Opinión
No parece española

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
La primera vez que fui al cine tenía tres años, así que recuerdo poco más que a la bestia recuperando su cuerpo de hombre entre el eclipse que componían los asientos delanteros. No sé si fue la segunda vez, no sé cuántos años tenía, pero la transmutación final de Casper en un niño de carne y hueso ya la vi a pantalla completa, sin tener que imaginarme la mitad. En ambas historias se obraba la magia de la transformación, aunque era un cambio que nos revelaba que aquello que buscábamos había estado ahí desde el principio.
Mi familia y yo íbamos poco al cine, porque estaba lejos y porque el campo otorga descansos exiguos, así que cada película que veía en pantalla grande la absorbía con fruición. El milagro de aquellas imágenes enormes me atravesaba, y entendí que si algo aparecía a ese tamaño tenía que ser mucho mejor que las cosas tangibles que me rodeaban. Por eso mi cerebro cortocircuitó cuando fuimos a ver Manolito Gafotas.
Como fan de los libros de Elvira Lindo, la adaptación firmada por Miguel Albaladejo en 1999 era todo un acontecimiento. Yo conectaba con el personaje hasta tal punto que me sorprendió que no me ofrecieran interpretarlo –también era regordete, también llevaba gafas–, pero perdoné el flagrante error de casting en cuanto los planos de Carabanchel (Alto) comenzaron a desfilar ante mis ojos. Aunque esta vez ocurría algo que me costó entender: lo que veía en la gran pantalla se parecía mucho a lo que tenía a mi alrededor. Se me presentaba a lo grande pero era de la misma escala, del mismo tamaño.
Si hubo una transformación en esa película, fue la que se produjo dentro de mí cuando me topé con que el cine no necesitaba venir de otro lugar ni contar cosas que jamás me podrían suceder a mí. Lo que sentía leyendo los libros de Manolito cobró una nueva dimensión, y fui consciente de que cuando el arte se construye a partir de materiales del día a día puede tener incluso más fuerza que el más imposible de los artificios.
Este fin de semana los Premios Goya han celebrado su 40 edición, lo cual los convierte en una cita un poco mayor que yo, pero de la misma generación. Como hemos crecido a la par, soy capaz de recordar aquellos tiempos en los que una gran parte del público observaba con desafección el cine español, creyéndolo muy por debajo de su homólogo estadounidense, incapaz de imitarlo. Estoy convencido de que aquello coincidía con esa edad difícil de la relación de España con su cine, hoy superada.
La calidad y diversidad de películas que se premian cada año –en los Goya, pero también en festivales medianos y pequeños por todo el país, verdadero vivero de nuestra cultura cinematográfica– hace tiempo que desterraron aquella frase que nos hartamos de oír, y que aseguraba que cuando una película hecha aquí era buena, no parecía española.
Llevo cada vez peor esa especie de complejo cultural que mucha gente siente cuando se expone a obras que le hablan de sus cosas, con palabras que ellos mismos usan. Tengo la sensación de que parte del público se ha quedado instalado en lo que a mí me parecía entender viendo Casper o las películas de Disney: que esas cosas tan bonitas solo podían pasar en otros lugares. En lugares lejanos; en lugares mejores.
Valorar y defender nuestro cine debería resultarnos tan fácil como valorar y defender nuestra gastronomía, pero bien sabemos que no es así. Buena parte de esos que se pasan el día envueltos en la rojigualda siguen despreciando la industria que pone imagen y sonido a lo que anhelamos, a lo que soñamos, a lo que nos hace reír y nos emociona. Quizás por eso no acaban de entender España: gritar vivas a la patria durante un año entero no te enseña lo que es este país tanto como ver una sola película de Carla Simón, de León de Aranoa o de Icíar Bollaín.
A mí fue Manolito Gafotas quien me abrió esa puerta que de tan a mano como la tenemos pasa tanta veces desapercibida. Ojalá los de no parece española encuentren la suya. Van a alucinar cuando vean Muerte de un ciclista, o La flor de mi secreto, o Viridiana, o Función de noche, o El verdugo, o Amanece que no es poco, o Calle Mayor, o Jamón jamón, o El mundo sigue, o Cinco lobitos, o La buena estrella, o 20.000 especies de abejas, o Torremolinos 73, o La comunidad, o Maspalomas…
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