Opinión
Pequeñas proezas editoriales

Por Magda Simó
Periodista y escritora
Hace unos días estaba leyendo el excepcional libro de relatos de la irlandesa Liadan Ní Chuinn, 'Every one still here', que La Segona Perifèria ha publicado en catalán (‘Encara hi són tots’, con una cuidadísima traducción de Ariadna Pous, que también ha traducido a Susan Sontag o a Nora Ephron, entre otras), cuando fui consciente de que se había publicado prácticamente al mismo tiempo en castellano (‘Todos siguen aquí’, Feltrinelli Editores, con traducción de Magdalena Palmer) y en gallego (‘Todos aínda aqui’, editorial Rodolfo e Priscila, con traducción de Isaac Xubin). Me provocó alegría, que queréis que os diga, que la nueva voz de la literatura irlandesa con una obra de debut nos llegue a casi todos a la vez en nuestras respectivas lenguas.
Los seis relatos de ‘Every one still here’ están ambientados en el norte de Irlanda y nos hablan del impacto sobre la vida cotidiana de la violencia política, pasada pero no olvidada, con una prosa precisa y potente, que va in crescendo a medida que avanzamos por ellos. La memoria, la familia y los silencios tienen un peso específico que se trata con enorme delicadeza y nos hace cuestionar todo lo que arrastramos de los conflictos latentes y heredados, que tal vez no hemos vivido directamente pero que sin duda han marcado nuestro entorno. Ní Chuinn, que escribe bajo un seudónimo en gaélico como reafirmación lingüística, ha manifestado en entrevistas que busca una reflexión sobre las luchas de las lenguas minorizadas en nuestro país, en un paralelismo a la historia de asimilación sufrida por el idioma irlandés. Por lo demás, poco se sabe de él o ella: ni una foto y un solo dato biográfico, que nació en 1998, el año de los Acuerdos de Viernes Santo que pusieron fin, aunque solo fuera de manera oficial, a décadas de conflictos. Es simbólico que por primera vez se escriba sobre los ‘Troubles’ desde la perspectiva de las secuelas que han quedado sobre las generaciones que nacieron justo cuando terminaban.
Los que tenemos como lengua materna una diferente al castellano y que, por tanto, somos totalmente bilingües desde la infancia, por el colegio, los medios y el estado en general, nos encontramos muy a menudo consumiendo literatura extranjera traducida a la lengua común, al igual que pasa con el cine o las series. Lo tenemos asumido e incluso diría que tristemente normalizado, porque atendiendo a razones de volumen de ventas y de beneficio económico, es lógico y natural que no todo lo que viene de fuera se doble o se traduzca a lenguas minorizadas. Lo entendemos, claro, porque las cosas son como son en los mercados y además tenemos la suerte de doble filo del bilingüismo, sea éste más o menos elegido. Y digo doble filo porque, aunque por un lado dominar dos lenguas supone un beneficio innegable, cuando una tiene más presencia y prevalencia social que la otra, tiende a reforzarse esta diferencia en favor de la más potente. De hecho, tan acostumbrados estamos a que algunas (muchas) cosas hay que leerlas en castellano, que ni siquiera nos planteamos que tal vez, solo tal vez, estén traducidas a nuestra lengua, porque no pasa muy a menudo, y mucho menos aún nos planteamos exigirlo.
Por eso, es una feliz noticia cuando una editorial, y más si es pequeña y valiente, apuesta por traducir grandes obras de otras literaturas a nuestro idioma. Es posible que desde una perspectiva más centralista no se acabe de comprender esta cuestión: pero si lo entiendes igual, qué más te da. Dejando al margen cuestiones nacionales o identitarias, que por supuesto tienen su importancia aquí, es bastante sencillo: puestos a no leer las obras en su lengua original, que sería lo idóneo pero es imposible, que no se trate solo de entenderlas, sino que las podamos sentir y nos resuenen en la misma lengua que nuestros pensamientos. Y que sea normal y habitual tener esas opciones.
Tiene todo el sentido que varias editoriales simultáneamente hayan optado por publicar en sus respectivos idiomas la obra de Ní Chuinn, donde el peso de la lengua propia es innegable y que además ha tenido excelentes críticas e impacto mediático en Reino Unido e Irlanda. A mí, que sí que tengo bastante gusto por las pequeñas proezas épicas de las editoriales independientes, se me gana fácil con estas cosas, y hoy me ha servido de ejemplo actual e irrefutable para destacar que puede hacerse y se hace, con éxito.
En el caso concreto de Ní Chuinn y también con Etgar Kéret, Pierre Lemaitre, Maggie O’Farrell, Rita Bullwinkel y otros autores, hablamos de narrativa contemporánea anunciada y esperada que se ha publicado a la vez en castellano y catalán y es un éxito en ambas lenguas, pero no podemos olvidar el vasto y fundamental campo que suponen los clásicos de la literatura. En este sentido, editoriales valencianas como Bromera y Drassana han hecho un gran trabajo de edición de autores como H.G. Wells, Mary Shelley, Conan Doyle, Saint-Exupéry o Robert Louis Stevenson, que consiguen acercarlos al público juvenil en su propia lengua. En Euskadi, de esto se ha encargado el propio gobierno vasco, que ha impulsado la colección Literatura Unibertsala, con un amplísimo catálogo de títulos traducidos al euskera. En Catalunya, El Club Editor lleva más de sesenta años publicando en catalán desde Kafka a Dostoievski, pasando por Virginia Woolf, Natalia Ginzburg o Clarice Lispector.
Al final, cada nueva traducción supone una cultura más rica, diversa y capaz de llegar a nuevos públicos, porque aunque domines otras lenguas y puedas saltar entre ellas sin problemas, no debería ser ni idealista, ni ingenuo, ni accesorio querer vivir con naturalidad en el idioma que te es propio. Me pone contenta pensar que se puede.

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