Opinión
El periodista que se llevó mi folio del dolor

Periodista y escritora
Cuando se suicidó Verónica Forqué, publiqué aquí mismo un artículo titulado ¿Es que no ven que te estás matando?. Me refería a esa forma de contemplar el sufrimiento extremo de las mujeres, incluso públicamente, y no hacer nada. Sencillamente asistir a dicho padecimiento como a un espectáculo algo así como “natural”. Recuerdo ahora un episodio que viví en un plató de televisión con un periodista “de izquierdas”, da igual el nombre, porque podría haber sido cualquier otro.
Hace unos años, pongamos cinco o seis, mi vida en Madrid era un infierno. La expresión “un infierno” parece manida. No encuentro otra más atinada. Trabajaba en varias televisiones, entre ellas Telemadrid. Me había convertido en una cara conocida, lo que quiere decir que cualquier energúmeno me reconocía por la calle. Recibía amenazas de muerte a diario, intimidaciones que no eran atendidas en ninguno de los muchos sitios donde las denuncié. Delante del portal de mi casa solían apostarse dos o tres tipos de aspecto siniestro. Me empujaron por la calle, me escupían, me insultaban habitualmente e incluso salir a hacer la compra desataba en mi cuerpo una crisis de ansiedad incontrolable.
En esas condiciones, cada mañana cogía el metro a primerísima hora y me iba a trabajar a la televisión pública madrileña. Llegaba en condiciones pésimas, evidentes para cualquiera que quisiera darse cuenta. Pero esas condiciones generan audiencia, sobre todo si la persona alterada es una mujer, más si es de izquierdas. Pese a que mi médica se empeñaba en que me tomara cada mañana tranquilizantes para enfrentar todo aquello, pronto me di cuenta de que no iba a hacerlo. Por varios motivos, entre los cuales el principal podría ser que me impedía trabajar, y de mi trabajo dependía el sostén de la casa, de mi hijo y mi hija, de nuestro techo y alimento.
Cuento todo esto porque hace poco tuve que responder a un cuestionario sobre los signos externos -e internos- de la violencia contra las periodistas. Es para un estudio internacional que espero dé sus frutos, aunque ya no confío en eso. Entonces me acordé del periodista “de izquierdas”, ese “hombre bueno” que se sentaba a mi lado aquella mañana en los incomodísimos taburetes de la tertulia política matinal que conducía María Rey.
Una de mis estrategias para mantener el tipo durante las cuatro horas largas que duraba el programa consistía en garabatear el folio que colocaba ante mí. Con boli azul o negro, alrededor de las palabras clave que pensaba utilizar, dibujaba formas geométricas, motivos vegetales, espirales… lo que saliera, sin descanso, con trazo insistente, grueso, evidentemente doloroso.
Aquel tipo contemplaba con curiosidad mi folio emborronado mientras alguno de los contertulios de turno desgranaba obviedades de argumentario matinal. Yo era consciente, y no podía importarme menos. Sobrevivir a aquellas horas era demasiado difícil como para detenerme a pensar en su atención. Mucho menos pensé en dejar mi garabateo furioso. Todo era evidente en esa situación.
Me he acordado muchas veces de cómo terminó aquella mañana, porque de su gesto conservo un dolor pequeño pero ácido que no me abandona. No es dolor por mí, sino algo más amplio, desolador. Cuando la presentadora dio por terminado el programa, hacia las dos de la tarde, el tipo se volvió hacia mí y señaló el folio que tenía delante, un verdadero retrato de la ansiedad para estudios sobre la salud mental. “¿Me lo puedo llevar?”, me preguntó. No atiné a negarme. Me resultó tan extraña su petición que ni siquiera supe meterla en el cajón de las violencias. Le dije que sí, y el tipo cogió el folio, lo dobló en cuatro partes y se lo llevó.
He pensado muchas veces sobre ese gesto suyo. ¿Para qué quería aquel periodista mis garabatos enloquecidos? ¿A quién se los enseñó? ¿Qué comentaron mientras los miraban? ¿Se rieron? ¿Hubo burla? ¿Sintieron algún tipo de compasión? ¿Cuánto tiempo los conservó y para qué? Hoy que estoy ya muy alejada de aquellos tiempos de brutalidad y daño, las respuestas a todas estas preguntas me provocan escalofríos. Y la certeza de que nada ha cambiado en esa zona donde nadie mira a las mujeres que se están matando.
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