Opinión
El poder de los insectos

Periodista
Nos dijeron que no había forma de salvar a Maricarmen, que el desahucio era imperativo e irrevocable porque lo había determinado un juez. Es la ley del mercado, amigo, una fuerza telúrica que nos empuja más allá de nuestras voluntades. El policía actúa bajo el mandato democrático y no tiene el menor margen para la objeción de conciencia. No hay nada más sagrado que la propiedad privada, dogma supremo, becerro dorado al que debemos nuestro régimen de libertades. Nos dijeron que era inútil salir a la calle, no fuera que nos cayera una manada de porras o nos aplicaran la ley mordaza. Esa ley mordaza que Pedro Sánchez prometió derogar.
De pronto, como por arte de magia negra, hemos visto a los dueños de Urbagestión lloriqueando por las televisiones y limpiándose las lágrimas con los billetes de la especulación. Las únicas víctimas somos nosotros, que tenemos un negocio familiar, una pyme de andar por casa, y la chusma enfurecida nos ha freído la centralita con llamadas a la hora de la siesta como los comerciales de Vodafone. El viernes pasado dijeron en Onda Cero que los pobres habían recibido en la oficina una caja llena de cucarachas. Tres días después llegaron a un acuerdo para que Maricarmen vuelva a su casa.
Entretanto, el Gobierno español se ha marcado un esprint histórico para hacer en ocho días lo que ha sido incapaz de hacer en ocho años. Con las plazas a rebosar de tiendas de campaña, Sánchez escribe su carta a los reyes magos en dos decretos. Que si prórroga automática de los alquileres. Que si escudo antidesahucios. Que si coto a los fondos buitre. Los más resabiados del lugar nos dicen que es un ejercicio de ingeniería parlamentaria. Que todo está diseñado para que se aprueben unas pocas fruslerías, las muy escasas que Junts estaría dispuesto a aceptar. Hicimos lo que pudimos, pero es que Junts. Pero es que Vox y el PP.
Alguien ha pensado que es buena idea repartir el campo de la izquierda entre pragmáticos y soñadores. Los pragmáticos aprueban cosas. Los soñadores andan mareando la perdiz con maximalismos de salón. A esa operación, sin embargo, se le ven las costuras: todo lo que hace ocho días parecía imposible, hoy parece inevitable. Si la protesta nos sienta tan bien, ¿qué impide seguir protestando? Si las cucarachas nos representan mejor que la mayoría de los políticos, ¿por qué no íbamos a empezar a confiar más en los insectos? Llevamos ocho años lamentando lo que no funciona, pero hemos aprendido en ocho días lo que debe funcionar.
El sábado se apagaron las tres webcams que apuntaban a Sol, pero nos sobran imágenes de la panorámica, un montón de insectos apretándose en tiendas de campaña, hormiguitas laboriosas que han trabajado durante todo el año mientras la cigarra de los fondos especulativos andaba tocando palmas. Esas hormigas se extienden como un reguero y conectan con otras plazas y otros sentires, manojos de llaves agitados al aire, aquí están los antifascistas frente a la aristocracia inmobiliaria, los escuadristas de gas pimienta y las mafias de desokupación. Algunos ultras han salido pitando de Sol como guepardos, como Usain Bolt, como Sánchez ultimando decretos.
¿Qué ha pasado para que Junts se haya avenido ahora a negociar? En enero votó contra un decreto que suspendía los desahucios. En febrero volvió a votar con PP y Vox en el mismo sentido. Poco después, un juzgado autorizó el desalojo de una vecina de l'Hospitalet de Llobregat. Se llamaba Olga Matute y se quitó la vida hace tres semanas. El otro día, Feijóo esparció el bulo de que los movimientos sociales la habían desatendido. Como si mentir borrara la responsabilidad de su partido. Olga habló ante el Parlament de Catalunya hace ya más de dos años. ¿Qué entendieron los diputados de Junts, PP y Vox cuando dijo entre sollozos que en su situación “solo piensas en suicidarte”?
Mientras tanto, los insectos van tomando el espacio público con su runrún y su cartelería. La derecha montaraz, siempre tan cómoda sentando cátedra, anda atragantada porque la muchachada se sube a las barbas del capital inmobiliario. Con lo fácil que era hablar todo el día de Ceuta, de Ábalos y de las joyas de Zapatero. La culpa es de los inmigrantes, dicen a la desesperada los señoritos mientras en las acampadas se apelotonan chavales venidos de distintas geografías. Los jóvenes sin casa hablan con la voz de Valeria Racu, que nació en Moldavia. Los fondos buitre extranjeros, en cambio, han elegido como portavoces a los españolísimos capos de PP y Vox.
Se ha extendido la sospecha de que la partición del decreto Maricarmen busca vaciar las calles. Mala cosa. Sobre todo ahora que la chavalada ha aprendido la fórmula secreta para doblar a políticos y especuladores. En las lonas de las acampadas reverberan las llamadas a la huelga general. Este episodio no termina mañana. Si acaso, empieza ahora la presión sobre todos aquellos que tienen en sus manos el poder de seguir reventando la vida a varias generaciones. Que sientan las dentelladas de la conciencia y el desprecio de sus propios votantes. Los insectos son pequeños pero innumerables. Y no tienen intención de desaparecer.


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