Opinión
Que se peguen
Por David Torres
Escritor
Hay quien se ha pasado la Semana Santa esperando a ver si Kim Jong-un se decidía a sacar los misiles de procesión y terminaba de una vez por todas con la prima de riesgo. Yo ya me imaginaba que no, porque los orientales son maestros en el arte de farolear y el Muy Amado Líder, a pesar de que recién ha estrenado el cargo y lo menos le quedan cuatro décadas por delante, no es una excepción. Pero con tipos como Kim Jong-un y su mariachi de generales condecorados nunca sabes si una discusión ha terminado o acaba de empezar. Ponen una cara que lo mismo sirve para apretar el botón de reinicio del sistema que para invitar a café.
A medida que se avanza hacia el este, los rostros cada vez se van cerrando más hasta que los ojos se atornillan en ranuras. Johnny Chan, uno de los pocos campeones de póker que revalidó el título mundial, tenía una expresión estrictamente indescifrable, un ideograma con cejas. En la última mano del campeonato mundial envidó el montón entero de fichas al centro del tapete y luego se cruzó de brazos estilo buda. Era una apuesta demencial, que a cualquier otro jugador le habría costado un infarto como mínimo, pero Chan ni sudaba, ni respiraba el tío, parecía que se estuviera echando una siesta en lo que tardaban en reanimar a su adversario con un masaje cardíaco.
Curiosamente, la mayor partida de póker nuclear de la historia la ganó en Cuba Kennedy ante Kruschev. A Kruschev es que los faroles se le daban fatal. Una vez, en una cumbre chino-soviética intentaba convencer a Mao de las consecuencias nefastas de una conflagración nuclear. “Dígale”, dijo Kruschev muy serio al intérprete. “que en el caso de una guerra atómica, los vivos envidiarían a los muertos”. El intérprete tradujo y Mao cabeceó, estiró los labios en un amago de sonrisa y soltó algo parecido al gorjeo de un ruiseñor. El intérprete se puso pálido. “¿Qué ha dicho?” preguntó Kruschev. “Ha dicho”, el intérprete tragó saliva: “Estos rusos, qué gallinas son”.
De cualquier forma, para quienes hemos vivido la infancia y buena parte de la juventud bajo la amenaza del fuego atómico, lo de Kim Jong-un suena poco convincente, al estilo de esas peleas de barrio en que uno empieza mentando los muertos asomado a una ventana y el otro responde como suba verás. Y así toda la tarde, más de medio siglo llevan erre que erre las dos Coreas. Al final va a haber que empujarlos para que se peguen. Lo que pasa es que Kim Jong-un ha heredado una guerra que venía de paquete con el país, el título y la rechonchez. Pero por mucho que chille no hay forma de tomarlo en serio, como aquel día que fuimos un amigo y yo a ver un campeonato europeo de los medios y nos aburrimos de lo lindo con un combate preliminar de pesos virus que había que mirarlo con lupa. En lo que terminaban de matarse, optamos por marchar al bar. “Vámonos”, dijo mi amigo, “que éstos ni sangran”.
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