Opinión
Los pijos y la imaginación popular

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
El reguetón surge en los garajes de Puerto Rico hace ya más de treinta años; en una Puerto Rico, por cierto, que no era la isla gentrificada y abrasada por el turismo europeo y yanki de los que se creen caribeños aun con acento toledano, sino un lugar peligroso, sometido por el colonialismo del tío Sam y donde las oportunidades para salir de la miseria se medían con cuentagotas. En ese contexto, artistas como Vico C, Yankee o Baby Rasta fusionaron el dancehall de los negros con el hip-hop urbanita y el reggae jamaicano para crear un sonido que se midiera con el movimiento de las caderas y la celosía de las lenguas; una música directa, guarra, histriónica, violenta y sudada que se hacía desde la calle y para la calle, del pueblo para el pueblo; un estilo único y genuino, pintado a trazos largos por gente que quería presumir de pistolas y culos gordos.
Sin embargo, la cosa se internacionalizó y otros mercados musicales – o sea, el europeo y el americano – comenzaron a exigir este fresquísimo producto, pero con algunos cambios; querían lanzar a la venta este sonido desenfadado y con olor a coche nuevo, pero con cero referencias a las armas y los asuntos callejeros, y, a poder ser, con un brochecito de pudor al asunto sexual; querían un reguetón descafeinado y poco molesto, y las élites de la industria – las tres discográficas multinacionales que aglutinan el 70% de la cuota de mercado mundial – se pusieron manos a la obra: en la década del 2010, se hincharon a lanzar reguetoneros industry plant que no hacían más que estrellarse en las radios y listas de éxito. El público – o sea, el pueblo – quería lo original y genuino, no la copia azucarada de una corporación moralizante.
Las élites y los pijos nunca han sido capaces de crear cultura popular; son muy buenos – supongo – relatándose a sí mismos y amasando referencias horizontales para hablar de sus villas en la costa y sus vacaciones maratonianas y las casas de Dron en las que se emborrachan en Núñez de Balboa, pero jamás han creado un producto folklórico propio, me da igual si hablamos de fiestas, estilos musicales o modas, si no es apropiándose antes de una corriente creada previamente por el pueblo. Necesitan, vacíos como están de imaginación estética y necesidades festivas, que los de abajo les hagamos un estupendo patrón ornamental que ellos luego electrificarán para que solo entren las élites. Lo hicieron convirtiendo la Feria de Sevilla en un desfile de presuntuosidades y pijerío, y lo quieren repetir ahora con el madrileño San Isidro.
Leía estos días a uno de los tuiteros que más gracia me hacen, un peperillo imberbe y salivoso de cargo público llamado Hugo Pérez Ayán –me da mucha pena porque no creo que consiga nunca ningún puesto, y eso que lo intenta; el chaval es útil si necesitas un cachorrillo al que acariciar con condescendencia después de morder el tobillo a un adulto, pero no para entrar en las ligas mayores–, opinar que San Isidro se había convertido en un macrobotellón de canis, pero que poco a poco estaban recuperando terreno –entiendo que los suyos–.
El ejemplo de Hugo es paradigmático de esto que cuento; ha tenido que crear el pueblo de Madrid una fiesta popular con aspiraciones masivas, como lo son todas las que merecen la pena, para ahora querer el pijerío convertirla en su masturbatorio personal de identidades pulcras inexistentes –pena me da tener que recordar que los chulapos eran los canis de la época–; esta mierda tan de moda estos días en medios y redes, el neochulapismo, no es más que esto: cuatro pijos identitarios quieren que una fiesta popular en constante evolución se congele en un momento concreto, el del chotis y las mantillas, para convertir ciertos rasgos de su folklore, como las parpusas buenas o los trajes de punta en blanco, en una entrada de acceso carísima que nos expulse a los que sin pudor nos llaman canis. Una pena que estén fracasando, como siempre hacen cuando se trata de jugar en la división de lo popular. Que se empolven la cara en sus guateques de salón y nos dejen con nuestras litronitas en la Pradera.
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