Opinión
Prohibir las redes sociales, ¿cuestión de clase?

Por Esperanza F. Nieto
Periodista
A veces me pregunto si desde algunas generaciones miramos a las redes sociales con cierta superioridad moral. Es cierto que los adolescentes (y no tan adolescentes ya) se pasan las horas haciendo scroll en tik tok sin ningún tipo de control sobre un algoritmo que utiliza los mismos mecanismos adictivos que las tragaperras. ¿Pero acaso nos tocó vivir tiempos mejores? En los 90 veíamos en la tele a un tal Jesús Gil desde un jacuzzi de Marbella, un delincuente acusado de corrupción y homicidio iinvoluntario. O un programa cuyo objetivo era, literalmente, desnudar a mujeres. Con esa televisión crecimos los millenial. ¿Se imaginan que hubiéramos prohibido la televisión?
No hay que elegir, el mundo hubiera sido claramente un lugar mejor sin Berlusconi y hoy lo sería sin Elon Musk , sin duda, pero a veces tendemos a ser más benévolos con nuestro pasado que con las generaciones más jóvenes. Un clásico.
Es cierto que hay un problema real con el enganche a las redes sociales que trasciende al contenido y hay que proteger al menos a la infancia del efecto narcotizante del móvil 24 horas, la ansiedad que genera, el ciberacoso o el acceso al material no apto para menores.
¿Pero la solución es la prohibición? A veces los vetos son la forma rápida de atajar un problema sin hacer un ejercicio propositivo un poco más complejo y acaba generando el mismo efecto que matar moscas a cañonazos.
Los niños y las niñas que usan menos las redes sociales son los que tienen las tardes con agendas apretadísimas que combinan inglés, tenis, baloncesto, piano, oboe, atletismo, baile o kárate. Los que más acaban abusando del móvil son los que se pasan las tardes eternas en casa con pocas alternativas socioculturales y menos dinero para acceder a una variedad diversa de extraescolares.
A veces el móvil y las redes son una salida fácil a horas monótonas sin otro tipo de estímulos que en muchas ocasiones requieren de un entorno familiar socioculturalmente alto. De hecho, las redes pueden ser en algunos casos una ventana hacia otros mundos incluso formativos, no todo lo que hay en la nube es un monstruo si se dan herramientas acompañadas de supervisión y una mente abierta.
Hay por tanto claramente un sesgo de clase en el uso de las redes sociales que hace más vulnerable a los jóvenes con menos recursos tanto por la cantidad de horas invertidas como por el contenido que reciben. Según un estudio de la Pompeu Fabra, el 40% de los adolescentes de clase baja reciben más publicidad de productos financieros de alto riesgo para obtener dinero rápido frente al 4% de niños de clases más acomodadas, por poner un ejemplo.
Así que sí, el acceso a las redes sociales por parte de menores sin control es un peligro, pero simplemente prohibirlas es ignorar los motivos y el contexto que conducen al abuso de los aparatos electrónicos. ¿Por qué no otras medidas? Más extraescolares gratuitas deportivas y artísticas, la creación de espacios abiertos para adolescentes en barrios que sean creativos y estimulantes para poder acceder a otro tipo de ocio o parques públicos con canchas cuidadas de deportes variados. Claro, estas medidas requieren dedicar más recursos económicos, idear otro tipo de ciudades y pensar en una educación mucho más integrada que trascienda la escolaridad obligatoria.
También hay otro elemento. ¿Qué tipo de redes sociales queremos? ¿Son todas malas per se? Y si reguláramos el tipo de algoritmo, el número de frames por segundo, por ejemplo, el tipo de contenido (no la ideología del mismo) que genera unos mecanismos atencionales u otros. Quizás es mejor entrar a regular qué tipo de redes en función de la edad y sus repercusiones cognitivas y neurológicas. Hay estudios sobre ello. Eso conllevaría justamente enfrentarse con mayor inteligencia a los tecno-oligarcas.
Soy bastante enemiga de las medidas prohibitivas sin alternativas y, por desgracia, este Gobierno está teniendo una tendencia a prohibir lo que podría resolverse con vías más difíciles de implantar pero que vislumbrarían un horizonte esperanzador. No podemos estar preocupados por la derechización de la juventud mientras las únicas salidas que se les dan son medidas coercitivas que no resuelven las frustraciones reales que viven los jóvenes.
¿Vamos a seguir regalándole el concepto libertad a la derecha? Sé que la libertad dista mucho de tener un móvil y acceso a las redes. Pero me temo que medidas como esta pueden seguir alimentando esa idea peligrosísima de que la izquierda siempre plantea mano dura con lo pequeño a la vez que muestra una enorme incapacidad política con lo que verdaderamente determina las condiciones materiales de nuestra clase.
Lo importante que se debería limitar, como es la propiedad de la vivienda, los fondos de inversión y los grandes tenedores, eso no se toca. Qué curioso. Como casi siempre en este gobierno, una enorme torpeza en las batallas culturales y guante de seda con los poderosos.

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