Opinión
El precio del miedo: lo que Ceuta nos enseña sobre nosotros mismos

Por Mohammed Azahaf
Experto en migraciones.
Los acontecimientos vividos en Ceuta el pasado 30 de julio, con la entrada masiva de miles de personas en apenas unas horas, exigen una reflexión que vaya más allá de las causas inmediatas del suceso. Es tentador y hasta cierto punto inevitable preguntarse qué lo motivó. Puede ser una crisis diplomática con Marruecos, o una guerra híbrida promovida por Israel y Estados Unidos, o la desesperación de quienes huyen de la pobreza o el conflicto, en busca de una vida mejor. Pero centrarse únicamente en el origen del fenómeno corre el riesgo de dejar en un segundo plano una pregunta más incómoda y, a mi juicio, más urgente; ¿qué efecto tendrá este episodio en la sociedad española y en el rumbo político del país?
Porque las causas, sean las que sean, probablemente respondan a una suma de factores estructurales y coyunturales difíciles de desentrañar en caliente. Lo que sí podemos observar con más claridad son las consecuencias que este tipo de sucesos suele desencadenar en la opinión pública y, por extensión, en la agenda política.
La experiencia reciente en Europa nos ha enseñado un patrón que se repite con inquietante regularidad y es que cada episodio de llegada masiva de migrantes, cada imagen impactante retransmitida en bucle, alimenta el discurso del miedo. Y el miedo, sabemos, es el terreno más fértil para el crecimiento de las opciones políticas de ultraderecha. No hace falta buscar demasiado lejos. Basta con observar cómo, tras crisis migratorias similares, partidos que hasta entonces ocupaban posiciones marginales han visto crecer su apoyo electoral de forma notable, apelando a un discurso de orden y seguridad que encuentra eco en una ciudadanía atemorizada. Vimos como los días posteriores a la entrada masiva llegaban a Ceuta agitadores de ultraderecha junto con el líder de Vox con un único objetivo, acrecentar el miedo y proponer la violencia como respuesta. Hasta Donald Trump aprovechó la ocasión para azuzar el miedo vinculando, en un giro delirante, este hecho con las políticas de izquierda.
Ese ascenso de las opciones más radicales no es un fenómeno aislado e inofensivo. Trae consigo, casi siempre, una normalización de discursos racistas y xenófobos que hace apenas unos años hubieran resultado impensables en el debate público. Y, lo que es más preocupante todavía, ese discurso no se queda en lo simbólico, sino que se traduce en políticas concretas como estamos pudiendo comprobar en los gobiernos autonómicos de PP y Vox. Mayor control, más vigilancia, restricciones a la libertad de movimiento, recortes en derechos que hasta ahora dábamos por adquiridos. La promesa de seguridad frente a una supuesta amenaza externa suele venir acompañada, casi siempre, de una factura interna que no es otra que la de nuestras propias libertades y la deshumanización del otro. Prueba de ello es que en el discurso público sobre lo sucedido en Ceuta existe más preocupación por la seguridad, que por las casi doscientas personas que fallecieron intentando llegar a una tierra que creían les daría libertad y progreso. Hasta el presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Juan Jesús Vivas, que siempre ha alardeado del consenso, la convivencia y la defensa de los derechos humanos, estos días promueve la suspensión de las políticas de asilo y las deportaciones masivas, algo que es completamente ilegal.
Es aquí donde llegamos al fondo de la cuestión, a la pregunta que de verdad deberíamos estar haciéndonos como sociedad y es si ¿estamos dispuestos a renunciar a nuestros valores y a parte de nuestra libertad a cambio de la promesa de que se nos protegerá de un peligro exterior, real o construido? La historia nos ha demostrado, una y otra vez, que ese intercambio rara vez resulta favorable a largo plazo. Las libertades que se ceden en nombre de la seguridad tienden a no devolverse jamás, y los mecanismos de control que se instauran para "proteger" a la ciudadanía terminan, con demasiada frecuencia, dirigiéndose contra ella misma.
No se trata de negar que existan retos reales en la gestión de las fronteras y de los flujos migratorios, ni de minimizar la complejidad de un fenómeno que afecta a toda Europa. Se trata, más bien, de no dejar que el miedo dicte nuestras decisiones colectivas. Porque la verdadera pregunta que Ceuta nos deja es la de saber qué es lo que estamos dispuestos a sacrificar nosotros, como sociedad democrática, a cambio de una sensación de seguridad que quizá nunca llegue a materializarse del todo.
La respuesta a esa pregunta dirá mucho más sobre qué es la España actual y quiénes somos.
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