Opinión
Una propuesta ética frente al mundo oscuro de Palantir

Filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla
Como es sabido, la empresa Palantir Techonologies ha publicado un manifiesto para promover la imaginaria “república tecnológica” del futuro, una fusión de Silicon Valley y el Pentágono capaz de garantizar la supremacía militar de "Occidente" a través de la Inteligencia Artificial. El mismo nombre de la empresa, Palantir, de tintes siniestros -proviene de los cristales mágicos que Sauron (El señor de los anillos) utilizaba para espiar y corromper a la gente-, anuncia sus aspiraciones de hegemonía militar, de dominación a través de la fuerza bruta (hard power) y de desprecio por la democracia y la cultura, a la que califican de decadente y a la que tratan de "salvar".
El Manifiesto justifica el proyecto tecnofascista que propone por la necesidad de las grandes empresas tecnológicas de pagar la enorme "deuda moral con el país que hizo posible su ascenso", de la cual derivaría la "obligación positiva de participar en la defensa de la nación". Como era de esperar, el documento ha provocado un enorme revuelo en las redes.
Yanis Varoufakis respondió con un Contramanifiesto en el que comentaba, punto por punto, la macabra declaración. Para el economista griego, la "deuda inconmensurable" de Silicon Valley estaría relacionada con el rescate a "los banqueros delincuentes que destrozaron el sustento de la mayoría de los estadounidenses". Obviamente es a ellos, a esa élite financiera, y no "a la nación", a quienes serían leales, y de quienes serían fieles defensores los nuevos señores feudales. Sin embargo, en mi opinión, la mayor deuda se remonta a los orígenes; no olvidemos que internet nació de un proyecto del Departamento de Defensa de EEUU (ARPANET) a finales de los años 60 financiado íntegramente con dinero público.
En efecto, las plataformas tecnológicas, que hoy dominan nuestro mundo -y que concentran en sus manos una riqueza mayor que el PIB de muchos países-, se desarrollaron en las universidades y centros de investigación con dinero público. Silicon Valley se construyó sobre una enorme inversión del Estado, que asumió los riesgos, pero que luego cedió gratuitamente los beneficios y el control. Fue un proceso de privatización gradual: la transferencia a operadores privados de la gestión de la National Science Fondation en 1995 y la Ley de Telecomunicaciones en 1996 -que desreguló el sector y permitió la concentración empresarial masiva- fueron hitos claves en ese proceso. En definitiva, el Estado se descapitalizó a cambio de nada: regaló infraestructura y protegió legalmente a las plataformas sin exigir contrapartidas a cambio. Como es sabido, el mecanismo de transferencia de lo público a lo privado es moneda corriente en otros muchos sectores, como la educación o la sanidad. Ocurre que luego los grandes empresarios que defienden la autorregulación del mercado olvidan con mucha facilidad la financiación pública y la legislación favorable sobre la que se levantan sus imperios multimillonarios.
Pero no se trata solo de acumulación de riqueza, sino de control, de dominación. La economía digital se ha convertido en un sistema extractivo que no solo genera riqueza, sino que privatiza y secuestra funciones que antes eran del Estado y de la ciudadanía. Este es el corazón del concepto de "tecnofeudalismo" (Y. Varoufakis): con nuestros impuestos, datos y trabajo alimentamos a una élite de millonarios que ahora reniega del sistema y pretende devorar al padre-Estado. Utilizan las infraestructuras públicas (internet, carreteras, sistemas educativos de sus empleados, protección policial y militar para sus mercados) pero eluden impuestos, escapan a regulaciones y se niegan a devolver nada al fondo común. Como gozan de un poder inmenso sobre las conciencias, ya no necesitan las urnas para legitimarse, les basta con controlar el deseo y las necesidades de los ciudadanos. Y es que, efectivamente, toda nuestra vida transcurre a través de las pantallas: la información, el trabajo, las relaciones… Estamos ante la eclosión de un inmenso poder privado que aspira a ser soberano.
Obviamente, el riesgo para la democracia no es retórico: si el debate público, la identidad digital y el acceso a los medios de vida dependen de señores feudales que no rinden cuentas ante ningún Parlamento, el concepto de soberanía popular se vacía completamente. Ya no hablamos solo de "capitalismo de vigilancia", sino de una estructura de poder que puede decidir: controla toda la información que circula, quién puede operar económicamente y qué conflictos se difunden o se silencian. De ahí que la gran cuestión política de nuestro tiempo no sea ya la lucha entre el Estado y las empresas, sino la lucha por la propia democracia, la defensa de la idea de lo público, de lo común.
En este contexto, no resulta nada extraño que la democracia liberal se haya convertido en un estorbo para los capitalistas de la nube -al fin y al cabo, las Constituciones son normas que limitan los abusos que conlleva la acumulación del poder. Ahora, sintiéndose ya dueños del mundo, han visto llegado el momento de ocupar el Estado democrático para vaciarlo, y programan el asalto final, no ya para abolirlo, sino para reducirlo a una coraza vacía, una coartada legal que conserve la apariencia de soberanía popular mientras por dentro funciona como el comité ejecutivo de cualquier empresa. El fin último de este siniestro proceso de desposesión se concreta en la toma de decisiones que afectan a la vida cotidiana, las cuales ya no dependerían de los parlamentos, sino de dichos consejos de administración: la ciudadanía vota, pero el algoritmo decide.
En semejante escenario, la lucha contra la desigualdad habrá dejado de ser el objetivo de nuestro tiempo; de hecho, en el Manifiesto se hace explícita la pretensión de que la idea misma de igualdad democrática es un error. En su lugar, el nuevo espíritu de la época proclama la desigualdad esencial de individuos y naciones, la superioridad de unas frente a otras, la violencia como herramienta legítima y la verticalidad más cruel, todo ello expuesto sin tabúes ni vergüenza.
Una vez conquistado el dominio económico y legal, la gran batalla cultural se libra en el campo de la ética, que ha sido fagocitada, reinterpretada como una subcategoría de lo woke con el objetivo de degradarla. Curiosamente, quienes critican las guerras culturales caen en la gran paradoja de librar una guerra feroz contra "lo políticamente correcto". Si la ética se ha convertido en un freno para la acción de la élite tecnológica, la propuesta es desactivarla: en lugar de un imperativo moral, que emana de la propia naturaleza y condición humanas, la ética se presenta como una simple moda inoportuna y hostil. Quizás sea esta la operación ideológica más inquietante y perversa de nuestro tiempo, porque trata de vaciar el lenguaje de la tradición ética universal. Recordemos que durante siglos, la lucha por la igualdad, la dignidad y la justicia se libró en nombre de la ética y la razón, desde la Ilustración hasta los derechos civiles. Al conceptualizar toda esa tradición como woke están despojándola de su legitimidad filosófica y rebajándola ontológicamente de imperativo universal a una simple costumbre pasajera.
Según los autores del manifiesto, es de ese ropaje moral del que habría que despojar al Estado. Para empezar, de la empatía, esa absurda tendencia a psicologizar la política obligando a interiorizar visiones de personas a las que nunca podríamos conocer (punto 10). Para seguir, de la ridícula defensa de la razón colectiva, que convierte al debate deliberativo en el centro de la vida común (puntos 5 y 7); de la acomplejada afirmación de la igualdad, esa muestra de debilidad que consiste en defender las diferencias, y el sentimiento de pudor, propio de la moral de esclavo, que lleva a relativizar la superioridad de ciertas culturas sobre otras (punto 21). El Manifiesto declara la muerte del poder persuasivo blando y bendice el hard power, basado en la fuerza militar y en la capacidad económica. La hoja de ruta política diseñada por Palantir legitima las intervenciones armadas, las invasiones y las amenazas de guerra, la imposición de sanciones, bloqueos comerciales, aranceles o el uso de ayuda económica como herramientas de presión. El Estado debe despojarse de cualquier exigencia ética, los funcionarios no tienen por qué ser nuestros sacerdotes; ha llegado el momento de la fuerza bruta.
Al degradar la ética, se deslegitiman de un solo golpe las aspiraciones feministas, de regulación ambiental, la solidaridad con los migrantes, el respeto a la diversidad, la reivindicación de justicia fiscal…, todo desaparece bajo la categoría efímera de lo woke. El propio concepto de lo "humano" está bajo sospecha. Si defiendes la igualdad, eres un moralista woke. Si criticas a un multimillonario, eres un woke resentido y envidioso. Si hablas de justicia o de igualdad, es que te han comido el cerebro con la ideología de lo políticamente correcto. El resultado es una inversión total de valores en la que la fuerza bruta se presenta como realismo valiente y la compasión como debilidad. Estamos ante un dispositivo retórico capaz de neutralizar cualquier reivindicación de los Derechos Humanos, la democracia y la ley.
El ataque a la ética no supone solo una ruptura discursiva, tiene una dimensión factual, que se observa, por ejemplo, cuando los líderes anuncian impúdicamente a bombo y platillo los crímenes contra la humanidad que van a cometer. Hay en este cinismo públicamente exhibido un salto cualitativo con respecto a otras épocas de dominación: antes se ocultaba la barbarie bajo coartadas morales (la defensa de la democracia, del progreso, la civilización). Ahora la misma confesión del crimen se convierte en una exhibición de poder y una nueva forma de legitimación. Reconocer un genocidio, reírse de la compasión, insultar a una periodista públicamente diciéndole "cerdita" o humillar a otros líderes no son errores de comunicación ni exabruptos, son actos performativos diseñados para demostrar que no se necesita la aprobación externa, que el líder está por encima de la ley y de la moral, que ningún Tribunal le alcanza.
Al mismo tiempo, al verbalizar el crimen lo normalizan. Cuando Netanyahu dice que tiene que "terminar el trabajo" en Gaza, la primera vez provoca náuseas; luego la repetición lo va convirtiendo en parte del paisaje, y termina siendo un hecho asumido, no sujeto a debate. Para ese momento, la ética ha dejado de ser operativa. No es que la violen, es que no la reconocen como marco, como base constitutiva de la naturaleza humana.
Si se puede presumir de violento y cruel es porque también el mal ha sido redefinido como "fuerza", "arrojo", "audacia", "valentía" y, sobre todo, como ejercicio de "libertad". Presumir de carecer de ética se ha convertido en una marca de clase: es el tiempo de la brutalidad como identidad; de la crueldad como programa.
El propio concepto de "humanidad" está en juego. Y no parece que el futuro nos depare ningún superhombre, ningún “hombre aumentado” o una élite superior, porque en la ética, que es donde está nuestra debilidad aparente, está también el origen de toda nuestra fuerza como especie. Así lo han demostrado las investigaciones de Antropología y Biología evolutiva: los humanos no triunfamos como especie por ser los más fuertes individualmente. Fue la cooperación, el cuidado de los vulnerables, la transmisión del conocimiento, la capacidad de imaginar el dolor ajeno lo que nos trajo hasta aquí. Podríamos decir que la ayuda mutua ha sido la tecnología social avanzada que permitió que un primate frágil y lento sobreviviera, se organizara y llegara a escribir sonetos, a medir agujeros negros, a compadecerse de un desconocido al otro lado del mundo.
La ética es un imperativo que nos protege como especie y garantiza nuestro pleno desarrollo; un escudo defensivo de la dignidad humana frente a la deshumanización, la violencia y la cosificación del otro. Ellos prometen la llegada de un superhombre -el señor feudal algorítmico, el ingeniero sin escrúpulos, el multimillonario marciano- pero en realidad están gestando a un primate elemental con un poder devastador a escala planetaria.
Estamos de acuerdo en que hay una contradicción insalvable entre el humanismo y el nuevo capitalismo de Estado que proponen las tecnológicas. Es este el gran dilema de nuestro tiempo. Palantir apuesta por la acumulación económica a favor de una élite, que usará el poder fuerte de la oscuridad, la destrucción y la muerte. La mayoría social debería asumir la urgencia de defender de forma radical nuestra humanidad. Solo la certeza de que nuestra fuerza como especie está justo donde ellos ven nuestra debilidad mantiene viva la posibilidad de un futuro que merezca ese nombre.


Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.