Opinión
La política a hostias
Por David Torres
Escritor
Aunque Carl von Clausewitz afirmase lo contrario, la política es la continuación de la guerra por otros medios. John Lennon y los hippies se equivocaban: es la guerra, como bien sabían Heráclito y George Bush, el estado natural del hombre. La diferencia principal entre una y otra actividad es que en la guerra a veces se respeta la convención de Ginebra mientras que en la política no se respeta nada. En el ejército, generalmente, uno no tiene que preocuparse de que le peguen un tiro por la espalda mientras que en la política casi no debe preocuparse de otra cosa. Franco combinó ambos pasatiempos con notable éxito: aprovechó un golpe de estado para meter a España en la peor masacre de su historia y luego exprimió la guerra civil para ir deshaciéndose de competidores mediante vistosos accidentes de avión. Hacía y deshacía a la vez, no sé si me explico.
La semana pasada le afearon al PSOE el espectáculo barriobajero de una cacicada que empezó con un pronunciamiento del líder supremo y terminó con Susana Díaz subida a la cúspide de Ferraz y zampándose una pizza en frío. A Pedro Sánchez los mismos que lo hicieron, luego lo deshicieron. Mientras unos protestaban por la obscenidad de una refriega que ponía al descubierto el verdadero rostro del poder, otros echaban en falta algo más de chicha. Algunos observadores nacionales y extranjeros reprocharon la tibieza de la pelea, igual que en aquel combate de pesos pluma donde los dos púgiles estaban dándolo todo y alguien se levantó de la primera fila, diciendo: "Anda, vámonos, que éstos ni sangran".
Acostumbrados al boxeo sutil de los diputados ucranianos, pródigo en muelas y narices rotas, o a las multitudinarias katas del parlamento de Corea del Sur, donde los diputados hasta se lanzan gases lacrimógenos, las disputas de nuestros representantes europeos pecan de una alarmante falta de pasión. No hay más que recordar a Jose Mari en un rapto de sinceridad durante una sesión del parlamento europeo, cuando se aburrió tanto a sí mismo que murmuró a micrófono abierto: "Vaya coñazo que he soltao". Los del PP ni siquiera dejaron que Rafael Hernando se explicara aquel día, más de diez años atrás, en que se lanzó contra Rubalcaba con la intención de peinarle a collejas.
Afortunadamente el UKIP, la enésima metástasis del fascismo británico, ha remediado esta pachorra institucional con un contundente diálogo en que el nuevo líder, Steven Woolfe fue noqueado en Estrasburgo. Woolfe había perdido el liderazgo a los puntos contra Diane James, quien apenas pudo retener la corona tres semanas. En el UKIP han demostrado que, para lo que tienen que decir, mejor discutirlo a hostias. No es una mala decisión, al menos elevaría a otro nivel el arte de la oratoria, tan desprestigiado desde los tiempos de Churchill. La violencia física a menudo no resulta tan letal como la otra: en España terminaríamos con el bloqueo a la investidura, los pactos de gobierno y los problemas sucesorios en cuestión de minutos. Steven Woolfe se despertó en el hospital y declaró que se encontraba muy bien, "más feliz que nunca".
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