Opinión
El petróleo que somos

Escritora y doctora en estudios culturales
Una imagen me ha acompañado desde fin de año: varios jóvenes saltan y bailan mientras graban con el móvil cómo comienza el fuego que acabará devorando sus vidas, o las de sus compañeros. Se trata, inconfundiblemente, de la tragedia de Crans-Montana, en Suiza, donde la discoteca que albergaba una fiesta de Nochevieja ardió por completo tras incendiarse el techo del semisótano, al que los asistentes presuntamente habían acercado las bengalas que decoraban varias botellas de champán. La obsesión con que he mirado –y memorizado– la escena responde a que ésta funciona, al menos, como doble advertencia: en un plano simbólico, sacude las vísceras contemplar a unos chavales ajenos al peligro, el cual sólo son capaces de concebir como espectáculo viral que debe ser grabado y difundido rápidamente en internet, aunque eso los prive de unos segundos cruciales para escapar; en un ámbito meramente material, la tragedia nos habla de una sociedad fosilista que se ha rendido a las llamas que causa, desatando así su propia destrucción. Ambas dimensiones se encuentran estrechamente relacionadas, y cada día somos testigos de numerosos ejemplos; uno de ellos, la reciente intervención militar de Trump en Venezuela.
Pero volvamos a Suiza. Hay algo perturbador en esos videos que desborda la mera adicción al teléfono, la ignorancia absoluta del riesgo propio en plena algazara, y también la falta de ayuda al prójimo por parte de quienes, desde fuera del establecimiento, filman en lugar de asistir a los demás. Esta obligación moral contenida en la Biblia que, en caso de no cumplirse, representa un delito de omisión de socorro, acarrea en sí misma nociones históricas sobre la condición humana. A nivel evolutivo, ha permitido a nuestra especie superar todo tipo de obstáculos, y hasta existen estudios antropológicos que demarcan un salto cualitativo a partir del momento en que aprendimos a cuidar al otro, al herido o al necesitado. Aquí, sin embargo, lo que observamos parece representar una escena atávica de personas que no ven sino la pantalla, de cuerpos poseídos por una inconsciencia incomprensible en circunstancias tan aterradoras. Culpabilizar –mientras aún se está llevando a cabo la investigación policial– es contraproducente; no obstante, ese condicionamiento psicológico precisa ser destacado, pues revela la carencia de lo que habíamos sido hasta hace poco o, como diría Yayo Herrero, la necesidad de una "toma de tierra".
Ahora bien, dentro de esa lógica involutiva, llama también la atención el uso de la pirotecnia en un espacio tan poco apto para ello. En su libro El tiempo del fuego (Capitán Swing, 2024), el periodista John Vaillant analiza brillantemente el incendio más destructivo de la historia de Canadá, el de Fort McMurray (Alberta), hace casi diez años. De origen forestal, el autor reconoce que se alimentó fundamentalmente de cuatro combustibles: los tres primeros eran árboles, pero el último fueron las casas. Invadidas de enseres de plástico, cortinas o tapicería de poliéster, barnices, recubrimientos o ventanas de vinilo, los hogares actuales son altamente inflamables, como demuestra una investigación que cita el propio Vaillant: prendida una chispa similar en un salón moderno y en otro decorado con mobiliario antiguo, se demostró que el segundo ardía más lentamente, tardando veinticinco minutos más que el anterior en convertirse en un infierno incandescente. A los muchachos de la discoteca suiza les habría gustado contar con esos veinticinco minutos, pero la espuma aislante instalada en el techo, muy probablemente de poliuretano, actuó como un reguero de gasolina. Al igual que ocurriera en el edificio de Campanar (Valencia) en 2024, donde la chapa de la fachada rellena de polietileno dejó diez cadáveres, la arquitectura fósil desencadenó el peor fin de fiesta.
Percibir que vivimos rodeados de derivados del petróleo, de plástico en sus múltiples alteraciones, que compone hasta nuestro atuendo y puede convertirse, en segundos, en una trampa mortal sería un primer paso para detener el avance suicida de nuestro sistema fosilista. Pero, en lugar de acusar esta ausencia de sensatez, hemos decidido ampliarla hasta extraer la última gota de petróleo disponible. Entre la intervención militar de Trump en Venezuela –y las declaraciones gubernamentales explicitando la intención de controlar su industria de hidrocarburos– y los recintos que se transforman aceleradamente en ceniza varía el tratamiento de los materiales, pero media una misma dependencia que cada día nos convierte en seres más vulnerables, pasto de temporales e incendios ingobernables, sujetos a la emergencia sanitaria que suponen las altas temperaturas o la contaminación de nuestras ciudades. Ahora, que hasta parece superfluo alertar sobre la crisis ecosocial, en mitad de un entramado tecno-imperialista que quiebra el orden mundial basado en leyes, y lo hace con la descompostura de una sonrisa macabra, es preciso nombrar el origen extractivista de las desgracias que no suceden por mandato divino. Las llevamos pegadas a la piel –entre las medias de licra y los jerséis de acrílico–, dentro de los órganos, y en el depósito del coche. Quien acierte a levantar la vista de la pantalla tal vez se dé cuenta de que no hay nada que celebrar en el hecho de seguir ardiendo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.