sin poder ponérmelas. ¿Dentista? Lentejas, lentejas y más lentejas. Macarrones, macarrones y más macarrones. ¡Puffff! Con 30 euros al día, vivimos cuatro personas.
La combinación explosiva de la pobreza, la pólvora de la injusticia: vivienda y comida caras, con salarios de mierda. – Ya le digo, esto no es vida. Pero se acabaron las penas. No van a amargarnos: ¡Mejor nos vemos el sábado en el pantano!


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