Opinión
Una princesa en Madrid Sur

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Lo peor de todo, Su Alteza Real, será la Renfe. La puta Renfe. La puta C4, para ser exactos. Sentirá un odio veterotestamentario en el interior de su pecho cada mañana, cuando quizá todavía sea de noche y camine rumbo a la estación desde su apartamentito, que compartirá con cuatro o cinco desconocidos más allá de Villaverde Alto, y vea que se le pira el tren en las narices; pero eso no será nada frente a lo que sentirá al fijarse en las pantallitas que cuelgan sobre los andenes, ya lo descubrirá, ya, y vea que el contador para el próximo tren sube inexplicablemente de tres a seis minutos, de seis a ocho y de ocho a ad infinitum, no obteniendo más información que la voz indescifrable y enlatada de un señor sugiriéndole por los altavoces de la estación que le chingue a su madre. Literalmente. No exagero, doña Leonor, qué va; solo anticipo su lucha cotidiana: en pleno enero, se verá atrapada en un andén estrecho tan repleto de otros cuerpos que el frío inmisericorde de la meseta castellana será sustituido por una cálida humedad masticable con sabor a Axe de chocolate; aunque qué le voy a explicar a usted sobre lo que emanan los cuerpos proletarios. Ese aroma la empujará al interior de los vagones cuando al fin llegue el tren que la sumergirá, entre maldiciones y fantasías sánscritas contra Óscar Puente – o quien sea que tenga la cartera de Transporte en ese momento–, en las tripas hondas y largas de Madrid Sur, donde está su universidad. Qué bonito le parecerá Getafe, se lo aseguro.
Madrid Sur se parece a Madrid, solo que con más madrileños que turistas y con más inmigrantes que expats – ya entenderá también la diferencia si es avispada –. Aquí no tenemos ningún Retiro que haga de sus delicias, pero podrá pasear sin problemas por Polvoranca o El Soto de Móstoles, ya verá qué maravilla, y echarse una hamburguesa barata en el Oskar Burger o invitar a su futurible novio cani, no me falle en esta insigne tradición, a alguna de las marisquerías Moreno que hay en las orillas de las carreteras de circunvalación. La Universidad Carlos III, que lleva el nombre de uno de sus antepasados – me ha fallado usted: le pegaría más ir a la Rey Juan Carlos, no me pregunte por qué–, le parecerá un crisol extraño donde se topará con todo tipo de alumnos majetes, profesores repipis y también algún que otro nepobaby que tratará de camuflar sus apellidos mientras milita en organizaciones estudiantiles; verá usted qué amenas se le hacen esas asambleas de cuatro horas donde discutirá a voces, entre heladas acusaciones de revisionismo, si el texto de la pancarta debe escribirse con tinta roja o negra, y qué bien le caerán esos militantes profesionales que se venderán como estudiantes entusiastas.
Conocerá la santa palabra en los 100 Montaditos – los cienmons, aprenda a pronunciarlo bien – y visitará los viernes las discotecas del norte de Móstoles o la Jowke de Alcorcón. Es probable que a ciertas horas no tenga cómo volver a su piso y se enfade porque no haya ningún búho que comunique las ciudades dormitorio del Sur, pero no le importará porque acabará de after en casa de cualquier tirao de Leganés que viva de gorra en el piso con gotelé de su abuela difunta. Después de esas noches de juerga, mirará con culpabilidad su cuenta bancaria en rojos y le pedirá a su padre un Bizum para hacer la compra, aunque no siempre podrá permitírselo. Recuerde que sus progenitores se están privando de muchas cosas para que usted pueda estudiar y labrarse un futuro, así que aproveche bien el tiempo y esfuércese.
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