Opinión
El precio de la guerra

Periodista
El otro día escuché en la radio a un político —lo llamaremos Político Polítiquez— que pedía ayudas de excepción para paliar los efectos de la guerra en Irán. En fin, ya saben, impuestos más bajos, festines crediticios y gasolina a mansalva para que el populacho levante cabeza. Dice el señor Polítiquez que los apaños de emergencia nos han salvado el pellejo después de cuatro años de guerra en Ucrania. Casi escupo el zumo del desayuno. Cuatro años de guerra en Ucrania. Uno podría pensar que nuestra clase dirigente vive en Babia. La otra teoría, quizá más descorazonadora, es que hemos terminado por creernos nuestras propias mentiras.
En 2014, el sector primario europeo se desangraba como consecuencia del conflicto con Rusia. La oposición ucraniana había forzado la huida del presidente en un contexto general de violencia. 42 personas murieron en los disturbios de la Casa de los Sindicatos de Odesa. Rusia se anexionó Crimea. Sonaron los primeros disparos en el Donbás. La OTAN se inmiscuyó. La Unión Europea, en un histórico harakiri, impuso sanciones que se volvieron en su contra. En Polonia, Polityk Politykowicz pedía a sus ciudadanos que se zamparan con patriótico sacrificio las 600.000 toneladas de manzanas que ya no podían exportar.
Aunque Político Polítiquez no lo recuerde, la Comisión Europea y el Gobierno español ampararon entonces al sector agroalimentario con soluciones extraordinarias. La invasión rusa de Ucrania agravó con creces el problema, pero el refranero nos enseñó con polvos y lodos que toda causa tiene su consecuencia. En 2022, Pedro Sánchez interpuso medidas de alivio por la vía del Real Decreto-ley. Varias comunidades autónomas liberaron fondos de auxilio y decretos de ocasión. Entre las recetas propuestas hubo una macedonia de remiendos provisionales: abaratamiento del precio del transporte, avales a empresas, apaños en el mercado del alquiler y un polémico subsidio del carburante.
A estas alturas, conocemos el efecto de la bonificación de los carburantes. Según un estudio de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, las rentas más altas salieron más beneficiadas. Un estudio de Juan Luis Jiménez, José Manuel Cazorla-Artiles y Jordi Perdiguero reveló otra vertiente si cabe más amarga: el subsidio de 20 céntimos provocó un alza en el precio del carburante y permitió transferir unos 850 millones de las arcas públicas a las gasolineras y las petroleras. Es cierto que Sánchez aprobó en 2022 un gravamen temporal a las energéticas, pero la broma duró apenas dos años. Josu Jon Imaz escribió una columna en El País pidiendo sopitas y el PNV y Junts cambiaron su voto.
Imaz nos habla aquí del viejo amorío entre políticos y corporaciones energéticas. Uno llega al Gobierno, aprieta el botón que tiene que apretar, y la petrolera de turno le recompensa con una jubilación de colorinchis pagada a precio de rey. Que se lo pregunten a Soraya Sáenz de Santamaría, que salió de las gélidas estancias de la Moncloa en busca del calorcito del consejo de administración de Cepsa. Por un oportuno giro del destino, Aznar fichó por la eléctrica que él mismo había privatizado. Tras su lucrativo paso por Naturgy, Felipe González iba por ahí echando pestes de las plantas fotovoltaicas. Esta noche, en Lluvia de estrellas, Político Polítiquez será Empresario Empresáriez.
Pongamos que un señor llamado Politic Politicson secuestra al presidente de un país petrolero con el objeto de chuparle hasta la última gota de crudo. Pongamos que después bombardea otro país que la mayoría de estadounidenses no sabe ubicar en el mapa —solo el 28%, según un estudio de Morning Consult—. Mr. Politicson comparece junto al canciller alemán, el millonario Politikus Politzer, para presumir de bombardeos y pedirle a Sánchez que arrime el hombro con la escabechina si no quiere perder su bocado de negocio. Los muy idiotas, políticos y empresarios, no han calculado que Irán está en condiciones de estrangular el estrecho de Ormuz y disparar los precios del petróleo.
Ahora Sánchez, ataviado con pañoletas de "no a la guerra", se ve en la vieja tesitura de inventar nuevos apagafuegos para la crisis de suministro. La excepción es ya parte de la norma. El problema del presidente es que no parece dispuesto a escarmentar de sus propios errores. Por eso ha propuesto una rebaja del IVA a los carburantes, una ñapa sin pies ni cabeza que volverá a servir para transferir dinero público a grandes manos privadas. Por eso Miguel Tellado se muestra tan ufano, sabiendo que ese decreto bien podría llevar la firma del PP. Ni regulación de precios ni gaitas en vinagre: fiscalidad ayusista y ancha es Castilla.
Qué curiosa paradoja. Aquellos que celebraron la guerra celebran ahora algunas de las medidas destinadas a paliar los efectos de la guerra. ¿Será que el capitalismo es el padre de sus propias crisis? ¿Será que las guerras, disfrazadas de cruzadas evangelizadoras, son apenas coartadas para la acumulación de capital? Precaria Precáriez no puede ni pagarse el techo que le da cobijo, pero ha leído que el Gobierno echará una manita a las pobres energéticas. La muchacha recela, pero las noticias dicen que Repsol y los políticos que terminan en Repsol también pasan sus malos ratos. Espero que una tribuna lastimosa de Josu Jon Imaz en El País termine de convencerla.
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