opinión
El presidente Azaña legislaba, Franco asesinaba

Por Eduardo Ranz
Cada año, la Association Présence de Manuel Azaña, con sede en Montauban, la pequeña ciudad francesa donde el 3 de noviembre de 1940 murió el último presidente de la República española, realiza una serie homenajes conmemorando su figura. En esta ocasión, el colectivo ha cumplido 20 años manteniendo vivo el recuerdo de Manuel Azaña. Previo a la ofrenda floral, se celebró este viernes el espectáculo dedicado a los Poétes de la Seconde République espagnole, en el Théâtre Olympie de Gouges, y se pudo escuchar El crimen fue en Granada, en castellano y en francés; el discurso de Unamuno; o Carmela de España y Carmela del Ebro: Contrataques muy rabiosos ¡Rumba la rumba la rum bam bam! Deberemos resistir". Con todo el teatro en pie, cantando y aplaudiendo, y entre los asistentes el historiador Julián Casanova.
Al día siguiente, en la sepultura del presidente Azaña, un grupo escolar cantó Para la libertad, acompañada de una orquesta. Acudió el cónsul español, el prefecto de Tarn et Garonne, el presidente del consejo general, un senador francés y el teniente de alcalde de Motauban y miembro de la asociación, así como la alcaldesa de Settfonds. Cinco autoridades francesas frente a una española. Y como invitada, la asociación Manuel Azaña de Talavera de la Reina (Toledo). Tras la ofrenda, hubo comida y palabras del presidente de la asociación, Bruno Vargas. Después, una orquesta interpretó el Himno de Riego, seguido de Bella ciao, y más adelante al calor del vino francés, temas como Tu querida presencia, Santa Bárbara bendita y Traigo la camisa roja, entre otras canciones.
Es voluntad de la asociación poner en la sepultura un retrato con la cara de Azaña en bronce, similar al del hotel Mercure (antiguo hotel Du Midi). Se necesitan 1.500 euros, cuantía que cualquier representante de Gobierno español o sede diplomática al uso se deja en media comida institucional.
Manuel Azaña fue enterrado en una sencilla lápida en el cementerio de Montauban tras fallecer en el exilio a los 60 años de edad el 3 de noviembre de 1940, dejando atrás un país y una joven viuda de 35 años recién cumplidos, Dolores Rivas Cherif, apodada después en México como la Tía Lola. Nacida en Chamberí (Madrid), jamás perderá su acento español, y siempre estará junto a él en sus detenciones, acompañándole en sus presidencias y, al terminar su vida, en aquella habitación número 2 del hotel Du Midi de Montauban. Como expone el historiador y primer presidente de la Association de Montauban, Jean Pierre Amalric, Dolores Rivas no acudió al sepelio porque estaba hundida.
La Tía Lola jamás renunciará a la nacionalidad española, aunque jamás regresaría a su país. Preguntada por la religión de su marido, ella recordaba que, a pesar del discurso en el Congreso en el que pronunció la frase “España ha dejado de ser católica”, su marido “nunca prohibió la religión ni mucho menos; la separó del Estado, que no es lo mismo”. Al igual, insistía en que Azaña no recibió confesión antes de morir, si bien es cierto ella llamó al obispo de Montauban y este acudió a verles, pero lo hizo en calidad de amigo.
Dolores Rivas recordaba cómo la Guerra Civil le costó la vida a su marido: “En Francia se acabó todo…”. Contaba también que les ofrecieron acudir a la Embajada de México en Francia, pero su marido se resistía, decía: “A los del campo de concentración, ¿quién les saca?”.
Décadas después, ya en democracia con el Gobierno de Suárez, a Dolores Rivas se le ofreció trasladar los restos de Manuel Azaña al Valle de los Caídos, como forma de deslegitimar el lugar y legitimar al último presidente de la República, pero la propuesta, basada en la frase del propio Azaña “paz, piedad, perdón”, fue rechazada de forma rotunda por su viuda, que se negó a sepultar a su marido junto a Franco. Ya fallecida Dolores Rivas, se produjo un segundo frustrado intento siendo presidente José María Aznar de repatriar sus restos. Pero, claro, el presidente Azaña legislaba y Franco asesinaba. La vida política de Franco nace de asesinar la soberanía nacional, y muere en una angustia interminable para todos.
Manuel Azaña crece en medio de una España ensimismada tras el desastre del 98, y mientras algunos de sus compañeros de generación comulgaron después con la dictadura de Primo de Rivera, él desarrolló su ideales democráticos dentro de la República como única forma de gobierno, frente a esa monarquía borbónica enfangada la corrupción. El propio José Ortega y Gasset, ambos de la generación del 14, queda prendado del discurso de Azaña y su gran oratoria. Azaña es un gran orador en un tiempo en que hubo magníficos oradores.
Como jurista de izquierdas será reformista y favorable a la democracia parlamentaria y a la justicia social, apoyando la Constitución de 1931 que elimina la monarquía, proclama la soberanía del pueblo y establece el sistema republicano y democrático. Desde el gobierno legítimo, como ministro de la Guerra aprueba la reducción de oficiales en el Ejército, la aminoración del tiempo del servicio militar y la separación de milicia y política, unas medidas dirigidas en especial a los generales africanistas, Franco entre ellos. A su vez, es fiel defensor de la laicidad y el anticlericalismo y la educación pública, no la religiosa. Todo ello alimentará la espiral de odio que se que se tradujo en el fracasado golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936, y después la Guerra Civil, sobre la que Azaña, desde el principio, sabe que no ganarán, por la neutralidad de Francia y Reino Unido.
Dos años después, la República aparece como un bando desmoralizado y dividido en dos grandes bloques. Por un lado, el del Partido Comunista y Juan Negrín como presidente del Consejo de Ministros y nuevo ministro de Defensa Nacional, bajo su idea de “resistir es vencer” o “hay que vencer o morir”, ambos cada vez con mayor influencia en el gobierno legítimo. Por otro, la idea de paz de Azaña y el socialista Indalecio Prieto, con quien comienza tener una relación de amistad. Azaña y Prieto tenían cada vez menos poder. Una guerra civil dentro de otra Guerra Civil.
Tras la batalla de Teruel y la contraofensiva republicana en la batalla del Ebro, con el general Rojo al frente de las tropas de la República –como refiere el magistrado emérito del Tribunal Supremo José Antonio Martín Pallín, en las academias militares internacionales se estudia al general Rojo, y no al general Franco–, Azaña fue consciente de las inmensas cicatrices producidas en la sociedad española para las siguientes generaciones. Por ello desde el histórico Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, el 18 de julio de 1938, Azaña pronuncia el más célebre de sus discursos: Paz, piedad y perdón. Y como escribe Luis García Montero: "Después de 80 años, emociona leer su discurso Paz, Piedad, Perdón, pronunciado, pensando en el futuro, en la Barcelona dolorida de 1938".
Tras pasar revista a una compañía de soldados, el 5 de febrero de 1939 Manuel Azaña abandona España, siendo este su último acto como presidente. La formación gritará: “Soldados, ¡viva la República! ¡viva don Manuel Azaña!". El 2 de febrero de 1939 se arriará por última vez la bandera republicana en España, en La Vajol (Girona), en la frontera con Francia. Una bandera que, como dijo Azaña, le “servirá de mortaja”, y que será encontrada en las dependencias de la Policía en Madrid, en 1984.
Francia y Gran Bretaña reconocen el 27 de febrero de 1939 al gobierno golpista de Burgos, por lo que Azaña presenta su dimisión ya en el exilio francés, porque sabe que todo está perdido.
La muerte de Azaña llegará en la madrugada del 3 de noviembre de 1940, en el hotel Du Midi. Gracias a las gestiones del embajador de México Luis Ignacio Rodríguez, el hotel fue convertido en legación de México, con la bandera de México, que sufragó la estancia de Azaña y los gastos del entierro. Su muerte fue precedida de una persecución de la Gestapo y la vigilancia extrema del policía Pedro Urraca, encargado por los golpistas para detener a las principales autoridades de la Segunda República en el exilio. Azaña recorrió Francia: Collonges-sous-Salève (Alta Saboya), París, Burdeos, Périgueux (Dordoña) y finalmente Montauban. Quien sí fue detenido por la Gestapo y llevado a España fue su cuñado Cipriano Rivas. La idea de Franco era ejecutar a Luis Companys en Cataluña y a Azaña en Madrid. La segunda parte del plan no le salió bien.
Quien escribió “nadie sabrá nunca quién ha sufrido más por la libertad de España”, y se definió como “un intelectual, un burgués y un liberal”, será enterrado en el cementerio de Montauban (Trapeze Q, section 7, allée des Canaris) el 5 de noviembre de 1939 con la bandera de México, pero no como mexicano. Y muy cerca de la sepultura, una fosa de artistas republicanos y la de Felipe Gómez Pallete, médico de Manuel Azaña, amigo de él, que fue rescatado de un campo de concentración, pero que el 15 de octubre de ese 1940 se suicidó.
En la ciudad de Montauban uno pasea y encuentra la rue de l'Égalité, la rue de la Resistance, que son hitos franceses logrados con ayuda los españoles y las brigadas internacionales. En colaboración con la Asociación se funda el Collège Manuel Azaña en Montauban, inaugurado en el año 2009. La conclusión en Francia y en México es la misma: se vive España y la República mucho más fuera que dentro.
No es casualidad que el presidente Azaña fuera enterrado con una bandera de México, gracias a este embajador, Luisi Rodríguez, que actuó ante la amenaza de que fuera inhumado con la bandera franquista, como pretendía el mariscal Pétain, y dejando esta reflexión para la historia: “Está bien, lo cubrirá la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza; y para ustedes, una dolorosa lección”. Cuenta la descendiente de exiliados Pilar Martínez Chaumel, cuyas fotos de su abuela sirvieron para los carteles de la exposición del 80 aniversario del exilio del Ministerio de Justicia, que la noche del entierro los amigos de Azaña retiraron la bandera mexicana y le velaron con la tricolor republicana, de común acuerdo con la autoridad mexicana.
Unas semanas antes, la madrugada del 22 de enero de 1939, su amigo Antonio Machado atravesaba la frontera del país galo, siendo esa su última noche en suelo español, junto con su madre Ana Ruiz de ochenta años, su hermano José, su cuñada Matea Monedero y otros amigos, y es en Francia donde Azaña descubre la muerte de su amigo Antonio Machado. En Francia y en 1939 esos dos grandes hombres se convierten en las dos grandes personalidades del exilio, transformando a su vez los cementerios de Colliure y de Montauban en dos símbolos del exilio español en Francia. Como recuerda Olga Arcos, del Memorial del campo de Argelès-sur-Mer, son dos tumbas que recuerdan que “el exilio es España y España es el exilio”.
En el año 2019 formé parte de la comitiva que viajó a realizar una ofrenda floral en la sepultura de Manuel Azaña. Recuerdo a Nicolás Sánchez Albornoz explicándole al presidente Pedro Sánchez que de los presentes él fue el único que estuvo presente en el momento en que Azaña fue proclamado presidente de la República en el Congreso.
Franco fue consciente de su nula capacidad como orador en comparación con Manuel Azaña. Por ello, el régimen inició una campaña de ridiculización del presidente Azaña. A día de hoy, Azaña es recordado por su valía como político, su literatura, y sus inmensos avances ante la igualdad de derechos y la soberanía del pueblo. Por el contrario, Franco sigue siendo un asesino.
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