Opinión
A la persona que desea mi muerte y la de mi familia

Periodista y escritora
-Actualizado a
Alguien a quien no conozco de nada me manda un mensaje en el que añade lo siguiente: “el único oficio que todo el mundo te reconoce es e de vivir con las rodilleras siempre a punto para satisfacer a tu DESGOBIERNO INÚTIL LADRÓN Y ASESINO… ojalá a ti, como a tu asquerosa familia os pongan el pijama de madera yaaaa”. Añade símbolos de vómito, hachas, bombas y explosiones.
Lo primero que me pregunto es quién esa persona que desea mi muerte y la de mi familia. Cómo es. Qué tristeza de vida, qué amarguras arrastra. Desde luego, se trata de alguien que no me conoce de nada, ni a mí ni a los míos. Alguien que seguramente conoce una ínfima parte de mi trabajo y es evidente que no le gusta. Probablemente conoce mis opiniones sobre algunos temas (muy muy poquitos), y tampoco les gustan.
Deduzco que la persona que desea mi muerte y la de mi familia ha leído o escuchado mi opinión sobre la extrema derecha, el fascismo, el machismo y poca cosa más. No sabe que me gusta mucho cocinar, que siempre que estoy en casa —mucho menos de lo que me gustaría— voy al mercado por la mañana y preparo unos platos riquísimos para mi gente, porque creo que cocinar es un acto de amor como pocos. En casa preferimos las verduras de hoja y las judías verdes con patatas, la tortilla de berenjenas, sopas de cocido en invierno y grandes ensaladas con fruta con el calor.
Tampoco sabe quien me desea la muerte que me enamoré de García Lorca siendo una cría y puedo recitar muchos poemas del Romancero Gitano si estoy en buena compañía, algunos de Poeta en Nueva York y párrafos de Yerma que me llenan los ojos de lágrimas. Ignora cuándo y por qué dejé de beber, qué desgarros del alma me llevaron a las simas, qué bellezas y gentes me rescataron de ellas, hasta qué punto me he dedicado desde entonces a bordar los afectos en las ropas de casa.
No conoce los libros que he escrito, los bailes que he bailado, los besos, los abrazos, el calzado que elijo ni mi debilidad por las mujeres de cincuenta años.
Esa persona que nos desea “pijamas de madera” no tiene ni idea de que imagino para mí un ataúd de cartón reciclado que arda rápido y sin mucha ceremonia; que no temo a la muerte, ya no. Un día me di cuenta de que llevo muchas vidas al lomo, todas ellas de sabores fuertes. He olido muy de cerca el tufo de la muerte en tres ocasiones. Hace mucho ya que ni la deseo ni lo contrario. Llegará, y he ido ajustando las cuentas con todas las Cristinas rescatadas.
Agradezco a ese ser humano desdichado y violento que sus palabras me hayan obligado a mirarme, porque lo que veo es bueno. Entre otras cosas, porque no hay odio en mí ni deseo la muerte de ningún semejante.

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