Opinión
Protectores de lo que mola

Por Oti Corona
Maestra y escritora
Ayer fui al súper y me topé con una crema hidratante que protege tu cutis contra el envejecimiento, con un champú que repara y protege tu cabello, con unos yogures que ayudan a tus defensas y con un detergente que protege tu ropa de la decoloración. Tanto mirar con un ojo a Irán y con el otro a Trump y resulta que el peligro está aquí mismo, en tu epidermis, en tu cuero cabelludo, en tu lavadora. Por la noche le di un par de vueltas al asunto y deduje que la vejez nos envuelve en pellejos, pero eso no es de ninguna manera una amenaza, que el cuerpo tiene sus defensas y puede prescindir de según qué ayudas y que el champú en cuestión, que trae bien de sulfatos, te dejará el pelo hecho un Cristo, diga lo que diga el eslogan publicitario. Esta mañana, al levantarme, he activado mi sistema de alarma corporal contra cualquier producto que insista en rescatarme de la nada.
Durante el desayuno me ha ocurrido como cuando aprendes una palabra nueva y de pronto te la encuentras en todas partes: me ha asaltado en youtube el vídeo de un tipo que asegura que la mujer necesita un hombre que la proteja. Ya saben, uno de esos capullos que se compran en el Wallapop un butacón, una cámara y un micro de los de alcachofa y se creen Jimmy Kimmel.
El macho es protector por naturaleza, ha dicho, y yo le he preguntado que de qué nos tienen que proteger los hombres. Lástima que los gritos no se transmitan a través de la pantalla porque sería maravilloso escuchar de su boca la respuesta, que es una y solo una: de otros hombres. Me habría encantado verle soltar el micro alcachofero para sumar dos y dos con los deditos a ver si sacaba alguna conclusión.
Y conste que vivir con un guardaespaldas me parece un planazo: ¿Que el rentista abusón de turno te sube el alquiler quinientos euros de golpe? Zas, ahí va el guardián a darle de puñetazos. ¿Que tu jefe se niega a pagarte las horas extras? Ahí vuelve de nuevo él con su mamporro. Y así con todos los abusos del día a día, que no son pocos. Por desgracia, en esos casos los héroes ni están, ni se les espera. Ellos aspiran a protegerte de lo que mola: una invasión alienígena, una guerra interestelar, un ataque zombi. De lo que no pasa nunca, vamos.
Con los machos protectores se da una circunstancia curiosa y es que suelen estar en contra de las leyes que combaten la violencia de género. Es raro, ¿no? Cuesta imaginar, por ejemplo, una brigada anti-accidentes de tráfico que rechace las normas de circulación. Quieren socorrerte ellos, sin que nadie se inmiscuya. Miren a los señores de VOX, que pretenden eliminar la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (LIVG) y meterla dentro del término "violencia intrafamiliar". Es más que conocida la manga ancha de este partido con la violencia machista, que solo es auténtica si quien la ejerce es un oponente político o un extranjero oscurito de piel. Intentan convencernos de que a una chica le sobran las leyes si vive al abrigo de un hombre de los nuestros, de un varón en modo escolta. En otro momento hablamos de los ángeles custodios que matan a su mujer cuando esta escapa a su control. Van diez asesinadas este año, además de dos niños, y acabamos de estrenar marzo.
Aún así, supongamos que una mujer acepta que un hombre se responsabilice de su seguridad. ¿Qué es lo primero que hará él? Exacto. Restringir sus movimientos. Controlar con quién habla. Exigirle que no llame la atención, que ponga de su parte. Recordarle a menudo que los peligros acechan. Ella tendrá dos opciones: bien acatar órdenes o bien saber que él la considerará culpable si sufre una agresión. Llegados a ese punto, si ella se indigna, él se enfurece. Le dirá que cuando se van de vacaciones cierran la casa con llave y que no airean los billetes de la cartera al salir a la calle. Que hay que cuidar aquello que se aprecia para no tentar a la suerte. La que no huya por patas sufrirá una metamorfosis: de sujeto de derecho a objeto a proteger. Como una casa o una billetera.
Lo peor es que las mujeres sí queremos sentirnos protegidas. Lo mismo que los hombres, por cierto. Pero no a manos de un rudo hombretón dispuesto a dar su vida en el apocalipsis, sino de elementos bastante menos épicos: de unos sistemas de salud y educativo eficientes, públicos y gratuitos, de un gobierno que garantice salarios dignos y buenas políticas de conciliación, y a tirar del hilo hasta que emerja todo el Estado del bienestar. Porque esa es nuestra principal garantía de seguridad, y no un garrulo cavernícola agarrado a una alcachofa.
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