Opinión
No todo pasó en Hendaya
Por Mireia Capdevila i Candell
Historiadora
-Actualizado a
Tal día como hoy, pero del año 1940, se celebró el encuentro del Führer Adolf Hitler con el general Francisco Franco en la estación ferroviaria de Hendaya. Dentro de un vagón de tren, en el lado francés de la frontera con España, acompañados de sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores (el del Reich, Joachim von Ribbentrop y el de España, Ramon Serrano Súñer) y haciendo gala de la impuntualidad española, la entrevista de los dos líderes se convirtió en un episodio clave de la diplomacia europea aquel otoño de 1940. Pero las voluntades y los objetivos de uno y otro no eran muy similares.
La Alemania nazi vivía un momento dulce en sus aspiraciones expansionistas para crear la nueva Europa germánica o, lo que era lo mismo, la Europa nazi. Había derrotado a Francia y el control sobre buena parte del continente parecía definitivo; la Italia de Mussolini acababa de entrar en guerra, por fin, y el Eje ya estaba en marcha; los blitz sobre Gran Bretaña aminoraban las fuerzas del único enemigo europeo que resistía. Todo hacía pensar que la Alemania nazi acabaría devorando el mundo. Por su parte, la España franquista salía de una larga guerra civil que había dejado el país económicamente exhausto, las infraestructuras destruidas y la población con cartillas de racionamiento. El punto de partido de uno y otro no era el mismo.
Las conclusiones de aquel encuentro, lo que se habló y lo que se evitó, lo que se pactó y lo que ni se insinuó, las lecturas posteriores que hizo uno y otro líder, etc., todo o prácticamente todo ya se ha escrito y debatido estos años. Se cuentan por centenares los libros, artículos o comentarios dedicados al tema. En definitiva, una entrevista que provocó ríos de tinta y decenas de interpretaciones.
Pero el 23 de octubre de 1940 no todo pasó en Hendaya. Aquel mismo día, mientras Adolf Hitler esperaba que el general Franco llegara, el Reichsführer Heinrich Himmler se paseaba a sus anchas por Barcelona. El Jefe de las SS y de la RSHA (Oficina Central de Seguridad del Reich) aterrizó en la capital catalana y vivió una jornada de lujo por las calles de la ciudad.
Esta visita de altísimo nivel diplomático y político fue la última parada del viaje oficial que el Reichsführer Heinrich Himmler hizo en España el otoño de 1940. Entrando por Irún el día 19 de octubre, pasó por Alsasua y San Sebastián, antes de llegar a Burgos para coger el tren destino Madrid. En la capital española fue recibido con todos los honores por parte del general Francisco Franco, el ministro Ramon Serrano Súñer, el jefe de la Dirección General de Seguridad, José Finat Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, y todas las autoridades competentes. Durante tres días se reunió con todos ellos y fue aquí donde se fraguaron de verdad los acuerdos políticos y militares de alto contenido: la posible entrada de España en la guerra europea, cómo proceder con los refugiados españoles capturados en Francia, plantear la posible creación de un servicio de información hispano-alemán en América Latina, cómo articular un intercambio de agregados policiales y de información (policial) entre las embajadas española y alemana, etc. En definitiva, reuniones diplomáticas y estratégicas que sí justificaban una visita del máximo jerarca nazi en Madrid el octubre de 1940. Pero Heinrich Himmler también tuvo tiempo de visitar el Museo del Prado, el Museo Arqueológico, el Escorial o de presenciar una corrida de toros en la plaza de Las Ventas.
Hoy hace 85 años Barcelona se rendía ante la máxima autoridad nazi que pisó suelo español durante los años de la Segunda Guerra Mundial, el temido Heinrich Himmler. El artífice del terror de las SS, el arquitecto del genocidio judío que gestó los campos de exterminio, el ideólogo principal y máximo defensor de la utopía racial aria basada en la pureza sanguínea, el obseso del orden y la pseudociencia del Ahnenerbe, todo esto y mucho más era Heinrich Himmler. Un hombre frío, arrogante, calculador, de facciones rígidas y trato incómodo; un hombre excéntrico y completamente abducido por sus pretensiones pseudointelectuales y sus motivaciones esotéricas. Un tipo muy peligroso.
Ante él, la capital catalana se engalanó y se rindió para "acoger a uno de los más egregios forjadores de la nueva Alemania, […] a quien tanto hizo para sacar a su país de la humillación, del ludibrio y de la ruina a que le había condenado el sanedrín de Versalles". En la España franquista y en la Barcelona del alcalde Miquel Mateu, "el Reichsführer alemán de las SS, Enrique Himmler, no es un político o un viajero ilustre más. Es, sencillamente, el carácter y la recia fisonomía de quien conoce la psicología de su pueblo y ha prestado toda la colaboración formidable a la nación que por su gigantesco esfuerzo ha llegado a primerísima potencia". Ante él y ante el Tercer Reich, "Barcelona rinde su fehaciente hidalguía". Poco más a añadir. Claro como el agua bendita.
El retraso en el vuelo Madrid-Barcelona alteró toda la escaleta del protocolo. Aterrizó en el aeródromo del Prat dónde fue recibido por las máximas autoridades franquistas de la ciudad, presidió un festival de cantos y bailes regionales en el Pueblo Español y acabó la mañana en el Hotel Ritz, "teniendo que salir a uno de los balcones del edificio, acompañado del general Orgaz, para corresponder a las cálidas manifestaciones de entusiasmo de la multitud que no cesaba de vitorear a España y Alemania, a Franco y a Hitler". A primera hora de la tarde, los coches de la comitiva emprendieron el camino hacia Montserrat, pero con una pequeña parada en Martorell para visitar un campamento de la Organización Juvenil de la Falange. La abadía de Montserrat recibió el extenso séquito nazi y fue el padre Andreu Ripol quién, a regañadientes, se encargó de ejercer de traductor. Himmler recorrió la basílica, contempló la "Virgen negra", se paseó por la biblioteca y se interesó por lo que no había. La jornada siguió sin pausa con una recepción en la residencia del cónsul alemán y la cena de gala en el Salón de Crónicas del Ayuntamiento de Barcelona, ahora sí, presidido por el alcalde Mateu i el general Luis Orgaz. A altas hora de la madrugada, la guindilla final llevó al Reichsführer a la checa de la calle Vallmajor, donde Himmler, con toda naturalidad, "dijo que no concebía imaginación alguna a la criminalidad de los rojos españoles".
Barcelona se rindió, pero toda visita oficial tenía un coste económico que debía asumir, y el octubre de 1940 el consistorio barcelonés pagó un total de 14.367 pesetas para "obsequiar a S.E. el Reichsführer Don Heinirch Himmler durante su estada en esta ciudad". Muy probablemente, lo pagó de buen grato.
Era el punto final de una visita diplomática de primer nivel. Era el colofón de unos días de éxtasis nacionalsocialista en una España franquista que se había rendido al paso del alto mandatario nazi. Aquel 23 de octubre de 1940 se reunieron Franco y Hitler, sí, pero seguramente las conversaciones clave en la diplomacia política hispano-alemana fueron las que tuvo Himmler. Aquel 23 de octubre de 1940 no todo pasó en Hendaya.
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