Opinión
President Trump, segunda temporada

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
He de reconocer que estoy fascinado con la segunda temporada de Trump presidente, una teleserie que hace que todas las demás parezcan documentales. La primera resultó tan floja, tan decepcionante, que muchos nos sentimos estafados hasta que llegó el episodio final, una verdadera traca que incluyó un golpe de Estado fallido protagonizado por una turba de palurdos fachas asaltando el Capitolio. La segunda temporada, en cambio, no pudo empezar más arriba, con un intento de asesinato made in USA seguido de una serie de amenazas de expansión imperialista de lo más vistoso. Quiero Groenlandia, quiero Canadá, quiero el canal de Panamá, gritaba Trump como un bebé caprichoso de ciento y pico kilos agitando un sonajero atómico.
Es normal que Hollywood ande de capa caída ante la competencia de los telediarios, e incluso el cine de superhéroes ya no sabe qué hacer cuando la realidad le está adelantando por la derecha. El último Superman, el de James Gunn, resulta tan patético que hasta se ha comprado un perro. Quiero decir que incluso un equipo de guionistas enloquecidos puestos hasta el culo de ácido tendría problemas para igualar las apuestas de la Casa Blanca. ¿Qué amenaza marciana o qué semidios vikingo podría superar a Elon Musk escenificando el saludo nazi? ¿Qué podría hacer Peter Sellers en el papel de Dr. Strangelove al lado de Robert F. Kennedy Jr. manejando el Departamento de Salud y Servicios Sociales?
Siempre ha dado mucho miedo pensar que el presidente de EEUU tiene acceso al botón rojo y que podría desatar el apocalipsis sólo porque se ha levantado con acidez de estómago. Pero pensar que está al alcance de Donald Trump, con sus rabietas mitológicas y su estupidez congénita, va más allá de todo lo concebible. No quiero imaginar lo que puede ocurrir el día en que se acuerde de que hay un botón rojo y de que él es el único con potestad para accionarlo. En 2017, en plena crisis por los bombardeos israelíes en Irán, le gastó una broma a J. D. Vance apretando un botón rojo colocado junto a su silla. Cuando Vance le preguntó qué acababa de hacer, Trump respondió muy serio: "Nuclear". Al momento, un mayordomo entró para traerle una Coca-Cola bien fría y el presidente se echó a reír a carcajadas. Al parecer, Joe Biden ordenó quitar ese botón rojo cuando asumió la presidencia y fue una de las primeras cosas que Trump volvió a instalar a su regreso, para que no le faltara Coca-Cola en ningún momento. Sin embargo, el auténtico botón rojo debe de seguir por ahí, en algún lugar de la Casa Blanca. Personalmente, creo que estaríamos más seguros si lo custodiara un mono.
En su momento apunté que no había que desdeñar la posibilidad de que a Charlie Kirk lo hubiese matado un paleto de ultraderecha algo confuso, posibilidad que se materializó en la persona de Tyler Robinson, un mormón cristiano lo bastante confuso como para tener una novia trans y simpatizar con el movimiento groyper de Nick Fuentes, quien consideraba a Kirk un blandengue. Esta fabulosa compota ideológica no le ha impedido a Trump convertir a Kirk en un mártir asesinado por la izquierda radical y montarle un funeral de Estado que parecía un concierto de Dolly Parton. Ni siquiera Charlie Brooker y el equipo de guionistas de Black Mirror podían haber concebido un esperpento tan ridículo. Siempre se ha dicho que la realidad imita al arte, pero con Trump se está pasando tres pueblos.
En efecto, vivimos en una distopía de chiste donde, como castigo por perpetrar un genocidio abominable, se está planteando la posibilidad de vetar a Israel en Eurovisión. El humor, el humor negro torrefacto con un flequillo anaranjado, es la nota esencial de nuestra época. Sólo desde esa perspectiva puede entenderse el aviso de Trump vinculando el autismo con las vacunas infantiles y el uso de paracetamol durante el embarazo. No hay la menor evidencia médica al respecto, pero Trump cuenta con el asesoramiento de Robert F. Kennedy Jr., un activista antivacunas nombrado secretario de Salud sin más currículum científico que su apellido.
A lo mejor es otra broma de las suyas, como cuando dijo que había que probar con inyecciones de desinfectante para tratar el coronavirus y luego explicó que sólo estaba poniendo a prueba a los periodistas. Hubo gente que le hizo caso y mucha más gente que le votó. La semana pasada, en un guiño inequívoco a su electorado, Trump comentó que él no le gusta a la gente inteligente. Al paso que vamos, no sé si quedará alguien vivo para ver el final de esta segunda temporada de President Trump, pero va a ser la hostia.
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