Opinión
La rebelión global frente al genocidio en Gaza

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
La detención de los activistas de la Global Sumud Flotilla por parte de Israel no es solo un episodio más en el largo historial de vulneraciones del derecho internacional. Es la expresión más descarnada de cómo un Estado se sitúa deliberadamente al margen de las normas internacionales con la complicidad activa de los gobiernos occidentales. Y, al mismo tiempo, es la prueba de que la opinión pública global ya no compra el relato oficial israelí: cada vez resulta más evidente que se trata de un régimen de ocupación que somete a un pueblo entero al hambre, al castigo colectivo y, hoy, al genocidio.
Lo que está en juego aquí no es solo la interceptación de un barco cargado de activistas pacíficos. Lo que se cuestiona es la legitimidad de un sistema internacional que permite a un Estado actuar al margen de las normas que él mismo ha ratificado, con el silencio cómplice de las potencias occidentales. Y, sobre todo, lo que se pone de manifiesto es la distancia creciente entre las sociedades civiles y sus gobiernos, una fractura que empieza a marcar el pulso de la política internacional.
El Convenio de Montego Bay de 1982, base del derecho del mar, establece con claridad que ningún buque civil en aguas internacionales puede ser interceptado salvo en supuestos muy concretos: piratería, trata de esclavos o transmisión ilegal. Nada de eso concurría en este caso. La Global Sumud Flotilla transportaba activistas pacíficos y ayuda humanitaria. Israel, sin embargo, decidió abordar y detener a sus tripulantes en una nueva violación del derecho internacional. Asimismo, el Manual de San Remo recuerda además que los bloqueos militares solo pueden ser legítimos si cumplen requisitos de proporcionalidad, necesidad y respeto a la población civil. El bloqueo a Gaza no cumple ninguno de ellos puesto que se trata de un castigo colectivo que priva a más de dos millones de personas de acceso a alimentos, medicinas, energía o libertad de movimiento. Lo que Israel llama “seguridad” es sencillamente una herramienta de dominación colonial.
Israel lleva décadas justificando su violencia bajo la coartada de la defensa frente al terrorismo. Ese marco discursivo ha sido eficaz durante años, especialmente en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, la realidad de los hechos ha erosionado esa narrativa. Las imágenes de activistas pacíficos siendo detenidos en aguas internacionales, de barcos cargados de ayuda interceptados, de población civil castigada colectivamente, socavan la legitimidad de ese relato.
La Global Sumud Flotilla ha logrado lo que se proponía: visibilizar lo que Israel quiere ocultar. Ha colocado el foco internacional sobre el carácter ilegal del bloqueo, sobre el uso de la fuerza contra civiles desarmados y sobre la impunidad con que actúa un Estado que sabe que no será sancionado por sus aliados. La verdadera victoria de la flotilla no era únicamente alcanzar la costa de Gaza, sino romper el cerco mediático y narrativo que mantiene a la comunidad internacional instalada en la inacción.
Un elemento central que no puede pasarse por alto es el papel de la juventud. En los últimos meses hemos visto oleadas de movilización juvenil en todo el mundo que van desde estudiantes que ocupan universidades en Estados Unidos y Europa, pasando por jóvenes que se movilizan en las calles de América Latina, hasta concentraciones permanentes frente a embajadas y consulados.
Se trata de una generación que no está dispuesta a aceptar el relato oficial ni a mirar hacia otro lado frente a un genocidio televisado en directo. Esos jóvenes, a menudo criminalizados, reprimidos y señalados, reclaman con claridad que no se puede hablar de democracia ni de derechos humanos mientras se apoye a un régimen que perpetra crímenes de guerra y de lesa humanidad. Y lo hacen con un grado de determinación y de transversalidad política que recuerda a los grandes movimientos sociales del pasado, con una diferencia fundamental, ahora lo hacen conectados globalmente.
Mientras tanto, los gobiernos europeos, incluido el español, han optado por respaldar de forma acrítica propuestas de “paz” que no son más que proyectos neocoloniales disfrazados de diplomacia. Se trata de planes diseñados para consolidar la ocupación y otorgar apariencia de legitimidad a un sistema de apartheid. El hecho de que esta propuesta emane de un político israelí buscado por el Tribunal Penal Internacional, acusado de crímenes de guerra y de lesa humanidad, debería ser suficiente para cuestionar no solo la validez del plan, sino también la propia legitimidad de quienes lo promueven. Aceptar semejante plan equivale a legitimar la impunidad. Equivale a normalizar la ilegalidad. Y curiosamente, esa ha sido la opción que han tomado las élites políticas europeas, incapaces de escuchar la voz de sus sociedades.
La detención de los activistas de la Global Sumud Flotilla vuelve a demostrar una verdad incómoda, aquella que muestra que la sociedad global va por delante de sus gobiernos. Mientras se siguen justificando lo injustificable, miles de ciudadanos en todo el mundo se organizan para denunciar la complicidad, para exigir coherencia y para reclamar justicia. Las universidades ocupadas, las manifestaciones multitudinarias, las flotillas internacionales, las campañas de boicot… todo ello forma parte de un movimiento ciudadano transnacional que ya no acepta la narrativa israelí ni el seguidismo occidental. Ese movimiento no solo defiende a Palestina. Defiende también la vigencia del derecho internacional, la idea misma de justicia global y la credibilidad de las democracias.
La Global Sumud Flotilla ha cumplido su misión. No porque haya logrado entrar en Gaza, sino porque ha puesto en evidencia la ilegalidad del bloqueo, ha mostrado la impunidad de Israel y ha evidenciado que la narrativa oficial se tambalea. Y, sobre todo, porque ha servido de catalizador para una movilización global que ya no se conforma con la pasividad de los gobiernos.
La sociedad ya ha respondido. Está en las calles, en las universidades, en los barcos de las flotillas. No piensa callar. Y esa es, quizás, la mayor derrota para Israel, haber perdido, esperemos que para siempre, el relato global.
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