Opinión
El quijotismo de Pedro Sánchez

Escritora y doctora en estudios culturales
La otra tarde, bajo un sol primaveral de esos que aporta calidez pero aún no quema, salí a caminar por la orilla del Guadalquivir, como hago a menudo: las visiones de un río caudaloso por el tramo de Córdoba, donde pueden contemplarse un gran número de aves en zona protegida, junto a joyas arquitectónicas como la Mezquita o el Puente Romano me dejan siempre extasiada, como si me reconciliase a la vez con la naturaleza y un género humano capaces de semejante belleza. El deporte, con su particular carga de endorfinas, contribuye a esa sensación de plenitud, gratuita y tan al alcance de la mano que me parece un auténtico milagro; hasta que, llegando a las cercanías de un parque infantil, mientras escuchaba a los niños gritar movidos por el balanceo de los columpios, me vino a la mente la imagen opuesta: en blanco y negro, esa infancia borrada de repente por la guerra, solitario el enclave y untado de escombros. Pensé: ¿cuánto va a durar esta estabilidad política que tanto nos regala? Continué andando, ya rumbo a casa, notando un nudo en las vísceras que me remitía a las últimas noticias: los bombardeos de Irán impulsados por Israel y Estados Unidos; las respuestas inmediatas del país persa en puntos estratégicos de la región, incluido Chipre, miembro de la Unión Europea. Apenas unos minutos bastaron para que la actualidad me devolviese al punto muerto del horror, a la violencia que no cesa.
Hay algo de esta época que penetra en la más calma de las cotidianeidades y la devora por dentro. Hemos visto el genocidio del pueblo palestino en directo, cuyo dolor sigue perpetuándose en el tiempo. La intervención militar en Venezuela nos produjo un estupor inenarrable, al igual que el ataque a un régimen despreciable como el iraní, perpetrado desde la violación de la legislación internacional y sin el beneplácito del congreso de Estados Unidos. Ahora comprobamos cómo algunos países europeos, ésos que repudiaron en su día una posible aventura imperialista en Groenlandia –territorio de Dinamarca y, por lo tanto, oficialmente suelo comunitario– apoyan esta escalada bélica en el Golfo auspiciada por Trump bajo el paraguas de justificaciones tan poco éticas como temerarias. Que el mundo se encuentra envuelto en una crisis de sentido en pleno desmoronamiento de las normas que antaño lo sostuvieron era evidente; pero la sinrazón roza ya tales niveles que cuesta trabajo mantenerle el pulso, no digamos explicar lo que se asemeja al comienzo de un final civilizatorio. ¿No deberíamos estar ahorrando recursos naturales –entre ellos el petróleo y el gas– para fines relacionados con la supervivencia de nuestra especie? ¿No podríamos emplear la poca inteligencia que nos queda en asegurar la paz por vías diplomáticas y garantizar una ecología más benévola? En vez de eso, una agresividad ascendente lo embarra todo, hasta los ojos.
Sin embargo, en medio del caos y la ilegalidad rampante, el gobierno de España –ese país secundario de un tablero geopolítico marcado por la posesión de armas nucleares–; y, en particular, Pedro Sánchez, se han lanzado a completar una hazaña quijotesca que busca contener la avalancha de barbarie con sólidas dosis de coherencia. La prohibición de que Estados Unidos utilice las bases de Morón de la Frontera y Rota como puntos de apoyo para las contiendas que su mandatario prometió no fomentar ha caído como un jarro de agua fría entre las llamaradas del incendio. Arriesgándose a una batalla comercial que incumpliría, de nuevo, el marco jurídico vigente, Sánchez ha desplegado un aparato discursivo y ejecutor valiente, en cuanto que recuerda los mecanismos creados a lo largo de décadas para que exista un orden internacional sujeto a una lógica democrática. Por eso, ha entonado un 'No a la guerra' que evocaba el repudio masivo de la sociedad a esta conflagración de 2003 en Irak; memoria y estrategia a partes iguales. Sabemos que su mayor virtud quizá radique en un ojo avizor experto en política exterior: lo demostró durante la pandemia, y en la gestión de una crisis energética avivada por la guerra de Ucrania. Ahora, algo tan simple como ampararse en la ONU y aludir a la soberanía para no dejarse arrastrar por la oleada de exterminio que recorre el planeta casi se torna un esfuerzo heroico, también frente a la oposición, que, con la boca llena de patriotismo no detiene su genuflexión vasalla, así muramos por la inflación o las bombas.
Como ya dije en otra ocasión, hay que desescalar , y eso implica taladrar la opinión pública hasta que cale el mensaje de la diplomacia y el multilateralismo; desfazer entuertos en los parlamentos y en cumbres internacionales; hacer entender a la ciudadanía que podríamos estar muy cerca de perderlo todo: los ríos, el patrimonio, y los parques infantiles llenos. También, que ya hay quien lo ha perdido y la postura de España no puede ser exclusivamente resistente, sino también restaurativa, aunque sea un actor relativamente débil en la ecuación –cuántas veces salió el Quijote apaleado–, pero con la voz firme de los fuertes. Ahí reside el poder de la literatura.
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