Opinión
Queremos esclavos blancos

Investigador científico, Incipit-CSIC
Hace poco participé en un congreso en un campus nuevo al norte de París. Mi hotel estaba en el centro, pero durante un par de días caminé varias veces los cuatro kilómetros a la universidad. Me gusta caminar: es la única forma de ver lo que no aparece en las guías turísticas. Y en las guías turísticas aparece Montmartre, claro, pero no lo que hay un poco más allá. De repente, todo cambia: los negocios, los bares, el aspecto de las calles y la gente. Y uno se encuentra en África subsahariana. Restaurantes senegaleses, tiendas de ropa de Mali y peluquerías afro. Las lenguas que se escuchan y el atuendo de la gente no es el de un par de kilómetros más al sur. Hasta huele distinto.
París ya no es París, diría un racista fino. Puede ser. Pero es que París nunca ha sido París. Lo sabríamos si no nos hubiéramos olvidado de cómo era la clase obrera hasta hace poco.
Históricamente, la burguesía ha percibido la clase trabajadora en clave de alteridad. Le horrorizaban sus costumbres tanto como las de los "salvajes" de África. Y tiene su lógica: a las obreras y obreros se las reclutaba de las zonas rurales, donde se hablaban lenguas incomprensibles y se practicaban costumbres incivilizadas.
Una vez en París o Hamburgo, las tradiciones de la gente campesina evolucionaron en contacto con las urbanas, pero siguieron conservando la marca de la diferencia: desde la lengua o el acento a las formas de socialización. Han existido culturas obreras como han existido culturas campesinas.
De hecho, a ojos de un burgués parisino del siglo XIX, la interna bretona en el piso del Bulevar Hausmann no era muy distinta de la trabajadora en una plantación de cacao en Costa de Marfil. Ambas medio salvajes y por lo tanto inferiores -cultural y racialmente.
El lenguaje que se utilizaba para describir a obreros y colonizados era, de hecho, similar: hasta bien entrado el siglo XX, la burguesía veía a los obreros como gente tosca y de usos extraños -además de pendencieros, ruidosos y moralmente degradados. Es más, abundan las comparaciones explícitas entre gente colonizada, obrera y campesina. Toda ella formaba la masa bárbara opuesta a la elite civilizada. Una masa, eso sí, imprescindible para que funcionase el capitalismo colonial que hacía posible el bienestar burgués.
Las políticas sociales del último siglo fueron disolviendo esa alteridad obrera (aunque nunca del todo). Al mismo tiempo, la antigua clase trabajadora fue ascendiendo socialmente. Trabajos y penurias se fueron externalizando: se enviaron las industrias fuera de Europa, los empleos más duros y peor remunerados recayeron en inmigrantes.
Y los inmigrantes han traído consigo de nuevo la diferencia. Como en el siglo XIX y XX. Solo que ahora no son bretones o gallegos, sino peruanos y malienses.
Se suele decir que en el fondo no hay racismo en el rechazo al inmigrante. Que es clasismo, porque nadie se queja de los jeques árabes ni de los millonarios venezolanos. Es cierto solo en parte: por un lado, las elites extranjeras viven aisladas en sus burbujas -el contacto es mínimo. Por otro, el discurso que se utiliza para rechazar a la gente migrante de clase trabajadora recuerda demasiado el discurso de hace un siglo, que combinaba sin problema racismo y clasismo.
Es más, diría que el rechazo actual es más racista incluso que el del XIX, porque ahora la dicotomía se establece de forma tajante en términos étnico-raciales: los españoles o franceses de toda la vida frente al extranjero. Hoy nadie metería en el mismo saco a un señor de Asturias y a un wolof de Senegal como sucedía hace siglo y medio.
Durante mucho tiempo, se desarrollaron en Latinoamérica programas de atracción de inmigrantes europeos para blanquear países donde dominaba la población indígena, afrodescendiente y mestiza. Tras la abolición de la esclavitud y otras formas de servidumbre, las elites todavía necesitaban esclavos. Pero los preferían blancos.
Un siglo después, seguimos prefiriendo esclavos blancos. Y a poder ser, de cercanía.


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