Opinión
Una reflexión desde el miedo sobre la militarización de Ceuta

Por Jordi Calvo
Coordinador del Centro Delàs de Estudios por la Paz
Las últimas noticias sobre la violencia ejercida por los militares españoles hacia muchas de las personas migrantes que han atravesado la frontera de Ceuta este verano y que ha generado una de las crisis migratorias y políticas más importantes del país, nos tienen que llevar a una reflexión que abarque la complejidad de una cuestión tan relevante como la violencia militar sobre la población civil en un país.
La violencia atribuida a los militares españoles en Ceuta ha sido de todo tipo. Las denuncias recogidas por numerosos medios de comunicación y organizaciones de derechos humanos incluyen lesiones corporales, como heridas en la cabeza y la cara, cortes, hematomas, lesiones en la espalda y las extremidades, heridas que han requerido grapas y posibles daños en la visión, golpes a migrantes inmovilizados o mientras dormían, humillaciones y vejaciones, como obligar a jóvenes a arrodillarse, raparles el pelo, o forzar que se desnudaran. También ha habido denuncias sobre violencia psicológica, sensación de indefensión mediante amenazas, humillaciones y actuaciones intimidatorias, así como empleo de espráis irritantes, sustracción de dinero, ropa y teléfonos móviles.
Es urgente entender por qué estos militares se encuentran legitimados, envalentonados e incluso pueden llegar a considerar gracioso y divertido ejercer la violencia contra las personas migrantes. Es por ello pertinente entender la ideología, los principios y los valores que existen entre los militares españoles que maltratan, agreden y atacan a personas indefensas e identificar los discursos, las arengas y la ideología que legitiman su violencia. Como las de Santiago Abascal, quien dijo que “estamos ante una invasión y un acto de guerra”, o Pepa Millán, la portavoz de Vox quien afirmó que “Ceuta está vendida frente a un ejército de varones que la ha invadido”. También en el PP se ha contribuido a la violencia cultural en Ceuta, con las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo, o Isabel Día Ayuso, quienes calificaron la llegada de migrantes como una “invasión ilegal”. Todo ello, sin olvidar la responsabilidad atribuible al uso de las palabras avalancha, asalto e incluso invasión en titulares de no pocos medios de comunicación del país.
La violencia necesita verdugos, pero también necesita palabras. Cuando un diputado como José María Figaredo, de Vox, utiliza expresiones como “caza y pesca” para referirse a migrantes, no estamos simplemente ante una elección estética del lenguaje, estamos ante una forma de construir una realidad política, con una clara intencionalidad criminalizadora que alienta a la violencia.
¿Qué efecto político tiene llamar “invasor” a los jóvenes que han entrado en Ceuta huyendo de la miseria y la guerra? Un invasor es un enemigo. Y si quien llega es un enemigo, entonces la respuesta militar parece lógica. Por eso las palabras importan. Porque antes de militarizar una frontera hay que militarizar la mirada. Cuando esto ocurre corremos el riesgo de que la respuesta a una persona migrante empiece antes de saber quién es. Y disparar antes de preguntar.
Ceuta ya estaba muy militarizada
El líder de Vox, Santiago Abascal, el portavoz del PP, Miguel Tellado y la presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, entre muchos otros, han pedido insistentemente la militarización de la frontera en Ceuta, dando a entender que en Ceuta no había apenas presencia militar el pasado 30 de julio. Y que de haberla habido, todo hubiera ido mejor.
Nada más lejos de la realidad. Ceuta era ya, antes del 30 de julio, una frontera muy militarizada. El Ministerio de Defensa cuantificaba el 23 de mayo de 2025 que la Comandancia General de Ceuta estaba compuesta por algo más de 2.600 militares, que han aumentado hasta los 3.060 tras la crisis de este verano.
En la Comandancia ceutí hay varias unidades militares. En el acuartelamiento ‘El Hacho’ está el Regimiento Mixto de Artillería nº30, que integra un grupo de Artillería de Campaña y otro de Artillería Antiaérea, con armamento como obuses Otto Melara, obuses SIAC, cañones Oerlikon y misiles MISTRAL. Está también el Tercio Duque de Alba de la Legión, que cuenta con transporte blindado de personal y armas de apoyo a la Infantería. También está el Grupo de Regulares de Ceuta, que explica en su web que posee armamento, como fusiles de asalto, fusiles de precisión, y los b lindados URO Vamtac Rebeco o Nissan ML-6. También está el Regimiento de Caballería ‘Montesa’, una unidad blindada y mecanizada que cuenta con vehículos acorazados, entre los que destaca el tanque Leopard o el blindado Pizarro. Finalmente, Ceuta cuenta también con el Regimiento de Ingenieros nº7 y la Unidad Logística nº23 y el Batallón del Cuartel General.
Al ejército de Tierra hay que sumar la Comandancia Naval de Ceuta, encargada de vigilancia y seguridad marítima que cuenta con el Patrulleros de Vigilancia Costera y una estación de vigilancia. Por otra parte, la Armada española puede enviar, como efectivamente hizo, buques desde otras bases, como las fragatas Santa María y Navarra desde la base naval de Rota, o el Buque de Acción Marítima Rayo, de la base en Canarias. A estas hay que añadir el Patrullero de Altura desplegado en aguas del estrecho de Gibraltar y mar de Alborán.
Como vemos, Ceuta no solo está muy militarizada desde la crisis de este verano, sino que ya lo estaba antes de que ocurriera. De hecho, según las estadísticas del propio Ministerio de Defensa, sumando los efectivos militares de carrera y temporales destinados en cada provincia española y la Guardia Civil, la media española de militares y paramilitares por cada 1.000 habitantes es de 5,1. Cuando la presencia militar en Ceuta, antes de la crisis de este verano, era de 47,7, una cifra similar a la de Melilla. Es decir, la militarización en términos de número de militares y guardias civiles de Ceuta es, con este indicador, 23 veces superior a la de Barcelona y 9 veces superior a la media nacional.
Una militarización que es ahora mucho mayor, porque se han desplegado 1.000 militares adicionales este verano. Una presencia de fuerzas de seguridad todavía mayor si además sumamos que el Ejecutivo movilizó más de 500 policías y guardias civiles adicionales, hasta alcanzar los 1.700 efectivos desplegados en la ciudad y si añadimos una parte de los 137 efectivos de Frontex, de la operación MINERVA 2026, que se desarrolló del 10 de junio al 2 de septiembre en los puertos de Algeciras, Ceuta y Tarifa.
Es decir, a día de hoy, con las personas migrantes que se calcula que quedan en la ciudad, que son unas 10.000, estaremos hablando que hay un policía o un militar por cada dos personas.
¿A quién defienden los militares españoles?
A tenor de las declaraciones de los miembros de Vox sobre el rol del ejército y de las muestras de simpatía entre militares y agitadores de ultraderecha, he consultado un artículo publicado en The Journal of Politics académicos Francisco Villamil, Stuart J. Turnbull-Dugarte y José Rama titulado: “En torno al cuartel: el apoyo a la extrema derecha y las Fuerzas Armadas”, en el que se analiza en profundidad la ideología de los militares en el caso español.
El artículo alerta de los resultados de investigaciones sobre la presencia de la extrema derecha en los ejércitos occidentales y menciona el caso alemán, donde en 2017 hubo un complot de soldados de extrema derecha que pretendían atacar a inmigrantes, solicitantes de asilo y a políticos de izquierdas; el caso estadounidense en el que un quinto de los asaltantes al Capitolio en 2021 eran militares o estaban vinculados al ejército de EEUU; o el caso francés, en el que un grupo de militares publicó una carta en la que afirmaba que el Gobierno de Macron hacía concesiones al islamismo y advertía sobre una guerra racial.
Los investigadores apuntan a que existe una “superposición organizativa y cultural entre las Fuerzas Armadas y la ultraderecha” y que “los procesos de socialización propios de la profesión militar que hacen hincapié en el patriotismo recompensan los comportamientos acordes con los modelos dominantes de masculinidad y afianzan la admiración por el nacionalismo y el autoritarismo, hacen más probable que el conservadurismo se traduzca en apoyo a la extrema derecha”.
Sobre el caso español, los investigadores destacan que a finales de noviembre de 2020, un grupo de generales retirados dirigió una carta al rey Felipe VI en la que denunciaba al gobierno, que calificaba de socialcomunista, y que publicó un manifiesto en el que varios oficiales expresaban su apoyo a Vox. Y a través de un análisis de las encuestas de opinión diversos estudios sociológicos en España, que comparaban las preferencias electorales e ideológicas de los militares españoles con la población civil, concluyen que los militares españoles tienen casi cinco veces más probabilidades de votar a Vox que la población civil. Recordemos que las arengas que pueden haber animado a la violencia de los militares hacia las personas migrantes han provenido en su mayoría de líderes políticos de Vox.
¿Debemos tener en este país, otra vez, miedo del ejército?
Los militares son personas a quienes la sociedad atribuye y cede un gran poder, ya que son personas organizadas, con acceso a armamento y otros recursos públicos que pueden, si así lo deciden, poner en riesgo la democracia, cuestionar el Estado de derecho, y poner así en peligro la paz de un país. Con los riesgos que esto puede suponer para la legitimidad y el respeto hacia una institución como la militar, que en un país puede pasar de ser respetada a ser temida.
La enorme militarización de Ceuta, donde es probable que haya desplegados cientos de militares de extrema derecha, que pueden tener la tentación de seguir las consignas de cazar al migrante de alguno de sus líderes, ha sido un problema de seguridad, y puede serlo todavía más, para los más vulnerables de esta pirámide, las personas migrantes. Quienes han visto que una vez que han huido de la guerra de sus países, se han encontrado con que hay otra guerra contra ellos, injusta, indigna e ilegal, hecha desde la supremacía, el racismo y el machismo más vergonzante.
Y no olvidemos que después de los migrantes, vendrán otros. Como alentó el agitador ultraderechista Vito Quiles, rodeado de legionarios en Ceuta, gritando “¡a por los rojos!” O como dijo no hace tanto el general retirado Francisco Beca, en un chat de altos mandos militares retirados en el que formuló su deseo de que “salga otro mata rojos pero que esta vez no se quede corto, hay que aniquilar 26 millones, niños incluidos”.
Peligroso paralelismo con el fascismo
En el caso de Ceuta aparece, en los mecanismos de normalización de la violencia, la construcción de un “enemigo”, la militarización del espacio público y la aparición de grupos civiles que empiezan a ejercer funciones de persecución, cierto paralelismo con el ascenso de Mussolini y el fascismo italiano.
Porque en la Italia de posguerra, el fascismo no apareció de un día para otro con Mussolini en el poder. Entre 1919 y 1922 se produjo una combinación de crisis social, miedo, nacionalismo, debilitamiento de las instituciones y violencia política, al tiempo que las escuadras fascistas utilizaban la violencia organizada contra quienes identificaban como enemigos, especialmente socialistas y comunistas. Su actuación tenía además una estética y una lógica militar: uniformes, patrullas, marchas, ocupación de espacios y demostraciones públicas de fuerza.
En la Italia fascista, la violencia de las escuadras sirvió para intimidar a adversarios políticos y debilitar progresivamente las condiciones en las que funcionaba la democracia. El fascismo italiano consiguió presentar la violencia como una forma de restaurar el orden, la justificaba como respuesta a un país supuestamente amenazado, humillado o fuera de control.
Puede parecer exagerada la comparación, pero no hay que dejar de pensar que algunos de los mecanismos que históricamente pueden favorecer la radicalización autoritaria -miedo, construcción de un enemigo, nacionalismo exacerbado, militarización, tolerancia de la violencia extrainstitucional y debilitamiento de la empatía hacia determinados grupos-, están ocurriendo también en parte de nuestro país.
Necesidad de desmilitarizar la crisis humanitaria en Ceuta
En todo caso, sería injusto contar esta historia como si Ceuta fuese únicamente una ciudad de uniformes, miedo y rechazo. Existe otra Ceuta, la de quienes reparten comida, proporcionan ropa, ofrecen una ducha, acompañan a un menor, la de quienes abren las puertas de sus casas, y la de quienes continúan informando, aunque les insulten, amenacen e intenten amedrentar.
Porque la seguridad de una ciudad también se mide por la capacidad de sus instituciones y habitantes para recibir, atender y cuidar a quien se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad. Si una persona cruza irregularmente una frontera, puede existir una cuestión administrativa. Si una persona pide asilo, existe una cuestión jurídica. Si un menor llega solo, existe una cuestión de protección de la infancia. Si alguien se está ahogando, existe una emergencia de salvamento. Si una mujer está en peligro de sufrir una agresión machista, existe una emergencia de seguridad. Y ninguna de esas situaciones desaparece ni se resuelve con más militarización. Una política verdaderamente orientada a conseguir más seguridad en el largo plazo debería priorizar reducir las muertes y la violencia. Para ello tendría que abordar las rutas seguras, el acceso al asilo, la acogida, los traslados y la cooperación internacional.
Quizá la pregunta más incómoda de toda esta historia no sea qué hacemos con los migrantes, sino qué hacemos con la sociedad que estamos construyendo. La historia no se repite exactamente, pero puede advertirnos cuando determinados mecanismos empiezan a parecerse. Ceuta no es la Italia de Mussolini, ni toda política de seguridad conduce al fascismo. Pero una democracia tiene la responsabilidad de reconocer a tiempo aquellas dinámicas que pueden deteriorarla gravemente: el miedo convertido en discurso político, la construcción de un enemigo, la deshumanización del otro y la aceptación progresiva de la violencia como respuesta legítima.
Por eso la responsabilidad democrática, además de a los gobiernos, a los partidos o a las fuerzas de seguridad, corresponde también a la sociedad. A la ciudadanía que decide qué discursos tolera, a quienes miran hacia otro lado cuando se agrede al más vulnerable, a quienes confunden protección con persecución y, también, a quienes deciden ayudar, informar y denunciar cuando hacerlo resulta incómodo.
Quizá por eso la pregunta final no sea qué hacemos con quienes llegan a Ceuta buscando una vida mejor, sino qué hacemos nosotros ante lo que su llegada provoca en nuestra sociedad. Podemos responder con más miedo, más vigilancia y más violencia, o podemos exigir instituciones que protejan, periodistas que puedan informar, organizaciones que puedan ayudar y fuerzas de seguridad democráticas sometidas siempre a la ley. Porque la democracia no se demuestra cuando todo funciona y nadie cuestiona nada, se demuestra precisamente cuando somos capaces de defender los derechos de quienes resultan más fáciles de agredir y perseguir, incluso cuando hacerlo resulta impopular.
No podemos aceptar como normal aquello que hace unos años nos habría escandalizado. No podemos permitir que el miedo convierta a estos jóvenes en enemigos. Porque la historia del fascismo también nos recuerda que la erosión de una democracia no comienza necesariamente con su desaparición, sino mucho antes, cuando una sociedad empieza a considerar que algunas personas merecen menos derechos, menos protección y menos humanidad que las demás.



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