Opinión
No podemos ser todas y todos idiotas todo el tiempo
Periodista y escritora
-Actualizado a
Pago mis impuestos puntualmente. No me sobra el dinero. No podría entrar en eso que los bancos llaman “ahorradores”, y no por despilfarro, sino porque ni a mí ni a prácticamente nadie que conozca le da la vida para ahorrar. Los pago con gusto porque entiendo que revierten en el bien común. Espero de quienes gobiernan que lo gestionen bien, que se aprueben los presupuestos, que nadie pague con lo mío la guerra, y que ese dinero no vaya a manos ni bolsillos privados. Me parece una base. Mi base democrática. Si la base no se cumple, todo falla. No es que fallen “tres traidores” o responda a la peregrina cuota de corrupción que el presidente del Gobierno atribuye quién sabe si a todo partido o a todo gobierno. Todo falla, y yo, como parte implicada, me permito cabrearme.
Me permito cabrearme de la misma manera que me cabrearía con un operario al que he adelantado 5.000 euros para hacerme una cocina y me deja entregado medio retrete porque el resto se lo ha metido en farlopa y nochecitas locas, además de comprarse un viaje en crucero. Para el colmo, a mi alrededor tengo que oírme que hay que bajar el tono “en la izquierda” mientras esforzados analistas y socios de gobierno tragan sapos de la mañana a la noche. Venga, hombre.
El cabreo, la rabia, la furia son expresiones que probablemente podrían ahorrarse la mayoría de los parlamentarios y parlamentarias, aunque no siempre. Hemos visto violencia política que amerita un estallido. Podrían, digo, ahorrárselas en los parlamentos, pero no sé por qué nos piden al resto que lo hagamos. Bastante perra está la vida como para que los gestores de lo público nos hayan arruinado uno de los pocos flancos que parecía tranquilos: Juraron que no habría corrupción cuando llegaran ellos. Hay corrupción. Yo me cabreo. Parece una secuencia lógica, ¿no? Me cabreo. Si no lo hiciera den por hecho que estaría colocada con algo, sea esto opio o tertulia política, sea marihuana o socios de coalición.
Una vez monté una asociación. Dicha asociación junta a mujeres que, igual que muchísimas otras, nos preocupamos por la violencia que se ejerce contra todas, e inventamos maneras para que no duela tanto. Fíjate qué locura: una vez formalizada la asociación, quisimos abrir una cuenta en una entidad bancaria, requisito además imprescindible para los trámites más básicos. Aquello resultó un calvario. Descubrimos que los bancos son reticentes o directamente no abren cuentas a nombre de entidades sin ánimo de lucro. Nos quedamos con cara de idiotas. Puedo sentir cómo la vibración que produce mi cabreo resquebraja la máscara de pánfila que aún llevo puesta.
En estos momentos de cabreo íntimo que me permito, me entero de la facilidad con la que la trama de Cerdán y compañía abría cuentas dentro y fuera de España. “ La UCO investiga 480 cuentas corrientes de Santos Cerdán en busca de un botín mayor”, titula la información. Ignoro si este hombre tiene esa cantidad indecente de cuentas abiertas en entidades bancarias, pero sí sé lo que cuesta abrir una sola. Igual que sé todo lo que los bancos le deben a esta sociedad, todo lo que los partidos políticos en los diferentes gobiernos les han perdonado, todo lo que estafan utilizando palabras que inmediatamente se convierten en aceptadas. A cosas como esta me refiero. Es una construcción social, política y económica, un tejido que ni siquiera necesita ser delito para resultar irritante.
Veo que las personas que me rodean no están cabreadas, y sin embargo algo cruje debajo de esta apariencia de normalidad. No se trata de Santos Cerdán, ni siquiera se trata de Pedro Sánchez o el PSOE. Crujen unas estructuras que creyeron que éramos idiotas, y quizás tenían razón entonces. Pero no podemos ser todas idiotas todo el tiempo. Algunas hemos empezado a cabrearnos.
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