Opinión
El papa en Madrid: un mensaje contra la "prioridad nacional"

Por Mercedes Vidal Lago
Co-coordinadora general de Esquerra Unida i Alternativa
El paso del Papa León XIV por Madrid estos días ha generado muchos titulares y no pocos debates. Hay algunos que no puedo compartir: sus palabras en el Congreso de los Diputados atacando los derechos de las mujeres y apostando por la familia tradicional merecen una crítica clara y sin ambigüedades. Tampoco puedo pasar por alto la millonaria inversión de dinero público que ha supuesto esta visita, difícilmente justificable cuando los servicios públicos están bajo mínimos, ni el hecho mismo de que el jefe de un Estado religioso dé un discurso ante la cámara legislativa de un estado que se dice aconfesional. Pero a pesar de todo esto, y precisamente porque creo que hay que leer la realidad en toda su complejidad, hay elementos del discurso del Papa que no podemos ignorar, especialmente en el contexto político actual. Porque León XIV ha dejado, con gestos y palabras, un mensaje claro por la acogida de las personas migrantes, y también contra el rearme y la guerra. Y en el Congreso, quizás sin que todo el mundo lo haya entendido, se ha pronunciado contra la "prioridad nacional" que predica Vox y que el PP compra cada vez más acríticamente.
La derecha española y la extrema derecha se han servido históricamente del catolicismo más conservador para legitimar sus políticas regresivas. El nacionalcatolicismo franquista no es un accidente de la historia, es una tradición que sigue operando, de formas diversas, en buena parte de la derecha de este país. Por eso tiene tanta importancia política que el papa de Roma sitúe referentes católicos que contradigan de raíz las bases ideológicas de la ultraderecha. De la misma manera que el papa Wojtyla jugó un papel político de primer orden, al lado de Thatcher y Reagan, en la hegemonía conservadora de los años ochenta, la derecha eclesiástica y la ultraderecha de hoy quería que el nuevo papa jugara un papel similar: ser el aliado espiritual de la contrarrevolución conservadora actual. No lo han conseguido. León XIV ha optado por un camino con cierta continuidad con el papa Francisco, y eso tiene consecuencias políticas muy concretas.
Y es exactamente lo que ha demostrado cuando ha reivindicado en el Congreso de los Diputados la Escuela de Salamanca y la figura de Francisco de Vitoria, pensador y teólogo dominico. Lo ha hecho muy conscientemente en la sede donde se elabora el derecho. No es un detalle menor. La Escuela de Salamanca del siglo XV fue la cuna del concepto moderno de derechos humanos. De aquella tradición surgió Fray Bartolomé de las Casas, misionero, padre de la Teología de la Liberación y defensor activo de los pueblos indígenas frente a los abusos de los conquistadores. Vitoria, de la misma escuela, pero como filósofo y jurista, elaboró teorías del derecho universal que reconocían la dignidad de todos los seres humanos, en un momento en que eso era, literalmente, revolucionario. La Escuela de Salamanca acabó siendo la base del derecho internacional moderno.
No es casualidad que el Papa conozca bien esta tradición eclesiástica. León XIV ha ejercido su ministerio durante décadas en Perú, y sabe perfectamente lo que costó defenderla. La derecha latinoamericana, con la complicidad de la CIA, combatió a sangre y fuego la Iglesia de los pobres y la Teología de la Liberación: incluso con el asesinato de religiosos, como el célebre Monseñor Romero en El Salvador, y también con la introducción masiva de sectas evangélicas ultraconservadoras, para desplazar a una Iglesia que se había puesto del lado de los oprimidos. Quien quiera entender de dónde viene la religiosidad que proclaman figuras como Bolsonaro o Milei que mire esta historia.
Hacer estas referencias en el contexto actual, cuando algunos quieren convertir en ley el concepto de "prioridad nacional" —no precisamente, claro, para expulsar a los fondos buitre extranjeros, sino para jerarquizar los derechos humanos en función de la procedencia— es tomar posición. Y el papa lo hizo también de manera mucho más directa: dejó bien claro que quien está en Madrid es de Madrid, un ataque frontal a esta lógica racista y xenófoba. Declaraciones, por otra parte, absolutamente normales de humanidad, solidaridad y amor al prójimo, pero que en el momento actual, a algunos les parecen un escándalo. Eso dice mucho de hasta dónde han corrido los límites del discurso público.
El cristianismo de base, aquel que nace de las comunidades, del trabajo con los más desfavorecidos, de la opción por los pobres, es nítidamente progresista. Siempre lo ha sido, aunque la estructura eclesiástica lo haya intentado ocultar o neutralizar en demasiadas ocasiones. Y un cristianismo que se toma en serio el Evangelio no puede sino combatir estas posturas fascistas. Porque el fascismo es la negación de la dignidad humana, y la dignidad humana es un pilar central del cristianismo, que reivindica que todos somos, por igual, hijos e hijas de Dios. En la batalla cultural contra la deshumanización y la banalización del mal que quiere imponer la extrema derecha, la Iglesia, a pesar de todas sus contradicciones, será un actor de primer orden. Y eso, en el momento que vivimos, no es poca cosa.

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