Opinión
El regreso de Dios

Periodista
-Actualizado a
Vivimos tiempos oscuros. Cuando creíamos que la luz de la razón iluminaría el porvenir y el progreso sería irreversible, el mundo se nos volvió un desquiciadero de chamanes, tarambanas y vendedores de crecepelo. En la pantalla de nuestro teléfono, el expresidente de Brasil se pega un lingotazo homeopático en medio de una pandemia. En una emisora de radio, el presentador cede el micrófono a un julái que escupe sobre la tumba de Ptolomeo y jura por todos sus muertos que la Tierra es plana. En las redes sociales, una lunática con diploma anuncia que destapará a los perpetradores del experimento climático que desató la DANA en València.
Una vez descartada la ciencia, nada escapa al regreso de lo religioso, a veces con nostalgias de la España cañí y muchas otras veces en forma de cultos nuevos. Hay sectas del burpee, gurúes, conversos y estafadores piramidales que prometen un cielo de lamborghinis y piscinas. Una devota llama "satanista" a Pedro Sánchez frente a los juzgados de Plaza de Castilla. Un influencer con ínfulas apostólicas recorre las universidades pastoreando rebaños cayetanos que lo vitorean como feligreses en el sermón de la montaña. "¿Atisbamos un momento católico?", se pregunta el ABC al tiempo que interpone sus propias conclusiones demoscópicas: los jóvenes están regresando a la religión.
Hoy la prensa sitúa el nuevo álbum de Rosalía en los aledaños del christiancore, esa suerte de cristianismo pop brotado de las entrañas de TikTok con propósitos más estéticos que doctrinales. Hay quien evoca a Madonna cantando "Like a prayer". Otros recuerdan a Lady Gaga vestida con hábito blanco. Más cerca en el espacio y en el tiempo, C. Tangana y Nathy Peluso bailaron bachata en la Catedral de Toledo al son de "yo era ateo pero ahora creo". Las Flos Mariae volvieron a la moda en La Mesías de los Javis. Antes, en plena pandemia de Covid, el diario El Mundo había puesto en portada a Isabel Díaz Ayuso caracterizada como Mater Dolorosa.
El Gobierno de Trump encarna como ninguno esa mezcolanza entre el parloteo viral, los bulos negacionistas y un uso instrumental de la iconografía religiosa. Antes de llegar al Departamento de Salud y en contra del consenso científico, Robert Kennedy había relacionado las vacunas con el autismo. En septiembre, Florida se convirtió en el primer estado en anunciar el fin de la vacunación obligatoria para escolares. Por fortuna siempre queda el refugio de la fe. El pasado mes de marzo, Marco Rubio compareció en televisión con una cruz de ceniza en la frente. Todo integrista necesita de inquisiciones, por eso las bibliotecas estadounidenses purgan libros de Margaret Atwood y Gabriel García Márquez.
Algunos asesores políticos han entendido de inmediato que ya no hay lugar para los tecnócratas. En tiempos de crisis económica, el poder premió al mandatario sobrio y diligente, el ejecutor templado que aplicaba con precisión casi robótica las leyes supremas del neoliberalismo. La discreción estaba bien vista. La austeridad era una especie de destino inexorable y el discrepante era tachado de ruidoso, excéntrico, populista, o peor aún, de ideológico. Como si la tecnocracia no fuera en sí misma una forma de ideología. Aquellos tiempos ya no existen. Hoy se premia al macarra con verbo de visionario que predica el capitalismo igual que el fanático defiende su credo.
¿Qué sería de las protestas contra Sánchez sin los bisbiseos públicos de los rezadores de rosarios? ¿Qué sería de la ultraderecha española sin sus teorías delirantes sobre chemtrails marroquíes en plena DANA? Hace unas semanas, en el Movistar Arena de Buenos Aires, Javier Milei ofreció una especie de misa rockera que empezó con el sonido envolvente de un instrumento litúrgico hebreo. El presidente argentino había ganado en 2023 las elecciones presidenciales con un lema extraído del libro de los Macabeos, que invoca la revuelta de los judíos contra el invasor griego: "El triunfo en la guerra no viene de la cantidad de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo".
En su día, ningún análisis riguroso hablaba del ascenso de Jair Bolsonaro en Brasil sin mencionar al menos dos ingredientes fundamentales: las noticias falsas y el apoyo del electorado evangélico. Aunque entonces pudiera sonar lejano, ya es imposible evadir el debate en España. El mes pasado, El País publicaba un reportaje sobre el crecimiento del evangelismo en sincronía con la llegada de migración latina: "Madrid es una milla de oro evangélica: una iglesia nueva cada cuatro días". El PP ya anda al quite. En 2023, los de Génova invitaron al atril a la pastora Yadira Maestre, que bendijo a Ayuso y a Almeida. Al cabo de unos meses, la presidenta madrileña acudió a un sarao evangélico en Fuenlabrada.
Ahora Ayuso, envuelta en un misticismo pentecostal, emprende una cruzada contra el aborto como pretexto para antagonizar con Pedro Sánchez. En el antiabortismo hay una mezcla de moral religiosa y pensamiento mágico. Solo así se explica que el PP asuma las fantasías de Vox sobre un síndrome posaborto que la ciencia desmiente. La ciencia también desmiente que el autismo esté vinculado al consumo de paracetamol durante el embarazo, como sostiene Trump. No importa. Los bulos y la fe ciega hacen buenos compañeros de cama. Cuando parece imposible creer en nada, uno tiende a creer en cualquier cosa. Todo vale ante el regreso de las supersticiones. Todo sirve en el imperio de las supercherías.
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