Opinión
¿Quién parasita a quién en la era de la inteligencia artificial?

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
SamAAltman, director ejecutivo de OpenAI, calificó de ‘fake’ las preocupaciones sobre el consumo de agua de la inteligencia artificial y respondió que los humanos también utilizan energía para realizar tareas. La frase pasó rápido por los titulares. Quizás demasiado rápido. Y merece la pena detenerse en ella. No porque pretende cerrar el debate ecológico o sea una tontería más de la boca de un techno bro, sino porque revela un desplazamiento más profundo.
Comparar el gasto energético de un sistema de inteligencia artificial con el de un ser humano es una equivalencia. Una que coloca a la persona y a la máquina bajo la misma métrica: eficiencia energética por unidad de resultado. Pensar, escribir, traducir o analizar pasan a evaluarse bajo el mismo criterio que una infraestructura tecnológica.
Ahí se produce el verdadero giro. La discusión deja de centrarse en litros de agua o kilovatios y empieza a rozar una cuestión más incómoda: bajo qué parámetros se mide el valor.
La métrica que redefine qué vidas cuentan
El capitalismo nunca ha sido neutral en esa medición. Desde sus orígenes, ha producido jerarquías sobre qué vidas eran explotables, cuáles eran invisibles y cuáles podían sacrificarse sin que el sistema se resintiera. El colonialismo, la esclavitud y la industrialización periférica no fueron desviaciones accidentales. Fueron engranajes centrales de acumulación.
La riqueza del centro se sostuvo sobre cuerpos y territorios considerados intercambiables. Esa lógica no desapareció sino que se transformó.
El capitalismo industrial necesitó mano de obra masiva. Más tarde, el capitalismo de plataformas necesitó usuarios y datos. Cada interacción digital se convirtió en insumo económico. La extracción se sofisticó, pero siguió operando sobre jerarquías.
La expansión actual de la inteligencia artificial introduce un nuevo desplazamiento. Si parte del trabajo cualificado puede automatizarse, el sistema ya no depende en la misma medida de todas las personas como productoras directas de valor. Depende de infraestructuras, energía, datos y propiedad concentrada.
El trabajo humano no desaparece. Se reorganiza. Pero la centralidad cambia. Y cuando la eficiencia se convierte en referencia dominante, la frontera entre lo indispensable y lo prescindible se mueve.
Es importante tener en cuenta en todo momento que la lógica de prescindibilidad no es nueva. Millones han sido tratados históricamente como funcionales mientras producían valor y como descartables cuando dejaban de hacerlo. Lo que se transforma ahora es el perímetro. Sectores que durante décadas se sintieron protegidos por su formación o posición social comienzan a experimentar que el criterio puede desplazarse.
No estamos ante la desaparición del trabajo humano. Estamos ante la redefinición de qué trabajo cuenta y bajo qué condiciones. Cuando el rendimiento técnico se convierte en medida implícita del valor, la pregunta deja de ser quién es trabajador o ciudadano y pasa a ser quién resulta rentable.
Energía, extracción y geografía del poder
La materialidad de la inteligencia artificial desmiente cualquier fantasía de inmaterialidad. Los centros de datos requieren suelo, electricidad, sistemas de refrigeración, minerales estratégicos y cadenas globales de suministro. El consumo energético de las infraestructuras digitales ya representa una parte significativa de la demanda eléctrica mundial y las previsiones apuntan a un crecimiento sostenido a medida que se expanden los modelos generativos.
El agua utilizada para refrigerar servidores es un recurso concreto que impacta en territorios específicos, a menudo en regiones sometidas a estrés hídrico. Las infraestructuras digitales no flotan en la nube. Se instalan en lugares determinados, negocian ventajas fiscales, compiten por recursos locales y transforman economías regionales.
La infraestructura que sostiene la inteligencia artificial descansa además sobre minerales como el cobalto, el litio o las tierras raras. Una parte sustancial del cobalto mundial procede de la República Democrática del Congo, donde la extracción ha estado vinculada durante décadas a economías de guerra, explotación laboral y violencia estructural, y evidencia de genocidio. Las cadenas de suministro que permiten el funcionamiento de servidores y dispositivos inteligentes atraviesan territorios marcados por conflictos y desigualdades extremas.
La inteligencia artificial también necesita datos masivos. Esos datos no aparecen de forma espontánea. Se producen socialmente. Provienen de millones de personas que generan lenguaje, imágenes y conocimiento cotidiano. Además, requieren trabajo humano constante: etiquetadores de datos, moderadores de contenido, entrenadores de modelos, con frecuencia subcontratados en países del sur global en condiciones precarias.
La automatización no elimina el trabajo. Lo redistribuye y lo invisibiliza. Mientras los sistemas se presentan como autónomos, detrás operan redes globales de trabajadores que clasifican imágenes, corrigen respuestas y absorben impactos psicológicos asociados a la moderación de contenidos extremos.
Esta dimensión laboral se entrelaza con la crisis climática. Las regiones que suministran minerales críticos o que albergan infraestructuras energéticamente intensivas son también las más vulnerables a sequías, olas de calor y desplazamientos forzados. La expansión tecnológica se superpone a una geografía histórica de desigualdad.
Los costes ambientales y sociales tienden a externalizarse hacia territorios considerados periféricos. La inteligencia artificial no rompe con esa lógica. Se inserta en ella y la intensifica.
La inversión de la acusación
Cada gran innovación tecnológica ha venido acompañada de un lenguaje que distingue entre quienes aportan y quienes supuestamente cargan sobre el sistema. En distintos momentos históricos se ha señalado como parásitos a quienes no encajaban en la lógica productiva dominante: personas desempleadas, migrantes, poblaciones racializadas, quienes dependían de ayudas públicas.
En una economía donde modelos entrenados con conocimiento socialmente generado se privatizan y concentran, conviene invertir la pregunta. Cuando la riqueza se acumula en la propiedad de infraestructuras automatizadas que extraen valor de datos producidos colectivamente, ¿quién depende realmente de quién?
La comparación entre humanos y máquinas no es inocente. Si aceptamos que el valor de una vida pueda evaluarse bajo la misma lógica que una infraestructura, el debate deja de ser técnico. Se convierte en una discusión sobre continuidad histórica.
La inteligencia artificial no inaugura una ruptura absoluta. Se inscribe en una larga secuencia de innovaciones que reordenan el trabajo, redistribuyen el poder y redefinen qué vidas resultan centrales y cuáles pueden desplazarse al margen.
La tecnología avanza. La cuestión es si las jerarquías que reproduce también lo hacen.
Cuando se trivializa el consumo material de la inteligencia artificial y se equipara a las personas con algoritmos bajo la misma métrica de eficiencia, no solo se responde a una crítica ambiental. Se normaliza una forma de pensar en la que el valor humano queda subordinado al cálculo productivo.
La pregunta no es si la inteligencia artificial consume energía como nosotros. La pregunta es qué ocurre cuando empezamos a medirnos como si fuéramos parte de la misma contabilidad.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.